sábado, 22 de agosto de 2009

Cáp. 9: el perro del hortelano 'No come ni deja comer'


- ¡A un lado! Yo me encargo - replicó Max apartándome de un manotazo y se acercó a la chica como si fuera cualquier cosa y no como la musa inspiradora de lo que podría llegar a ser una escena de cine gore.
- ¿Qué piensas hacer? - dije intrigado. Ella era mía, mi presa y nadie podía tenerla más que yo. Lo detuve colocando mi mano sobre su hombro a mitad de camino mientras que él respondió a eso volteándose para verme de frente.
-¿Y tu que crees que hago? ¡Le pondré ropa de muñeca como a cualquier juguete! - me contestó con simpleza encogiéndose de hombros y safándose de mi.
-Pero es que….– él se detuvo antes de agacharse cerca de ella… preparándose para desabrochar el cierre del vestido a uno de sus costados.
-¿Qué pasa, Alex? …¿temes por la integridad de tu comida? – esbozó una sonrisa traviesa. Crispé los puños, apreté los parpados y me vi obligado a cederle el derecho de cuidar a la chica a Maximilian
-Solo… ten cuidado- musité.
Max me miró comprensivamente, supuse que entendía lo complicado que era para mí hacer eso.
-Descuida – me tranquilizó con un tono suave – no le haré nada – su cara era seria al momento de voltearse, lo que no significó que yo me calmara solo por eso, no sabía si confiar en él.
Observé inquieto como de a poco la cremallera bajaba, era toda una tortura el sonido emblemático de aquello, ya que simbolizaba todo lo que yo no podía hacer en esa situación… relegado a solo formar parte del contexto como testigo, me sentí tan inútil como un florero: servil solamente para adornar una estancia.
Intrincados movimientos iban a dejar el paso libre para descubrir sus dos sinuosas colinas puras y redondas. No obstante, Maximilian, debió tener claro qué clase de ímpetu habría provocado el solo hecho de destapar el torso casi maduro de la muchacha delante de mis ojos, es por eso quizás que antes de descubrirlo, se levantó para arrebatarme la toalla de las manos y la colocó encima sobre el vestido aún húmedo de la niña. De esta manera ninguno de los dos vería la completa desnudez de mi invitada, puesto que hábilmente, el pequeño Max, sacaría por debajo el vestido.
-¡Así podrás sentirte más tranquilo! ¡Yo no la veré y tú tampoco! –
Pero lo que Max no intuía era que detrás de la sonrisa que el dediqué luego de su comentario, dentro, en la mente la imaginación inescrupulosa jugaba con la ilusión de mí apartándolo de un solo golpe, alzando violentamente la toalla al suelo y desgarrando por completo aquel empapado vestido para luego acariciar esa carne de chirimoya inmaculada... ¡Si! Era yo tomando entre mis brazos a esa débil criatura… era yo jugando con sus dulces y delicados movimientos… para luego dar el zarpazo final…
…Acércate, pero no mires. Mira, pero no toques…Toca… y será lo ultimo que recuerdes…

De tanto en tanto, Max se volvía para ver lo que yo estaba haciendo. Supuse que en alguna parte de su cabeza la idea de que volublemente le saltara encima no era una posibilidad tan desquiciada, sino que por el contrario era casi una verdad. No sé si le habré dado indicios de lo que pensaba en ese momento, pero días más tarde, el chico me diría que mis ojos tenían un color buerdeo intenso, el color que tomaban cada vez que la caza para mí se hacía entretenida.
Pasó un rato tratando de arremangar el vestido y al momento de descubrir la ingle, el muchacho me miró con ojos demasiado serios en él:
-Será mejor que vallas a buscar una de las camisas del armario – mi postura fue firme y tajante; por mi cabeza desfilaron un millón de posibilidades de lo que el chico podría llegar a hacer durante mi ausencia: ¿Max y Ella solos? ¡Jamás! Eso no estaba permitido, no en mi mundo, no hoy ni mañana ni en ninguna otra ocasión. Definitivamente no me movería de aquel sitio, así mi codicia de grande era: había encontrado un tesoro y no dejaría que nadie tomara un solo pedazo de lo que por derecho me pertenecía. Mi deber, mi misión, mi grañidísima obsesión: es mía y no la tocaran aun cuando yo tampoco lo haga… ¿Me dices egoísta?... prefiero que me llames: Precavido.
- Descuida, quédate tranquilo – Max torneó los ojos como queriendo decir ‘Otra vez con el mismo cuento’ – Sé controlarme ¿recuerdas? – Hizo un mohín al ver que no me convencía y prosiguió - ¡hay por favor! Aquí… entre nos – me señalo a mi y a él - la persona que menos cambios de animo presenta soy yo… ¡Además! –Dijo despreocupadamente - después de hablar con Sebastian fui al Central Park donde estuve degustando diversos platillos – su boca se abrió en una sonrisa plagada de filosos dientes blancos – estoy satisfecho y yo no soy de esos que andan por la vida pecando de gula… como ‘Otros’ ¿No lo crees querido Alex? – usó ese tono irónico de nuevo.
Lo observé con desconfianza. Creo que Maximilian llego a concluir que con esa mirada, yo pretendía descubrir si él mismo se detendría alguna vez a tomar algo en serio, pero como no lo hizo, puesto que su cara empezó a mostrar signos de aburrimiento como el de cualquier niño en una sala de espera. Entonces solo supe decir:
-Ten mu-cho cui-da-do con lo que ha-ces – me fui al dormitorio por la ropa pedida.
Traté de terminar con esa tarea lo más rápido que pude. No escatimé porte, color… nada, si la chica se despertaba, seguramente lo haría vestida como un rapero o como un payaso de circo. Solo tomé lo primero que vi: una camisa y unos pantalones de buzo. Luego salí de la habitación con ambas prendas en el antebrazo…

La escena con la que me encontré… no tuvo nombre.
No sé si fueron celos, no sé si fue solo rabia o egoísmo tiránico lo que recorrió mi cuerpo e hizo que aumentara la presión en mi cabeza en aquel momento. Lo que si sé, es que sentí cómo se me revolvió el estómago, cómo la sangre se congeló e hirvió al mismo tiempo en mis venas sobrenaturales. Sentí como la ira llenaba cada poro de mi piel y cada minúsculo centímetro de tejido corporal.
¿Sabes algo, lector? Debo admitir que de entre todas las cosas que desconozco, una de las que más me sorprenden es el origen del paranoico pensamiento que uno desarrolla al ver en los demás a enemigos y rivales… de ver en todos ellos a la competencia
¿De donde sale el deseo de tener más que los otros? ¿De donde nace la avaricia compulsiva?... Lo ignoro completamente, pero ese sentimiento que a veces obliga ha hacer cosas ruines y corruptas, era el que ahora fluía por mí… un impulso descontrolado… una fiera que no dio previo aviso antes de atacar.

jueves, 13 de agosto de 2009

Cáp. 8: Palabras que suscitan acciones Heroicas

No pasó mucho tiempo hasta que el vampiro dentro mi decidiera seducir a la encantadora pequeña:
-¿Por qué una niña como tú quiere morir en un lugar así?- Definitivamente ella era sorprendente, la respuesta que recibí fue tan intrigante y rápida que no atiné a atacarla y ya, sino que permanecí quieto al ver como se encuclillaba con algo de dificultad sobre la baranda. Su rostro entonces, quedó a la altura del mío… cualquiera hubiese pensado que ya nos conocimos desde antes… cualquiera solo habría llorado y saltado para alejarse de esa interrogante y ponerle fin a su suplicio en esta vida… sin embargo, aquellas palabras:
- Si conocieras el tipo de niña que soy…- sonrió descubriendo dos hileras de hermosos dientes blancos – No preguntarías eso… - desvió la mirada guardando silencio por unas milésimas de segundo, pareció pensar durante ese instante que nuestras miradas ya no estaban cruzadas y luego dijo:
- ¿Quién eres amigable desconocido? – sonrío de nuevo volviendose a mí - ¿un alma piadosa que quiere hacer su buena acción del día…o – tragó – solo un hombre que le da dulces a las criaturas para aprovecharse de su debilidad? – le correspondí la sonrisa pensando en su ultima frase, al fin y al cabo era la primera vez que alguien me hablaba de esa manera tan desafiante y calmada. Entonces, para tratar de disuadirla de sus acciones traté de abrirle el paso a la curiosidad:
- No lo sé – dije aun sosteniendo la sonrisa - tendrás que averiguarlo –me apoyé contra la baranda mirando hacia un punto lejano en el horizonte – ¿por que... de cual crees tú que soy? – tomé impulso y en un segundo estaba sentado a su lado, mirándola fijamente a los ojos sin dejar de sonreír.
El viento estaba soplando levemente, pero con la suficiente potencia como para desordenar su cabello, por lo que en un arrebato de dulzura, tomé un cadejo de pelo que cubría su cara y lo coloqué detrás de su oreja. Quizás mi único error fue sonreír de más.
-Bueno…- dijo desviando la mirada, como queriendo evadir una conversación incomoda – la respuesta a esa pregunta es obvia - se levantó de golpe mirándome entre sorprendida y seria – claro que si me equivoco – retrocedió unos pasos, miró hacia las aguas que corrían raudas bajo sus pies - tendrías que encontrarme en mi otra vida par decírtelo – sus palabras me congelaron, casi como si me hubiesen lanzado un balde con agua helada. Sus movimientos estaban premeditados despe el principio. Justo después de decir 'si es que me equivoco’ todo estaba listo y encajado para saltar. Al percatarme traté de ponerme de pie sobre la baranda lo más rápido que pude, sin embargo ya era tarde. Fue casi simultáneo. Ni siquiera dejó que su última frase llegara a mis oídos cuando ya se había lanzado. Fue como si mientras yo me erguía ella caía desde la altura del puente para no volver más.
Pude notar que a pesar de la aceleración de su cuerpo al bajar me decía adiós con su mano derecha mientras que con la izquierda hacía un gesto parecido a lanzar un beso.
Cerró los ojos mientras el Hudson se la tragaba por completo, mientras sus oscuras aguas la enjaulaban como un tesoro codiciado... cerró los ojos mientras el viento descontrolado se desidía a darme impulso o no para ir por ella…



- ¡¡¡Insensato!!!... ¿Cómo haz podido traerla hasta aquí? ¿Sabes lo que podría pasar si no sobrevive?... -
-Maximilian ¡Por favor! Hemos matado a cientos de sujetos y no nos ha pasado nada ¡Tranquilízate! ¿Quieres?-
-¡Alexander ya no estas en el siglo V antes de Cristo! ¡Esto es New York del siglo XXI! ¡Hay una infinidad de registros! Los ebrios que asesinamos son escoria social ¡Nadie los extrañará! ¡Pero ella es una niña! Debe tener a alguien que la esté buscando…-
-¡uf! – Resoplé – Max, déjame, yo me encargo… ¡No te atrevas a decirme lo que puedo o no hacer! ¡He sobrevivido más de dos siglos sin ayuda y no necesito que un histérico me grite qué es bueno y qué es malo! –
-Es que…- Max inicio de nuevo.
-¡No! – Le corté - Sé perfectamente lo que podría llegar a pasar, pero... – hice un pausa para verla – créeme, no podía dejarla morir –
Hace unos cuantos minutos había llegado a casa con la chica a cuestas. Estaba empapado y Max me regañaba por todo lo que estaba haciendo.
Todavía quedaban unas horas de oscuridad cuando entré al departamento propinándole un punta pié a la puerta que cedió fácilmente por que no estaba con seguro. Dejé a mi damisela sobre el sofá y traté de cambiarme la ropa húmeda en mi habitación, por lo que estaba conversando con Maximilian desde ella mientras que él estaba del otro lado observando intranquilo todo lo que sucedía a su alrededor.
-¡y otra cosa! – Agregué poniéndome un suéter negro - ¡yo ni siquiera pensaba en nacer durante el siglo V antes de Cristo, tan viejo no soy! – me carcajeé y desde el dormitorio escuche un resoplido que supuse, fue la risa forzada de Max.
-¿Crees que deberíamos tratar de despertarla? – dijo él mirándola reposar sobre el sofá. Yo salí de la pieza con una toalla alrededor del cuello, seguramente parecía como recién salido de una ducha:
- ¡Max, por favor! – dije con desánimo – te preocupas demasiado – me dirigí hacia el congelador sin dejar de hablar – esta chiquilla trataba de matarse – abrí la puerta del aparato - ¿Tú crees que si quiera se le pase por la cabeza al despertarse agradecer por que está a ‘salvo’ – me di vuelta hacia él e hice comillas con las manos refiriéndome a que jamás la chica estaría salvo cerca de unos vampiros – más encima, en la casa de dos sujetos que perfectamente calzan con la descripción de psicópatas sexuales? – no esperé su respuesta y me di vuelta para sacar una soda del refrigerador.
Al pararme miré el semblante de Max: una mezcla anormal de seriedad inquisitiva invadía su perfil, una ceja en alto esperaba el próximo comentario de mi parte.
-¿quieres una? – le pregunté abriendo la lata. Max cambio la expresión de su rostro y puso cara de asco:
- ¡No sé como puedes tomar ese tipo de cosas! ¡Puaj!- lo miré tratando de increparlo con una de mis burlas:
- No sé como puedes asesinar ratas en tus momentos de debilidad alimenticia – sorbí un poco del líquido y luego sonreí. Al verme hacer eso, Maximilian dibujo una ‘ese’(S) en su boca y dijo con un estremecimiento demostrando su repulsa a lo que acababa de hacer:
- ¡Pero es que saben a lodo mezclado con agua de sanitario sucio! – Me le quede mirando levantando una ceja. Luego, bebí un sorbo más largo, cerré los ojos por un momento y le contesté exhalando fuertemente como cuando uno bebe un trago fuerte y el ardor del alcohol recorre la garganta desde las amígdalas hasta el estómago:
-¡Aaah! Pues este lodo sabe a Lima-limón - reí por lo bajo, mientras que él me lanzaba una mirada de reprimenda y desviando la vista hacia el sofá, replicó cambiando el tema:
-Deberías tratar de secarla un poco – se acercó al baño y de la perilla de la puerta descolgó una toalla que permanecía allí desde hacía mucho tiempo, para luego pasármela observando con cuidado mis movimientos.
Mi mente jugó conmigo una vez más, ya que pronto caí en cuenta de lo que había en el transfondo de esa sugerencia.
- Pero… tendría que… – alargué las silabas de mis palabras, dudando un momento que fue suficiente como para que mi colega reparara en mi vacilación. Maximilian se acercó con una sonrisa de complacencia:
-¡¿Desnudarla?!... – bajé la vista al suelo en una señal de vergonzoso debilitamiento - ¡qué! ¿Es que acaso ¡Alex el vampiro que ha sobrevivido dos siglos sin ayuda! no puede despojar de sus ropas a la criatura que acaba de rescatar de las garras de su monstruo interno? – dijo con tono socarrón y cáustico. Ese comentario pareció venir de una serpiente de lengua bífida y envenenados colmillos… bueno, esa idea no diferia mucho de lo que Maximilian y yo éramos.
Al ver aún mi cara volteada al piso, se acercó más todavía para susurrarme al oído, casi podía rozar su mejilla con la mía:
-Supone un reto vencer aquella tentación ¿no es verdad, Alex? – carcajeó.
No podía vislumbrar bien dentro de aquella situación, cómo fue que las cosas de un momento a otro parecían favorecerme a mí y como luego de una simple sugerencia, las circunstancias apoyaban a Maximilian como si fuera su amo y señor. Sin embargo, no me di por aludido, sino que recobré la confianza y salí de aquella situación incomoda. Entonces, propinándole un empujón, le dije:
-¡Cállate! – y me dirigí hacía la niña. No obstante, quizás ese movimiento fue demasiado apresurado y lo debí meditar más, puesto que mi invitada otra vez despedía esa presencia celestial que le sentaba tan bien.
- ¿Mm-mm-Max? – mi voz tembló, en aquel momento me sentí como un niño que, testarudamente, desobedece a su madre para hacer algo que con anterioridad le habían dicho que no podría hacer solo y entonces, al darse cuenta de que su madre tenía razón, la llama para que ella le ayude.
Vergüenza… ¡Qué sensación tan repulsiva!…

Maximilian acudió a mi lado, desplazándose con movimientos ondulantes.
-¿Si Alex? – dijo con una arrogante sonrisa en los labios. Yo estaba abatido.
-No puedo hacerlo- susurré.
-¡¿Qué dices?! ¡No te oigo! ¡Habla más fuerte por favor! – Él estaba siendo cruel, yo sabía perfectamente que me había escuchado, pero necesitaba verme humillado para sentirse a gusto.
-¡No puedo hacerlo! – Grité, mientras que él meditó un par de segundos y con una postura satirisadora, preguntó:
-¿Y se puede saber el por qué de esta… patética derrota a tus instintos? –puso un énfasis en lo de ‘patética’, pero para esas alturas la crueldad que el pequeño Max estaba demostrando daba credibilidad a su identidad vampiresca, sin embargo en ese momento me pareció innecesaria:
-¡¿Cómo… haaa! – Exhalé - ¿cómo poder aguantar el deseo que me llama a quitarle la vida? – Maximilian quedo boquiabierto… supuse en aquel momento que era por la entonación de mis palabras, aceptándolo, ellas fueron poéticamente melodramáticas, pero ahora que lo pienso bien pudo tratarse de que yo jamás había hablado de detenerme a pensar en la vida de la personas que asesinaba, quizás Max estaba pensando que algún sentimiento de piedad algo retorcida estaba creciendo en mi interior. Continué - ¿Cómo poder profanar el altar de tan sagrado elixir?– Sonreí ante el espectáculo que me ofrecía la perplejidad de mi compañero – después de todo – me acerqué a ese cuerpecillo candido carente de expresión. Mi intención era terminar mis palabras acariciando su cara, pero me detuve, bien sabía que la caricia de un ser como yo podría ser mortal.
- Después de todo… es solo una niña… - repuse, mirándola como alguien derrotado.

domingo, 2 de agosto de 2009

Cáp. 7: Lágrimas en el Puente

Era la criatura más perturbadoramente hermosa que en mis 2 siglos de existencia había visto. Tenía todas las características que motivaban una perfecta cacería: piel blanca casi transparente, lágrimas que surcaban sus pómulos dejando a la vista su vulnerable estado, un soberbio cabello negro que dibujaba múltiples ondas al caer en las manos de los espíritus etéreos encubiertos por el aire, la figura menuda con delicadas extremidades cubiertas por oscuras mangas ralladas.
Vestía con un traje de fiesta, un vestido de color escarlata (¡casi del color de la sangre!) en la parte superior, ceñido al cuerpo ostentando un nada disimulado escote que permitía imaginar sus atributos de potencial fémina y, en la parte inferior, pendían de la cintura jirones de la misma tela que se movían al compás de una música inaudible, pero eso no importaba… sus ropajes eran lo de menos, ya que de inmediato a la impresión que por cierto, me dejó perplejo por unos instantes, la sucedió el idilio imaginario de su completa desnudez en mi abrazo mortal.
Su rostro no lo podía observar con claridad salvo por las lágrimas, su boca y las mejillas, la frente y sus ojos eran para mí un completo misterio, ya que estaban cubiertos por un antifaz de plumas que encajaba perfectamente con el marco de su rostro.
Tenía un aura lúgubre, pero al mismo tiempo era luminosa y divina, una mezcla inaudita que no pertenecía a éste mundo.
Sentí como un nudo en mi garganta se anudaba y la emoción se traducía en lo rígida de mi postura… aun no me decidía entre ir por ella o aguardar un poco en impasible contemplación.
Caminaba descalza, más bien danzaba descalza cual bailarina de ballet por la orilla del puente, tarareando una canción de nota triste. Cada cierto tramo, se detenía a sollozar un poco más y enjugaba las sádicas gotas que osaban corromper la perfección de su semblante.
Admito que era la primera vez, y quizás la única, que un ser humano me llamaba tanto la atención: su aspecto casi sagrado como de ninfa de los bosques, ese aire de golondrina herida, esa esencia de ángel caído…era algo profano el simple hecho de pensar lastimarla… y por lo mismo mucho mejor el hacerlo.
De repente, como conducida por el trance hipnótico de su propia melodía, se encaramó sobre la baranda del puente y allí siguió caminando igual que una experta equilibrista en la cuerda floja. Giraba cada vez que el ancho de la barra se lo permitía y daba pequeños saltos propios de gacela sin siquiera preocuparse del equilibrio con que realizaba tales hazañas… era todo un espectáculo.

Me deslicé más cerca, no para saltarle encima… no, aún no, sino que para observar el fino detalle con que la naturaleza la había esculpido.
¿Qué hacía un botón en flor en el puente del Río Hudson a media noche? Pensé que seguramente se había extraviado y por eso lloraba, su verdadero destino debía encontrarse en una casa llena de adolescentes ebrios y disfrazados festejando alguna tonta reunión escolar, pero ahora estaba allí junto a mí… el destino era cruel con la chica, sabía que yo no me resistiría a ella… estaba sola y ajena a cualquier ojo humano que le sirviera de testigo o de ayuda, apartada de la luz… la presa perfecta para el monstruo.
Una criatura tan tiernamente débil en el lugar y momentos incorrecto... medité ;…y con la peor compañía del mundo… la mía; sonreí.
Sin aviso previo, se detuvo en seco como una caja de música sin cuerda y contempló largamente las oscuras aguas que estaban bajo ella a unos 300 pies de altura. Yo me acerqué más, casi podía tocarla, lo único que quería era que estuviera en el suelo para asirla de las caderas y ver como con un ultimo suspiro de su pequeño pecho exhalaba el vaho de vida que quedara dentro de él…
Sentí como tomaba aire pesadamente, aguantando la respiración y luego exhaló con fuerza. Como deseé probar ese viento proveniente de su interior entibiado por sus dos pulmones… el solo placer de sentir parte de su fuego interno.

Fue en esas condiciones de deseo y movimientos estáticos... en los que escuche aquella voz acusadora:
-Basta ya de máscaras –susurró para sí misma, entregándoles así sus palabras a los espíritus etéreos que aun jugaban con los lindes de su cabellera y conjunto a esto, prosiguió a desanudar el antifaz que le cubría los ojos: dos perfectos luceros de matices pardos y jaspeados en tonos jades- verdes, entre ellos una perfecta nariz que impedía la unión de esas magnificas joyas…las que seguramente se hubiesen visto mejor, sino fuese por que la fuente de sus lágrimas se había secado y ahora los párpados estaban hinchados y grandes ojeras demacraban en algo aquella belleza celestial.
¿Qué estaba haciendo? ¿Un ritual antiguo? ¿Una simple locura? ¿Qué?

-Esta es la ultima vez que te veré - dijo mirando el antifaz y agregó – maldita prenda de desgracias hipócrita – juntó el entrecejo y con un gesto de repulsión intensa, arrojó la máscara tan lejos que ni siquiera alcancé a saber si se había hundido en el río o si se había perdido en una de sus orillas… acto seguido, levantó el brazo izquierdo y observó su antebrazo con la oscura manga rallada puesta, entonces, una leve ventolera la hizo tambalearse. Ansioso me preparé para recibirla en cuanto perdiera el equilibrio y cayera en las redes que mis extremidades superiores tejían con hábiles movimientos. Pero no calló, a duras penas logró mantenerse en lo alto y allí permaneció.
-¡No! No me impedirás de nuevo que mi muerte se lleve a cabo ¡hoy ya no te permaneceré más!-
<<¡¡¿Su muerte?!!>> era una suicida. Una niña de 15 años que planeaba arrebatarme lo único que ahora me mantendría ocupado y pendiente. El impío destino sabía entonces que si ella moría de esa forma, yo tendría que esperar otros cientos de años antes de que decidiera o se dignara a entregarme tamaña ofrenda en tan perfecta envoltura otra vez…

Su cara de convicción se mezcló con una mueca de agobio y dolor, pero no ese dolor emocional con el que ya cargaba desde antes no, este era un dolor físico como si lo que estuviera a punto de hacer le fuera a causar un gran espasmo. Sin dudarlo mucho, tomó de un extremo la manga que cubría el brazo que estaba contemplando y vehementemente la alzó fuera suyo. Su estremecimiento a causa del dolor fue tal que me hizo figurar algo así como que si se estuviera sacando una segunda piel. El paso del genero dejó al descubierto infinitas mascas de cortes que empezaban a cicatrizar. Dejó caer la prenda que gracias al viento llegó a mí, incentivándome aun más a acabar con su vida.
La suave tela estaba impregnada con su aroma, algo parecido al té de menta y a la flor de manzanilla…bueno y al hierro de su sangre.
Tomó la otra manga y repitió el procedimiento. Este brazo estaba igual, quizás peor que su predecesor. Los cortes aun no se curaban por completo y hasta parecían recién hechos.

¡Saltaría! No había duda alguna de ello ¿Qué estaba esperando yo? ¿Que saltara? ¿¡Que los crueles designios me la arrebataran para siempre!? ¡¡¡NO!!! Tenía que hacer algo, evitarlo a toda costa, debía encontrar la forma de preservar su sangre, de hacerla mía ¡No de las aguas del Hudson! Pero… pero algo me detenía, algo invisible; por alguna razón mis músculos no respondían a las ordenes de mis pensamientos, era como si a la fuerza, el odioso destino me hubiese traído hasta allí solo para verla caer.
Recuerdo que inoportunamente, el viento, cambió de dirección, ahora ya no estaba en contra de la chica, sino que la alentaba a lanzarse hacía el abismo. La chica rió como quien sádicamente se burla de los intentos vanos de alguien que quiere escapar de algo inevitable:
-¡No hago esto por que tú lo quieras! – Dijo con voz airosa - ¡Lo hago para darle la paz que nunca le diste a este ser maltrecho!- dio media vuelta sobre el pasamanos, lo que fue un alivio para mí ya que parecía que algo la había disuadido de saltar. Observó con ojos inescrutables a la ciudad que cubría sus actos y para mi sorpresa, repentinamente dirigió sus perfectos ojos pardos hacia abajo y se topó con la insospechada mirada del presente narrador.
En ese instante, su divinidad impenetrable disminuyó considerablemente cual ídolo de barro que cae de su pedestal; pude recobrar el control sobre mí y hasta pude ser conciente de que esa era la oportunidad perfecta para atacar.
Ella en cambio y muy por el contrario al patrón de pánico que manifestaban todas mis victimas, se limitó a sonreír y permaneció de pie sobre la baranda observándome desde lo alto… muda, paciente y ajena a cualquier movimiento que no involucrara el extraño marco contextual en que nos veíamos envueltos…

El Narrador

El Narrador
Alexander Chaucer. 1751- ¿? (2da vida)