jueves, 30 de julio de 2009

Cáp.6: Paseo Nocturno.


Durante la Edad Media nos escondíamos en cuevas para celebrar distintos jolgorios. En el renacimiento, éramos criados o amos de grandes latifundios...
Luego de la Edad Moderna, pasamos a formar parte del sector denominado como “Lacra de la Sociedad” y ahora, esta ‘Basura social’, se encontraba en todos los niveles del escalafón socioeconómico sin excepción de ninguno por lo que las nubes de la moral y la ética se abrían hacia una ciudad decadente donde no importaba quien matase, sino a quién mató; una sociedad donde las ideas de mesura y decencia no importaban tanto y la discriminación por preferir salir de noche a lugares poco alumbrados y peligrosos era cuento de siglos pasados... no, no podían siquiera pensar en la discriminación porque sus propios hijos a veces nos acompañaban durante las oscuridades y eso sería ‘escupir hacia el cielo’, tampoco podían decir mucho.... ya que tú eras lo que le daba la categoría de peligroso a ese lugar.
Este pasaje de mi vida lo he repasado tantas veces que doy por ciertas cosas que quizás solo pensé y en verdad nunca sucedieron… así que una advertencia para ti, lector, si eres de los que sucumben ante los brazos de Morfeo al leer, procura observar lo que ya haz mirado y leer lo anteriormente escrito para que no te pierdas al intentar descifrar esta historia.

El puente del Río Hudson se hallaba cerca y decidí pasar a mirar las miles de toneladas de agua que, caudalosamente, recorren 506 kilómetros desde el lago Tear of the Clouds hasta desembocar en el Océano Atlántico, sirviendo de limite entre los estados de New York y de New Jersey.

Cual gato en la oscuridad, me deslizaba sigilosamente por la vereda mirando de tanto en tanto hacia abajo.
Era de noche, una noche como cualquier otra en New York, una noche de oscuros callejones, estrellas lejanas repelidas por el potente fulgor de la ‘Ciudad que no Duerme’, almas lúgubres y solitarias… Max no estaba conmigo, recuerdo que había preferido quedarse conversando sobre un extraño y ajeno proyecto de ‘sanación’ con Sebástian, otro vampiro, en el “The red eyes.” Un bar especialmente diseñado para gente como nosotros. Dejé al chico solo, después de todo, Maximilian ya sabía como comportarse adecuadamente ante la presencia de otros de nuestra clase, mientras que yo salí a dar un paseo como acostumbraba para despejar mi mente de las imágenes de antiquísimos crímenes.
Creo que uno de mis sentidos se sobrecogió con la sensación de no estar solo en semejantes lares. No es que tuviera miedo ¡A qué le podría temer algo como yo! Sin embargo, me oculté ante las expectativas de conocer a la desdichada alma que cruzaba su camino con el mío...
Desde la oscuridad del Hudson viajó un sonido que conocía perfectamente, sin dudarlo, cruzó como relámpago la idea de un sollozo por mi cabeza y sentí cómo la bestia dentro de mí, sonreía. Pero, al contrario de la locura que atormenta a mi subconsciente con su voluptuosa gula y ansias de destrucción, esta vez era otra cosa la que presentía venir, algo muy distinto y quizás… más mounstroso…
Una brisa, una esencia camuflada en el aire, un perfume que no podía distinguir por más empeño que pusiera en ello, como un pacto a traición entre mi nariz y el viento danzante. Algo me pedía que lo encontrara, me urgía llamando, clamando mi nombre por todas partes ¿Alexander? ¡Alexander! ¡Ven! ¡Ven a mí, Alexander! Decía maléfica ¡Ven y encuéntrame! Gemían los deseos por hacer mío lo que fuera que quería ser encontrado.
Rápidamente, me confundí en la oscuridad haciéndome uno con ella, escabulléndome como el asesino que era y no tardé en toparme con la criatura más desventurada que la tierra pudo ofrecerme: una desconsolada alma en el cuerpo de una joven niña de 15 años.

domingo, 19 de julio de 2009

Cáp. 5: El Neófito Abandonado

Los sentimientos de piedad y cariño son muy raros entre antropófagos. Salvo ciertas excepciones muy puntuales, preferimos evitar toda clase de sentimientos referentes a nuestras presas. He de suponer que tú como humano me entenderás, lector, cuando digo que a nadie le gustaría hacerse de una mascota para que luego se la sirvan como caldo a la hora del almuerzo. Sin embargo, hay veces, muy pocas, en las que un humano nos provoca tal fascinación que simplemente no podemos tomarlo como la comida de las 12:00 o mucho menos... En este punto, entran en escena los desquiciamientos por la fuerza de voluntad y la capacidad para crear a los de tu especie, capacidades de las que muchos antropófagos carecemos, pues como he dicho antes, aquellos que sí pueden convertir a los humanos en neófitos sedientos de la sangre que alguna vez fue suya, la gran mayoría son unos idiotas... idotas que odian lo que hacen y que no pueden sobrellevar el cargo de conciencia que su estúpido ‘Súper-yo’ (como dice ese tal... ¿Freud?) les impone o que simplemente, a razón de que su sistema nervioso les funciona mal por estar debilitado gracias a la falta de alimento real, cosa que les impide procesar bien la idea respecto a su condición de Amos y señores por sobre la humanidad.
Todas esas relaciones entre humanos y vampiros que antes encontraba de lo más enfermizas, siempre son un ‘Tira y afloja’ constantes.
Recuerdo que alguna vez Maximilian, seguramente inmerso dentro de uno de los trances filosofo-cursis en los que solía caer luego de las 2:00 mañana sin haber tomado gota alguna, me dijo que toda criatura tiene derecho a amar y ser “beneficiado” (palabra que sin duda detesté desde que él la empezó a usar) con un sentimiento recíproco y, que como vampiros, nosotros no éramos la excepción. Según él, yo era su alguien especial; por mi parte y por desgracia para Max, yo no sabia quien era la mía y mucho menos quería averiguarlo...
El general de las relaciones humano-vampiros, se basan en la confianza y el cariño, no obstante también siempre terminan con la muerte de una de las partes del contrato de ‘amor’, y no es presisamente a causa de una muerte natural... Bueno, es que la pareja debe ver por ella y prefiere ser feliz en la eternidad a quedarse sin hacer nada viendo como el tiempo hace estragos con los hombres ¿qué mejor? ¡Amor y juventud eternos! ... nada que discutir.
Fue así mismo como el pequeño Max perdió a su maestro.
Bernard, como dijo que se llamaba, habría convertido a Maximilian por capricho. Estaba preso en la Prisión Estatal de Texas por el asesinato de unos ancianos en el asilo donde, aparentemente, trabajaba. No obstante, a pesar de toda la seguridad con que se llevaba a cabo su cautiverio, Bernard, escapó de la cárcel y huyó a través del desierto hasta una ciudad desconocida.
Fue en aquella ciudad donde tuvo que sortear al ultimo obstáculo que lo llevaría hacia el vampiro conocido como Maximilian: un chico de pelo azul que le trató de robar lo poco que llevaba puesto... el humano que alguna vez fue la identidad de mi compañero..
La sed y el egoísmo propios de nuestra naturaleza hicieron despertar a la bestia que dormía dentro de Bernard y con un rápido movimiento, el muchacho agonizaba por la falta de sangre en las venas (me hubiese gustado conocer al maestro de Max, es uno de los pocos antropófagos de los que he tenido la noticia de que convienten a los humanos sin mayores miramientos del que se puede tener al momento de matar a una hormiga).
El vampiro ya saciado, vio en el chico un potencial pupilo y acompañante para tardes, días y noches, entonces le dio la oportunidad de nacer de nuevo como un ‘no vivo chupa sangre’. Sin embargo, luego de un par de semanas, la presencia de Maximilian le resultó incomoda al maestro, quien había estado acechando a una joven de los alrededores con la particularidad de ser ciega y muda. La voluptuosa morbosidad de Bernard fue encendida por la chica que al cabo de unos días desapareció de la casa de sus padres para nunca más volver a ser hallada ni vistya por ellos... esa fue la causa que impulsó al despreocupado de Bernard a abandonar, cual padre desnaturalizado, al hijo de sus excesos.
Para mí, Maximilian era un amigo, uno con el que había estado unos meses. Un simple amigo o compañero como había habido tantos otros durante todos los años que había existido. Algunos se quedaban, otros como yo, solo estaban de paso. Con él me reía, junto a él me alimentaba y solo él, en toda la boutique, sabía sobre la identidad de mi naturaleza vampírica y como contenerla de alguna forma. Max era mi confidente, con él podía ser yo mismo sin temor a que se escandalizara (bueno... no mucho) por las mounstrosidades de las que era capaz. Para mí eso representaba Maximilian solo un amigo de confianza, ni más... ni menos...

El Narrador

El Narrador
Alexander Chaucer. 1751- ¿? (2da vida)