
Durante la Edad Media nos escondíamos en cuevas para celebrar distintos jolgorios. En el renacimiento, éramos criados o amos de grandes latifundios...
Luego de la Edad Moderna, pasamos a formar parte del sector denominado como “Lacra de la Sociedad” y ahora, esta ‘Basura social’, se encontraba en todos los niveles del escalafón socioeconómico sin excepción de ninguno por lo que las nubes de la moral y la ética se abrían hacia una ciudad decadente donde no importaba quien matase, sino a quién mató; una sociedad donde las ideas de mesura y decencia no importaban tanto y la discriminación por preferir salir de noche a lugares poco alumbrados y peligrosos era cuento de siglos pasados... no, no podían siquiera pensar en la discriminación porque sus propios hijos a veces nos acompañaban durante las oscuridades y eso sería ‘escupir hacia el cielo’, tampoco podían decir mucho.... ya que tú eras lo que le daba la categoría de peligroso a ese lugar.
Este pasaje de mi vida lo he repasado tantas veces que doy por ciertas cosas que quizás solo pensé y en verdad nunca sucedieron… así que una advertencia para ti, lector, si eres de los que sucumben ante los brazos de Morfeo al leer, procura observar lo que ya haz mirado y leer lo anteriormente escrito para que no te pierdas al intentar descifrar esta historia.
El puente del Río Hudson se hallaba cerca y decidí pasar a mirar las miles de toneladas de agua que, caudalosamente, recorren 506 kilómetros desde el lago Tear of the Clouds hasta desembocar en el Océano Atlántico, sirviendo de limite entre los estados de New York y de New Jersey.
Luego de la Edad Moderna, pasamos a formar parte del sector denominado como “Lacra de la Sociedad” y ahora, esta ‘Basura social’, se encontraba en todos los niveles del escalafón socioeconómico sin excepción de ninguno por lo que las nubes de la moral y la ética se abrían hacia una ciudad decadente donde no importaba quien matase, sino a quién mató; una sociedad donde las ideas de mesura y decencia no importaban tanto y la discriminación por preferir salir de noche a lugares poco alumbrados y peligrosos era cuento de siglos pasados... no, no podían siquiera pensar en la discriminación porque sus propios hijos a veces nos acompañaban durante las oscuridades y eso sería ‘escupir hacia el cielo’, tampoco podían decir mucho.... ya que tú eras lo que le daba la categoría de peligroso a ese lugar.
Este pasaje de mi vida lo he repasado tantas veces que doy por ciertas cosas que quizás solo pensé y en verdad nunca sucedieron… así que una advertencia para ti, lector, si eres de los que sucumben ante los brazos de Morfeo al leer, procura observar lo que ya haz mirado y leer lo anteriormente escrito para que no te pierdas al intentar descifrar esta historia.
El puente del Río Hudson se hallaba cerca y decidí pasar a mirar las miles de toneladas de agua que, caudalosamente, recorren 506 kilómetros desde el lago Tear of the Clouds hasta desembocar en el Océano Atlántico, sirviendo de limite entre los estados de New York y de New Jersey.
Cual gato en la oscuridad, me deslizaba sigilosamente por la vereda mirando de tanto en tanto hacia abajo.
Era de noche, una noche como cualquier otra en New York, una noche de oscuros callejones, estrellas lejanas repelidas por el potente fulgor de la ‘Ciudad que no Duerme’, almas lúgubres y solitarias… Max no estaba conmigo, recuerdo que había preferido quedarse conversando sobre un extraño y ajeno proyecto de ‘sanación’ con Sebástian, otro vampiro, en el “The red eyes.” Un bar especialmente diseñado para gente como nosotros. Dejé al chico solo, después de todo, Maximilian ya sabía como comportarse adecuadamente ante la presencia de otros de nuestra clase, mientras que yo salí a dar un paseo como acostumbraba para despejar mi mente de las imágenes de antiquísimos crímenes.
Creo que uno de mis sentidos se sobrecogió con la sensación de no estar solo en semejantes lares. No es que tuviera miedo ¡A qué le podría temer algo como yo! Sin embargo, me oculté ante las expectativas de conocer a la desdichada alma que cruzaba su camino con el mío...
Desde la oscuridad del Hudson viajó un sonido que conocía perfectamente, sin dudarlo, cruzó como relámpago la idea de un sollozo por mi cabeza y sentí cómo la bestia dentro de mí, sonreía. Pero, al contrario de la locura que atormenta a mi subconsciente con su voluptuosa gula y ansias de destrucción, esta vez era otra cosa la que presentía venir, algo muy distinto y quizás… más mounstroso…
Una brisa, una esencia camuflada en el aire, un perfume que no podía distinguir por más empeño que pusiera en ello, como un pacto a traición entre mi nariz y el viento danzante. Algo me pedía que lo encontrara, me urgía llamando, clamando mi nombre por todas partes ¿Alexander? ¡Alexander! ¡Ven! ¡Ven a mí, Alexander! Decía maléfica ¡Ven y encuéntrame! Gemían los deseos por hacer mío lo que fuera que quería ser encontrado.
Rápidamente, me confundí en la oscuridad haciéndome uno con ella, escabulléndome como el asesino que era y no tardé en toparme con la criatura más desventurada que la tierra pudo ofrecerme: una desconsolada alma en el cuerpo de una joven niña de 15 años.
Era de noche, una noche como cualquier otra en New York, una noche de oscuros callejones, estrellas lejanas repelidas por el potente fulgor de la ‘Ciudad que no Duerme’, almas lúgubres y solitarias… Max no estaba conmigo, recuerdo que había preferido quedarse conversando sobre un extraño y ajeno proyecto de ‘sanación’ con Sebástian, otro vampiro, en el “The red eyes.” Un bar especialmente diseñado para gente como nosotros. Dejé al chico solo, después de todo, Maximilian ya sabía como comportarse adecuadamente ante la presencia de otros de nuestra clase, mientras que yo salí a dar un paseo como acostumbraba para despejar mi mente de las imágenes de antiquísimos crímenes.
Creo que uno de mis sentidos se sobrecogió con la sensación de no estar solo en semejantes lares. No es que tuviera miedo ¡A qué le podría temer algo como yo! Sin embargo, me oculté ante las expectativas de conocer a la desdichada alma que cruzaba su camino con el mío...
Desde la oscuridad del Hudson viajó un sonido que conocía perfectamente, sin dudarlo, cruzó como relámpago la idea de un sollozo por mi cabeza y sentí cómo la bestia dentro de mí, sonreía. Pero, al contrario de la locura que atormenta a mi subconsciente con su voluptuosa gula y ansias de destrucción, esta vez era otra cosa la que presentía venir, algo muy distinto y quizás… más mounstroso…
Una brisa, una esencia camuflada en el aire, un perfume que no podía distinguir por más empeño que pusiera en ello, como un pacto a traición entre mi nariz y el viento danzante. Algo me pedía que lo encontrara, me urgía llamando, clamando mi nombre por todas partes ¿Alexander? ¡Alexander! ¡Ven! ¡Ven a mí, Alexander! Decía maléfica ¡Ven y encuéntrame! Gemían los deseos por hacer mío lo que fuera que quería ser encontrado.
Rápidamente, me confundí en la oscuridad haciéndome uno con ella, escabulléndome como el asesino que era y no tardé en toparme con la criatura más desventurada que la tierra pudo ofrecerme: una desconsolada alma en el cuerpo de una joven niña de 15 años.