miércoles, 14 de octubre de 2009

Cáp. 13: El tierno conejito

Al dar los dos primeros pasos, escuché cómo la puerta del baño se abría rápidamente tras de mí. Seguramente Charly aprovechó de revisar todo con un fugaz vistazo para asegurarse de que yo estaba lo suficientemente lejos como para ver qué era lo que pasaba afuera, luego vio la ropa tirada en el suelo y tomándola volvió a cerrar la puerta. Sonreí complacido.
-¡Son las 6:45!- grité desde el living.
-¡Rayos!- se escuchó decir desde adentro del baño, seguido de movimientos rápidos.
-¿Estas bien?- dije acercándome a la puerta. Me Apoyé en la pared esperando su respuesta y al hacerlo la puerta cedió como si hubiese dicho un conjuro al igual que Alíbaba y como me tomó por sorpresa, me alejé de un sobresalto.
Ella salió del cuarto bañada por la luz fluorescente diciendo:
-Estoy bien, solo tengo un poco de hambre – traía puesta la camisa y el pantalón de buzo. Su pelo alborotado y su cara con un halo soñoliento, cabizbaja y meditabunda… cualquiera hubiese dicho que habíamos compartido mucho más que solo palabras…
-Luces adorable- comenté sin pensar con una sonrisa en los labios. La miré a los ojos y ella exhaló con simpleza:
- No lo sé, jamás me ha sentado andar con ropa de hombre –
Estaba a 50 centímetros de ella, no obstante, podía contenerme por alguna extraña razón que evitaba que mis instintos, acostumbrados a abalanzarse al primer estímulo, esta vez no afloraban… no por completo. Pude haber alzado la mano hasta su cuello, poseído por mi demonio que solo despierta para saciarse de la sangre de mis víctimas inocentes; pude haberla hecho pedazos, sólo me bastaba con empujarla contra la pared y arrebatarle la vida que manaba a montones por sus poros con solo un beso apasionado, para luego terminar plantando pistas e inculpando a alguno de mis vecinos como había hecho cientos veces antes… pude hacer tantas cosas, la oportunidad me ronroneaba y me seducía como una bailarina exótica, todo estaba al alcance de mi mano, pero si hubiese sido así, no habría historia que contar.
Le dí la espalda y me dirigí hacia la cocina para preparar algo de comer, mientras que ella se incorporaba emprendiendo la marcha hacia donde había estado Max hace solo un momento.
Saqué del congelador unas salchichas y un par de huevos ya que me quería lucir de cierta forma ante mi invitada ofreciéndole un platillo más sofisticado que el sencillo desayuno estadounidense: huevos fritos y tocino.
- espero que te gusten los omelettes – le anuncié dejando los ingredientes sobre la mesa con cara de gran espectación. Desde la silla de adelante ella me miro incómoda.
- Disculpa pero…-
- ¿Qué? ¿Qué pasa?- hizo una mueca que yo interpreté como asco.
- uf!- exhaló mirando hacia otro lado - soy vegetariana… no como carne, ni huevos y no tomo leche – terminó volviendo la cabeza hacia mí. Su voz sonaba avergonzada.
-¡Ouh! – exclamé. Era imposible que tuviésemos algo que no fuera de origen animal en el refrigerador, pero hice un intento y lo volví a abrir con mínimas esperanzas de encontrar algo que para ella fuera comestible y en mi angustia fui testigo de un milagro con forma de fruta: unas manzanas, una banana ennegrecida, un par de peras y un pedazo de piña estaban apiladas en un rincón de la nevera. << ¿Cómo demo...?>> Ahora que lo pienso era extrañísimo que tuviésemos esa clase de comida en nuestra casa, es decir ¿fruta? ¿En el departamento de un antropófago? ¡Más encima cuando Maximilian no come comida humana! (primero muerto supongo que diría) entonces debí haber sido yo quien compró eso… ¿pero cuando y por qué? Además odio las verduras y las frutas, mi apetito rechaza terminantemente todo lo que sea verde y a menos que las verduras estén salteadas para acompañar la carne con finas hierbas, las cosas con clorofila me parecen vomitivas. ¡Hey! ¡Soy un vampiro por favor! Quien quiera enseñanzas para enseñarles a comer espinaca a los niños puede consultar otra historia… quizás lo que decía Charly era verdad y el destino si existe: había preparado nuestra morada para recibir la llegada de esta encantadora criatura.
Terminé por hacer una ensalada de frutas y se la serví en un posillo de vidrio. Luego me senté en frente de ella y la vi pinchar el primer trozo de piña para llevarlo a su boca. Me sentí ansioso de ver su reacción ante mi primer platillo que no contenia ni un solo gramo de celulas animales y quizas por verla comiendo lo que en teória sería 'pasto', un pensamiento fugaz cruzó por mi cabeza: definitivamente esta niña es como un lindo y esponjoso conejito en las garras de un lobo hambriento…
Al masticar el ¿tercer? trozo de fruta me quedó mirando con cara de pregunta:
-¿No crees que deberías ir a ver cómo esta tu pareja, Alex? –
-¡OH! Disculpa, estoy incomodándote…
-¡No! Es que…- balbuceo algo que fue apagado por el ruido de mi silla al ponerme de pie.
-¡Tranquila! No tiene importancia. Tienes razón, iré a ver como esta Max… tú come con calma – caminé hacia el pasillo dándole la espalda a Charlotte, pero me detuve al ver la puerta de acceso al departamento: ambos estábamos a la misma distancia y ella sólo debía esperar a que entrara a la habitación de Max para correr, abrir la puerta y seguir corriendo hacía las escaleras de emergencia al final del pasillo para huir y salir de mi ‘vida’ para siempre. Sin embargo, aquello era imposible, una humana jamás le ganaría a un vampiro en una carrera de velocidad y me tranquilice pensando en que no sería tan descortés ni tan estúpida como para hacer eso. Seguí caminando y enfilé hasta el fondo donde la puerta de Max estaba junta y por la rendija se filtraba la luz azulada del farol que estaba afuera frente al departamento.
Descorrí la puerta que se movió con un chirrido grave recordándome, sea dicho de paso, a una de las casonas antiguas del siglo XIX en donde alguna vez viví. Maximilian estaba tendido boca arriba con la cabeza hacia los pies de su cama de dos plazas, todavía llevaba puesta su polera hecha jirones. Abrió los ojos al verme entrar y sin moverse para verme al derecho (ya que por su postura seguramente me veía de cabeza) dijo fingiendo algo de seriedad:
-¿Vienes a terminar el trabajo? -
- Vine a ver cómo estabas – contesté debatiendo en mi mente si cerrar la puerta tras de mí o no.
-¡Já! – Rió sin ganas- ¡Alexander preocupándose por los demás! - se incorporó sobre la cama dándome la espalada y volteó la cabeza con una sonrisa pícara en el rostro - ¡Quien diría que viviría para ver este momento! – exclamó altanero.
Desvié la mirada inquieto hacia el comedor: Charly seguía allí, de espalda hacia nosotros.
-Mmm...… parece que la visita aun no se va - terció sarcástico sentándose derecho ante mí aun sin levantarse de su lecho. Junté la puerta para ver si ella no había escuchado los agudos comentarios del pequeño Max. Estaba seguro que el tono de mi colega hacía perfectamente audible sus palabras desde la cocina.
-Sshh! ¡Cállate!- susurré aun observando la espalda de la chica sentada a unos metros de distancia - ¡Seguramente ya te oyó!-
Max me lanzó una mirada de reprobación y movió la cabeza de un lado al otro. Parecía el vivo retrato de Giovanni cuando yo comentaba algo respecto a los ataques contra los humanos.
-Alex, Alex ¡Alex!... tú y tu incansable bestia interna que, diabólicamente maneja muchos de tus pensamientos, serán lo que te lleve al colapso… y al caos – dijo con lástima.
Cuando comprobé que Charlotte parecía estar dispuesta a quedarse para terminar la ensalada de frutas que le había preparado, me senté a un lado de la puerta apoyando mi espalda contra la pared, desde donde podía ver la cocina con mi invitada sin mayor problema. Max se deslizó hacia los pies de su cama.
- ¡Cierra la boca! – solté en un bufido – deja de decir estupideces… - me le quede mirando por un par de segundos tratando de poner cara de molestia. Max levanto una ceja y se llevó una mano al cuello para palparlo, al verlo me acordé de por qué estaba allí y le dije:
-¿te dolió mucho? – sus dos cejas subieron con la sorpresa de mi interrogante y con una cara de indignación cómica dijo:
-¿qué clase de pregunta es esa? – cambió de tono y trató de imitar el mío en un acto de burla:
-¡¿te dolió mucho?! … pero ¡claro que me dolió! ¡Me dejaste inconciente por más de 15 minutos! – chilló y en un abrir y cerrar de ojos estaba cerca de él tapando su boca con mis manos, en un intento desesperado para que Max no hablara más de la cuenta.
-¡Deja de gritar! – Susurre – ¡te oirá!- lo solté con cuidado y él me devolvió una mirada de desconcierto.
-¿Qué tiene de especial esa... mocosa? - susurró con los ojos abiertos aun consternado.
Otra vez me senté apoyado en la muralla. Coloqué la mano en el borde y con un leve movimiento corrí un poco la puerta para asegurarme de que mi invitada me esperaba sentada cerca de la cocina y como supuse, allí estaba ella: de espaldas hacía mi, acariciando todo con sus ojos de piedra preciosa, cada cosa bendecida por su mirada, cada rincón de mi guarida impregnada de su aura cósmicamente anulada...

El Narrador

El Narrador
Alexander Chaucer. 1751- ¿? (2da vida)