domingo, 21 de febrero de 2010

Cáp. 17: Plan para lo que queda... de vida.

Me desplomé sobre una silla cercana sin aire para poder hablar, víctima de lo que parecía ser una anquilosis eterna. Max lo había dicho: no tendría esperanzas en volver a verla.

Maximilian se me acercó y se agachó para verme el rostro:
- Ahora sí me dirás ¿Por qué es tan importante esa mocosa? –
- Max – eso sonó desinflado – tu sabes… lo de siempre… qué otra cosa puede ser… - dije en un largo suspiro.

Mi compañero observó mis ojos como tratando de descubrir qué era lo que me pasaba.
- No mientas, Alex, sabes que yo puedo saber lo que te pasa y sé perfectamente que si fuera porque ella tiene en sus venas una 'cepa' de gran calidad no estarías tan desvaído como estas ahora -

¡Oh, Max! ¿Cuánto podías aguantar el dolor? En mi interior sabía que tú eras especial y que tú sensibilidad fuera de lo común era casi un regalo para mí, lástima que rechace el contacto con ella, lástima para ti ser el único compañero verdadero del vampiro más despreciable que alguna vez nació.
Dejé caer la cabeza entre las manos y por un momento fui el retrato vivo del desconsuelo. Max hizo un ademán que no alcancé a ver por mi postura,no obstante pude observar que estaba indeciso entre irse o quedarse.

-¡Sabes! – Gritó, ya harto de verme sin decir nada - ¡No soporto esto! ¿Dónde quedó ¡Alex! El vampiro orgulloso y pagado de si mismo? ¿Acaso una nenita quinceañera pudo contra él? - bufó con desprecio - ¡qué patético!

No cambié de postura, pero me enfadé. Max no sabía que podía cambiar de ánimo rápidamente o, quizás, sí lo sabía y quería que lo hiciera… en todo caso si me hacía enfurecer no respondería por mí mismo si lo atacaba.

-¡Uh! ¡Mírate por favor! – dijo claramente indignado - ¿Qué tiene esa mocosa que te hace actuar como un enamorado despechado?- su tono burlón otra vez, por un momento me pareció chistoso que Max hablara como si tuviese celos de Charlotte, de hecho al momento de empezar a hablar otra vez, me pareció que diría esa típica la frase cliché que dice algo como: “¿Qué tiene ella que no tenga yo?”, por poco casi dejo escapar una carcajada frete a su cara. Por lo menos ya no estaba furioso.

-¡¿Y ahora sonríes?! – Max captó que alguna idea graciosa se me cruzó por la mente e indignado por mi volubilidad gritó- ¡eres insoportable! – levanté la mirada manteniendo mi sonrisa y descubrí a un vampiro con cara de bochorno mezclado con furia impostada. Recuerdo también, haberme reído levemente ¡Por fin había vuelto a ser yo! Alexander Chaucer, antropófago por excelencia, rebosante de confianza lejano al dolor ajeno y de rápidas respuestas mordaces.

- Ja aja jaj ¿Celoso Maximilian?- ahora era su cara la que reflejaba ese tipo de sorpresa que solo sale a la luz cuando te descubren haciendo algo malo.
- ¿Po… por qué dices eso?- tartamudeó; un signo claro de debilidad.
- Sólo preguntaba - el reflejo de los vidrios de la vitrina era claro a esa hora… mi sonrisa picara hacía de las suyas en la moral trastornada del pequeño Max – mmmh! ¡Por nada! - repuse jovial - ¡En fin! creo que ya es tarde… me iré a dormir – salté de la silla con un gran bostezo – buenas noches… Maxi-bu – traté de que mi voz sonara melosa y así fue, tuve el tono de una quinceañera enamorada. Caminé hacia mi cuarto y al pasar junto a mi compañero no reprimí el impulso de darle una nalgada a lo que él respondió con un estremecimiento.
-Buenas noches… Alexander – cerré la puerta tras de mí…

En esto no puedo mentir; la verdad es que no tenía ni pizca de sueño, tampoco hambre y menos ansias de sangre y violencia compulsiva. Me tendí sobre la cama mirando hacia el ventanal y contemple la ciudad de New York cobijada por la tonta oscuridad de las 3:05 de la mañana. Era impresionante ver cuanta luz podía existir durante la noche, bien merecido tenía el sobrenombre ‘de la ciudad que nunca duerme’ este lugar. Millones y millones de ampolletas incandescentes dibujaban caminos y diversas líneas por aquí y por allá.
Sin más, me levanté al sentir el clic del interruptor en la pieza de junto; Maximilian ya debería estar acostado con la almohada sobre la cabeza y si yo era lo suficientemente silencioso él no notaría que me había ido ha dar un paseo, no quería salir de mis aposentos y encontrar su rostro lleno de suficiencia dejando otra vez en evidencia mi obsesión, que ya tomaba forma de ansiedad por algo que, seguramente, no ocurriría dos veces.
La puerta de acceso me pareció ajena y diferente cuando la cerré cuidadosamente tras de mí. Las luces del corredor me trajeron recuerdos atropellados y por un momento la vi a ella bajo el destello azuloso de la ampolleta del baño. Procuré llegar rápido al ascensor; era una tortura seguir mirando esa incandescencia. No podía creer cuanto poder le otorgaba a aquellos recuerdos, cuanto poder le di a esa muchacha sobre mi, sobre todo lo que conocía; su esencia lo absorbía todo y cuanto más me obligaba a dejar de lado esos patéticos pensamientos más se hundía en mí el puñal de su ausencia.
Dentro del ascensor tuve un leve ataque de claustrofobia, nada porque preocuparse, pero por un instante me vi atrapado dentro de una caja milimétrica de la que no podía escapar… un lazo al cuello o un nudo en la garganta seca, ardor en mis ojos como si algo quemara las retinas desde adentro, frío en la espalda y dentro de mi tórax ¿Qué eran todas esas sensaciones horrorosamente recurrentes? Esto parecía sacado de la novela de Laura Esquivel: “Cómo agua para chocolate” y lo peor, no era que se trataba de una historia románticamente cursi, sino que yo me sentía apremiantemente representado por la protagonista del dichoso relato. Asqueado de mi mismo, consideré la agobiante necesidad de abrir mi pecho y estrujar lo que fuera que estuviera provocando esa sensación de isla y vacío que me carcomía como solo los deseos negados lo hacen: cual bestia moribunda que golpea las paredes de mi cuerpo buscando vestigios de status quo (Más que cursi...casi esquizo)
Me dejé llevar por mis pies, es decir, los dejé libres de todo control conciente mientras la mente corría a resguardar los rescoldos de cordura asediados por la angustia inescrupulosa.
-¡Soy un animal! – me decía tratando de convencerme -¡Una bestia sin alma!¡un ente móvil por la sed y el hambre!- sin embargo, a pesar de todas las cosas que intentaba meterme en la cabeza, mis pensamientos jugaban conmigo una y otra vez haciendo preguntas que me confundían más y más - ¿un animal? ¿Una bestia?...¿ese eres en verdad tú, cazador? ¿Qué eres, cazador? ¿Quién o qué es tu única e innegable identidad? –
Caminaba con grandes y nerviosas zancadas, casi parecía que algún familiar mío estaba en su lecho de muerte. Mis ojos desorbitados y la presión en la cabeza me daban un aspecto de orate recién escapado de algún manicomio. Me llevé las manos a las sienes tratando de apretar lo que fuera que me estuviera provocando esa sensación de una bomba a punto de estallar en mi cráneo. Todas las palabras de Maximilian me daban vueltas y todas las imágenes que había recolectado esos tres últimos días de perdición, se repetían y repetían ante mis ojos, apenas dejándome ver los carteles de los nombres de las calles por las que estaba caminando. Todo retumbaba a mi alrededor, mis pasos sobre la acera, mi piel rozando la ropa que llevaba puesta con cada movimiento, hasta mis propios jadeos eran un ruido insoportable. Iba sin rumbo fijo aplanando calle por los caminos neoyorkinos, sujetando mi cabeza, puesto que sentía que en cualquier momento esta rodaría por el suelo alejándose con aullidos dolor… pero todo este show fue inútil, el destino quería que yo siguiera sorteando obstáculos… quería que yo me carcomiera aun más con sus crueles designios… ya que … sin quererlo, sin si quiera pensarlo por un minuto… mi plañidero andar se topó con el peor de los escollos que con el que pudo hacerlo…

<<...¡Fuck!...>> Pensé cuando el camino desapareció en frente. Traicioneramente mi inconciente había actuado tomando el control de los guías bajos… mis pies. La realidad era caprichosa y esta vez fue fría, sino sádicamente cruel al restregarme en la cara la imagen del Puente Hudson: el lugar donde la vi por primera vez.
Rápidamente, mis pensamientos confluyeron recreando toda la trama ocurrida en aquel escenario, desde mi habitual paseo hasta el deliberado salto que di para salvar al receptáculo de mi obsesión de las aguas oscuras que ahora corrían furiosas bajo el puente. Quise apartar la vista pero hacia donde la redirigiera estaba esa poderosa sensación de vacío que cruzaba todo mi cuerpo: Hacia arriba, estaba ella con su oscura cabellera al viento; hacia la derecha, estaba ahí parada sobre la baranda bailando sin cesar el inaudible himno de su decisión; hacia la izquierda, estaba ella durmiendo mis brazos completamente mojada y apenas con vida… y, hacia abajo, Charlotte se mezclaba en la trémula humedad del río…
Comprendí entonces que, algunos de los restos de su propia alma se juntaron homogéneamente con los designios de mi propio destino, que había me atrapado con dedos etéreos y me ataba a ella cual mascota... comprendí que si quería salir de aquel agujero donde me había lanzado tan sutilmente al momento de dirigirle la palabra por primera vez, debía encontrarla… no importaba cuanto me costara, pero debía hacerlo.
Fue toda una revelación recuerdo, al menos algo estaba sacando en claro y luego de que algunas frases sueltas de mi ultima conversación con Max atravesaran cual rayo mis pensamientos, podía ufanarme de tener un plan que me diera resultados del paradero de la chica a quien buscaría como enajenado los próximos meses… ¡Já! En mi memoria no reposan las cosas que hice inmediatamente después de dar con una respuesta a la pregunta de cómo encontrarla, solo poseo imágenes difusas de mí subiéndome al barandal riéndome como el psicópata que era ya que al fin tenia un plan de lo que haría de mí los próximos días, meses, tal vez años de mi existencia.

“…Alex, no seas melodramático… Charly esta bien, se encuentra en su casa y va a la escuela pública…”

Recorrería cada una de las apestosas instituciones educacionales de la cuidad ¿Cuántas podrían haber? ¡Y qué importaba! El tiempo para mí no era algo de mucha trascendencia de todas formas.
- ¡¡¡jajá jajá!!! ¿Escuchaste destino? ¡No me la quitaras tan fácilmente! – era tarde (o muy temprano… el cielo ya estaba empezando a aclarar) debía volver al departamento si quería que Maximilian me encontrara allí cuando despertara.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Cáp. 16: ¡¡¡Shock!!! Escenario falso.

-No- le conteste con acritud, examinando su gesto extrañado.

Max se sostuvo de una pared y abriendo la boca soltó una gran carcajada que hizo temblar el vidrio descorrido de la terraza.

-¡Max! ¿Estas ebrio?- en si realmente no sé si se puede considerar ebrio a un vampiro, ya que las veces que pude disfrutar de un exceso de libaciones etílicas jamás experimente la completa perdida de mí mismo, sin embargo la inusitada reacción de Maximilian, aun cuando me molestara de sobremanera, la dejé correr porque en serio parecía algo trastornado.
-¡Hay, hay, Alex! ¡¡¡Tú sí que eres todo un caso!!! Jajaja – siguió riéndose en frente mío - ¡300 años como vampiro y aun no le haces caso a tus instintos más básicos! Jajajaja- dijo entre risas poniéndole un énfasis hiriente a eso de ‘básicos’. Aguardé paciente para ver a qué se refería con sus comentarios, pero no por ello pude evitar hacerme preguntas respecto a mis propias conclusiones ¿Acaso estaba de acuerdo con que debí atacar esa noche en el Hudson? No, no podía ser eso, Maximilian no era del tipo de antropófago que se deleitara con una caza poco pintoresca a pesar de autodenominarse como ‘algo misericorde’ ¿Sería que quería decirme cómo rastrear? ¿Qué cosa podía estar guardándose el pequeño Max que le producía tanta hilaridad?

Su mofa duró mucho más de lo que yo pensé que lo haría. Estuvo carcajeándose por más de 5 minutos antes siquiera de empezar a tomar aire para reírse de nuevo (Bueno, es que además, no es que respirar sea tan importante para nosotros) y yo, estúpidamente, esperé sin mover un solo músculo esos 10 minutos de risas entrecortadas, hasta que no pude aguantar más y exploté:

-¡¡¡Maldición Max!!! ¿Qué es lo tan gracioso?- grité ya perdiendo la compostura, para colmo, él me miro con ojos de sorpresa aun con las manos sobre el vientre demostrando el desgaste que había tenido su incontrolable risa.
-¡Uf! Jm j m jm ¿Y aún lo preguntas? –
-¿Te estas burlando de mí por qué no la encontré? – Le acusé crispando los puños a mis costados - ¿De eso que te ríes?
- ¡no! No es sólo por eso jm jmjm - suspiró para parar de reír y con una mueca de complacencia total conmtinuó- ¿es que todavía no lo sientes? – ahogó otra risita ¿cuánto se podía reír Max? ¿Acaso volvería a retomar su carcajada anterior? lo miré contrariado mientras él se detuvo a contemplar mi perplejidad y bufando explicó:
- Me sorprende que hayas vivido 300 años tú solo, Alex. Eres demasiado racional aun cuando son cosas relacionadas con tus propios impulsos- lo miré desde lejos.
- ¿A qué te refieres con eso? - otro bufido
- ¡Alex! – se llevó una mano a la frente como queriendo decir que lo que sucedía era obvio - ¡Huele! ¡Siente el aire! – hice una mueca, como respuesta hizo un mohín - ¿¡voy a tener que explicártelo?! –
-Eso sería bueno – repuse mientras que Maximilian se acercó con un gesto de comprensión en la cara; me pareció que una parvularia se acercaba a un niño pequeño.
-Cuando tú te fuiste, estabas tan eh… ¿Cómo decirlo?... ¡Tan! Ensimismado con la sola idea de que ella se había ido que no confiaste en las facultades propias de tu especie para ‘ver – hizo comillas con las manos- las circunstancias’.
- ¿Eh? – Exclamé confuso.
- ¡Por favor! - gimió alzando las manos como quien dice ‘Dios dame fuerza’ y al fin soltó lo que tenía que decirme - ¡No te percataste de que la mocosa montó todo un show para que tú reaccionaras así! –

Sentí como abrí los ojos descomunalmente mientras un balde de agua helada me caía encima. Aquella frase resonó en la habitación y al interior mío:

“… montó todo un show para que tú actuaras así…”

Tragué notoriamente esperando que él continuara:
- No olfateaste, no percibiste, solo te lanzaste a correr como condenado por las escaleras cuando Charly todavía estaba aquí -
- ¿St.. est… estas hablando enserio? – fue un susurro tartamudo, la incredulidad me estaba haciendo suyo.
-¿Por qué crees que no te ayudé? – levanto la cabeza con un gesto que puntualizando ese hecho.
- Pues… porque… - había supuesto que él no quería meterse en mis asuntos y por eso se mantuvo a raya. Supuse que había tomado una postura egoísta y me dejaría solo. Pero, para evitar mi tartamudeo inútil, reparé en un detalle pequeño que Max había dejado en el aire.
-¿Charly? – le cuestioné dejando a la vista la familiaridad con que trataba a la ‘mocosa’ que había visto hace dos días atrás.
- ¿No es así como se llama? - me miró desconcertado.
-Si… pero- empecé midiendo bien las palabras que usaría - no te alcancé a decir cual era su nombre…mucho menos como dejó que la llamara… ¿Por qué tanta confianza al referirse a ella? – Maximilian se acercó más y puso sus manos sobre mis hombros. Traté de descifrar su expresión sin resultado.
- Alex trata de entender…- suspiró desviando la mirada sin sacar sus manos de mis hombros - cuando cerraste la puerta del dormitorio - empezó lanzándole una mirada algo nostálgica a la puerta de su habitación - ella aprovechó para abrir la puerta de acceso y rápidamente calculó sus posibilidades de escape – yo aun seguía con mis ojos en su cara - al notar que eran escasas, decidió cambiar de plan y corrió al baño a encerrarse dejando la puerta de entrada abierta… entonces todo quedó de tal manera dispuesto para que tú pensaras que había huido y salieras corriendo detrás de ella dejando en claro qué tipo de pretensiones querías con la chica – sus palabras eran evidentes, Charly me había tendido una trampa y caí como mosca en la miel – debo decir – continuó – que te dejaste en evidencia, Alex. No debiste actuar tan impulsivamente… si, eres racional, pero esta vez demostraste que solo lo eres superficialmente y no piensas antes de actuar o en si, piensas demasiado… - Bajé la mirada sopesando la angustia que me invadía.

Por ningún otro ser humano había sentido esa mezcla de vergüenza, vulnerabilidad aflicción y nerviosismo que sentí en ese momento ¿Quién o qué era esa muchacha? Me sentí cohibido cuando la incertidumbre me embargó ¿Cómo reaccionar ante tales expectativas? Estaba desprotegido y casi desnudo ante un humano que apenas sí conocía. El pequeño Max siguió hablando:
-Sin embargo, la pregunta que cabe citar ahora es la que quizás te devuelva el aliento y… en una de esas el color – ¿A dónde quería llegar con eso?

Estiró uno de sus brazos hasta alcanzar mi barbilla y levantó mi cabeza con uno de sus níveos dedos. Su mirada preocupada me recordó la vez en que discutimos ferozmente luego de que la sed se me declarara en frente de Jane en la boutique. Sólo atiné a abrir los ojos más de la cuenta esperando lo que él tenía que decirme. Se limitó a sonreír y a esperar sin emitir ningún sonido, pero ese estado se esfumó cuando al cabo de unos segundos de silencio abrió la boca para decir:
- ¿no me vas a hacer la pregunta?- mantuvo la sonrisa ante mi semblante perplejo
-¿Cu.. cu... cual pregunta? –tartamudeé. Maximilian entornó los ojos, dejó pasar otro par de segundos y luego me miró intensamente, sin dejar de sonreír:

-¿Cómo sé todo esto? – fruncí el ceño.
Aquella interrogante era tan obvia que la había pasado por alto desde el principio, no me la había hecho durante todo ese tiempo y de un momento a otro varias cosas se me aclararon: porque Max trataba a Charlotte con tanta cercanía, porque él no se había animado a recorrer la mayor parte de Brooklyn y Manhattan conmigo, porque sabía todo lo que había pasado mientras yo no estaba:
-Te quedaste porque la percibiste – afirmé con un hilo de voz.
-¡Hasta que te diste cuenta! – dijo cual pastor evangélico grita ‘¡Aleluya! ¡Aleluya!’ lo que evidenció más mi falta de tino al sacar mis propias conclusiones.
Me soltó para dirigirse a una butaca.

-La encontré saliendo del departamento cuando pensaba que estaba vacío- aun no salía de mi impresión mientras Max estaba sentado con las manos entrelazadas frente a su rostro, una expresión pagada de si misma recorría entero este último.
- Y cuando quiso escapar…tú… tú…- no terminé la frase, su final me era desconocido, pero por mi mente desfilaron varias escenas de los posibles finales, por lo que terminé dedicándole una mirada fulminante a mi colega cuando me di cuenta de que Max pudo perfectamente haberla exterminado y nadie se hubiese percatado de ello. Me preparé para saltarle encima.
-qué demonios le hiciste – gruñí entre dientes.
-¡Alex! No seas tan melodramático – dijo al captar mi postura de furia contenida – Charly esta bien - Maximilian no tenia la menor idea de cuanto me enfermaba que pronunciara ese diminutivo de MI presa – se encuentra en su casa y va a la escuela pública – el futuro académico de Charlotte era una de las cosas que menos me importaban en aquel instante – ese día, me quedé afuera del apartamento para ver si volvías, bien sabía que la muchacha seguía dentro de nuestra casa –hizo una pausa para ver mi expresión. Continuó, esta vez gesticulando más – sentí como se abrió la puerta del baño, pero permanecí apoyado en el muro de afuera aguardando a ver su expresión cuando saliera triunfante del techo que le dio abrigo por una noche – vi cómo su expresión calmada pareció molesta con el solo recuerdo de esa ofensa a la hospitalidad ofrecida – “¿Te vas tan rápido y sin despedirte?” le pregunté tratando de sonar lo más agraviado posible. Ella se detuvo. Por lo que noté no me había visto cuando salio feliz y tan campante desde el umbral de la puerta – su cara se volvió de sorpresa y supuse que imitaba el rostro de Charly cuando ella lo descubrió - “No es eso… es que…” “No tienes que mentirme a mí también” le dije, “solo que como fui educado, uno espera al anfitrión para despedirse antes de salir de cualquier casa”… - me miró fijamente a los ojos y con tono liviano soltó una broma – Te juro, Alex, ella estaba más avergonzada que tú hace un rato…-continuó - Se disculpó por la falta de cortesía y accedió a quedarse para poder darte las gracias… conversamos de esto y aquello y al ver que no llegabas tuve que despedirla yo –

El Narrador

El Narrador
Alexander Chaucer. 1751- ¿? (2da vida)