viernes, 25 de diciembre de 2009

Cáp. 15: Obsesa Obsesión

Recuerdo haber corrido como alma que se la lleva el diablo enfilando por las escaleras de emergencia del edificio. Sabía perfectamente que cualquiera que quisiese escapar de una manera rápida tendría que bajar por allí ¡Sí que lo sabía! ¿Cuántas personas no lo habrían intentado antes? ¿Una, 6… 15 quizás? Lo hacían por que esperar que llegara el ascensor era arriesgado y lento, las escaleras eran la mejor opción no cabe duda.

Al salir no reparé en la expresión de Max, pero me percaté de su decisión de no acompañarme cuando crucé el umbral de la escalera de incendio y no lo vi a mi lado. No me importó en lo más mínimo, de hecho ni siquiera me dí vuelta a mirarlo cuando descorrí la puerta de las escaleras, es que la sola idea de esperar otros 300 años antes de encontrar una esencia tan celestial como la que Charly ofrecía tenía el mismo sabor al vacío existencial que los ‘Amos Piadosos’ describían luego de siglos de destierro voluntario en cuevas rodeadas de bosques solitarios para que la tentación del efluvio humano no los hiciera su presa. Pero ¡no! Yo no me compararía con uno de ellos… si no encontraba la manera de preservar esa sangre que recorría a todo galope el interior de mi ingrata visita, si no hallaba la manera de disfrutarla por mil años en el futuro hasta el ‘Fin de los días’… no valdría la pena vivir un minuto más sobre la tierra de los hombres. Había sido testigo de uno de los más grandes tesoros y sin mayores miramientos, el destino, se empecinó en arrebatármelo de las manos.

Fueron dos días agónicos de exhaustiva búsqueda por las calles de Brooklyn y parte de Manhattan alrededor del puente Hudson. La Quinta Avenida nunca me pareció más repleta que aquellos días y las preguntas en mi fuero interno no dejaban de taladrarme el pecho con su angustia oscura: ¿Cómo pudo haberse escapado tan rápido? ¿Cómo era tan difícil captar su presencia divina otra vez? Rendido, agobiado, completamente sumido en el más profundo de los abismos en los que puede caer la moral de alguien cuando ve perdido para siempre su oportunidad para ser medianamente feliz… sintiendo como esta insolente muchacha había escupido sobre mi mano servil, soporté el peso de la derrota que no consigue calma hasta llegar una vez más al departamento.

Al abrir la puerta, que pareció demorarse una eternidad en descorrerse y hacer un hueco lo suficientemente grande para dejarme pasar, noté como el living que hace dos días no había visto no había sufrido ninguna modificación desde mi salida… me pareció vacío y lúgubre aun cuando yo estuviera acostumbrado a esas dos características y de repente me recordó que debía presentarme en el trabajo hace… ¿hace cuanto no iba a trabajar? Por inercia giré la cabeza hacia el reloj sobre la encimera no sin antes sentir una extraña y apremiante sensación de angustia al notar que aquel mismo reloj le sirvió de escusa a Charlotte para poder deshacerse de mi presencia ante puerta y poder tomar la ropa que le ofrecíamos.

2:30 AM, Max debería estar en el Central Park o en algún rincón oscuro disfrutando de sus libaciones vampíricas, pero no me animé a llamarlo y averiguar donde estaba para ir y hacerle compañía… sabía que sonaba a berrinche infantil, pero si no era el cuello inmaculado de la bella Charlotte que quebrara no quería ningún otro por simple desquite.

Caminé a través de la sala de estar y me tumbé en el sofá sumido en contemplaciones confusas. Tarde recordé, sin embargo, que ese mueble había sido tocado por ella y aún su aroma a constelaciones infinitas seguía allí como una memoria dolorosa.
-¡Maldita sea!- mascullé incorporándome rápidamente y sentí cómo una especie de ráfaga colérica fluía hacia mis manos. Tomé un cojín y con rabia lo atravesé de un golpe, no obstante la explosión de plumas no alcanzó a dar abasto para saciar mi sed de violencia e ira aun cuando salpicara hacia todas direcciones, por lo mismo tome otro y otro y los desgarré de diferentes formas, pero la destrucción de las almohadas no era suficiente para contrarrestar el trago amargo y humillante que Charly me había dado a probar, entonces, me estaba preparando para desquitarme midiendo el filo de mis bestiales garras contra la mesa de la cocina cuando:

- Supongo que esta muestra de brutalidad es producto de que no la encontraste después de estar fuera 2 días enteros - dijo la voz burlona que me detuvo, salvando, sea dicho de paso, a la mesita de un trágico final – o ¿es que acaso solo quieres redecorar la estancia con un estilo más… exótico?-

Una risilla pícara llego a mis oídos. De espalda a la puerta de acceso crispé los puños con tal fuerza que no supe como no me herí las palmas. Inhalé con pesadumbre, entonces me llevé las manos a las sienes cerrando los ojos por un momento tratando de tranquilizar aquel impulso que me llamaba a prenderle fuego a todo el edificio y ser testigo de una orgía de masoquismo, decadencia y pirómanos deseos. Exhalé para luego darme vuelta.

Max estaba apoyado contra el marco de la puerta. Una expresión de superioridad le llenaba el rostro como si su sagaz comentario hubiese sido algo por lo que lo premiarían, eso me dio la sensación de que sabía algo de lo que yo no tenía ni idea.

Supongo que mis ojos que, por obvios motivos (recuerda querido lector que al parecer cambian de color con la ira que yo sienta), se habían vuelto rojos, regresaron a su estado de café claro al momento de verlo allí parado. Mi rabia se había ido momentáneamente gracias la inoculación de esperanza muy repentina, quizás hasta apresurada, que encerraba esa postura misteriosa de mi colega.

-Uf! Me dejaste cortándole el pelo a la Señora Brown - repuso con soltura entrando agitando los brazos como queriendo decir que el día anterior habia sido un total fiasco – y créeme –dijo mirándome a los ojos con un brillo travieso – esa mujer si que tiene problemas con el cornudo de su marido – repuso al fin.

Suspiré desviando la mirada haica el desorden que había provocado y que hacía de las suyas escabulléndose como animal herido por entre los recovecos de la casa gracias a que una de las ventanas de la terraza estaba abierta.

- Creí que te gustaba hablar con los humanos y tratar con ellos sus problemas mundanos – le replique con animo de jugarreta y así evitar el tema.

- ¡si!! … pero…mmm... ¡Soy estilista no consejero matrimonial!... además… - puso cara de cachorro triste – Jane y Zeta estuvieron bombardeándome con sus estupideces desde temprano – me abrazó por la espalda susurrándome al oído - y no estabas tú para defenderme querido Alex – se apartó de mí riéndose entre dientes, le correspondí con una mueca. – Creo que iré a dormir – agregó haciendo un resuello y estiró los brazos. Se dirigió hacia su habitación revolviendo aun más las plumas a su paso y de repente se detuvo a medio camino sin volverse hacia mí – a menos que quieras seguir manteniendo esta estimulante charla antes de volver al trabajo –

Emití un leve sonido de molestia y me restregué un ojo tratando de que pareciera un claro signo de cansancio - ¿por qué tan ansioso de comunicación Max? ¿Es que acaso no tuviste suficiente con las emocionantes narraciones de infidelidad de la Señora Brown? - pregunté en un tono pícaro sin evitar torcer los labios en una sonrisa juguetona. Él se volteó, su cara aparentaba más seriedad que nunca.

-¿No quieres hablar sobre lo que hiciste durante estos 2 últimos días?-

¡¡¡Bien!!! ¡¡¡Espectacular!! Casi había logrado convencerme a mi mismo que todo estaba bien y luego llega Max con ánimos de estropearme lo que me queda de existencia ¡esto no podría ser mejor! No obstante, no cambié mi semblante ante aquella molesta interrogante:

-¿Qué hay que hablar? – lo único que quería era rechinar los dientes pero no pude, debía disimular mi obsesa obsesión.

Aunque nunca hubía sido necesario mantener apariencias delante de mi colega… esta vez por alguna razón lo ameritaba. Es decir, siempre delante de otro vampiro uno podía revelar cuanta locura se nos viniera a la cabeza, o sea, nadie podía juzgarte por excitarte con la idea de algún crimen morboso y sádico, esa era parte asumida de nuestra naturaleza era casi un deber pensar de esa manera, pero… algo me decía que Max no entendería lo que sentía en ese momento, siendo sincero, ni yo sabía con claridad qué era lo que me tenía tan perturbado y menos quería relacionarlo con alguna emoción humana, si es que es esa tu conclusión Lector luego de leer estas líneas. No obstante, debía darle crédito al Pequeño Max, el sujeto en cuestión tenía una percepción de la vida bastante perspicaz se podría decir, quizás demasiado, no se le escapaba nada aun cuando me empecinara por hacer 'nada' algo que se me estaba escapando de las manos poco a poco. No, Maximilian había notado que mis intentos por distraerlo de su punto eran torpes y ahogó una risita ante mi propia nariz:

-¿no… no la encontraste? - ¿se estaba aguantando una carcajada? ¿En serio le provocaba tanta gracia verme en ese estado nefasto?

viernes, 4 de diciembre de 2009

Cáp. 14: Debut y Despedida.

-¡Jum! – exhalé, respirando fuertemente tratando de liberar tensión.
-¿y? ¿Me piensas decir lo que pasa?-
-¡Acaso te crees mi maestro!- lo encaré indignado - ¡No te debo ninguna explicación de nada de lo que hago!- estaba inquieto y enojado por la actitud de Max aun cuando en el fondo sabía que mi ofuscación se debía a que no podía contemplar a mi visita permanentemente - ¡Déjame tranquilo! - solté un bufido.
Sentí unas extrañas ñáñaras en el estómago, cerré los ojos y por un momento me transporté al altiplano donde hace mucho tiempo había experimentado auqella extraña sensacion a la que nombran como 'paz espiritual’… me relajé sumido en un éxtasis fugaz.Pero poco me duro la tranquilidad. De un momento a otro, aquella miserable y fatua felicidad se esfumó como si a una vela le fuese arrebatada la luz interna y pronto caí en cuenta que estaba en Nueva York del siglo XXI, vampiro aun y con un compañero un tanto inquieto por mi decisión de traer carne fresca a la guarida de perros hambrientos.
-¡Eres extraño Alex!... ¡muy extraño! Mmmmh y… ¿me la presentarás? – Max cambió de tono rápido, recobrando ere aire travieso y jovial que lo caracterizaba. Aquello me incomodó de cierta manera difícil de explicar, ya que no sabría cómo reaccionaria yo en el caso de que a Max, por algún momento de descuido, se le declarara la sed… como a mí. No obstante, aquello era una preocupación tonta, tenía claro que a Max no tenía el mismo ritmo que yo en lo que respecta a los insufribles deseos de libaciones humanas… pero ese cuento del autocontrol desarrollado al cien por ciento lo conocía muy bien. En mi vida anterior, es decir, antes de conocer a Maximilian, había estado con bastantes sujetos a los que deje demasiado cerca de mis potenciales presas y que terminaron por cobrárselas para si mismos…
Max me miró desde lejos, pareció comprender los pensamientos que surcaron mi mente en ese par de segundos y acercándose a mí cautelosamente, dijo:
-Descuida… ya te lo dije, de entre los dos… yo sé cuando realmente – puso énfasis en lo de realmente hasta el extremo de casi hacerlo sonar sarcástico – no tengo ganas de…-sonrió- merendar.
Mi rostro seguramente era de duda puesto que Maximilian permaneció allí observando, con una quietud que pareció más llena de sigilo que de misma espera ante la expectativa de que yo me dignara a conducirlo ante la visita…. Lo miré con los ojos entre cerrados, me esforcé por que mi rostro transmitiera desconfianza:
-Primero cámbiate de ropa - le corté con un suspiro pesado, buscando otra vez con los ojos la ranura por donde podía ver hacia el living. Él soltó un bufido evidentemente molesto por mis requerimientos:
- ¡Ah, claro! ¡Ahora resulta que tengo que verme decente para la mocosa!- le fruncí el seño.
-¡Maximilian deja de quejarte por estupideces!- baje el tono - además sabes bien que lo que quiero… no es precisamente a Ella- enfatice- sino lo que hay bajo su piel- sonreí mojando mis dientes con la lengua. Max estaba contrariado:
-Pero… ¿para qué la salvaste entonces?- susurró buscando una polera en el closet.
-¡ah!- suspiré- misterios de la personalidad de un individuo -
Él arqueó una ceja y me miró con cierto brillo de incredulidad en los ojos. Aguarde en mi postura cerca de la puerta mientras que él terminaba de cambiarse. Estuve observando a ratos la cocina desde la pieza y por un momento me senti como James Steward protagonizando 'La ventana indiscreta'. Ella aun permanecía sentada, sin embargo, ahora movía su cabeza examinando cada rincón de la casa con la vista; parecía estar dispuesta a esperarnos a mí y a mi ‘pareja’ para despedirse y marcharse.
Cerré la puerta con cuidado para que el sonido del seguro no fuera evidente. Sonreí tranquilo, confiado de que al salir estaría allí y entonces… bueno, pasara lo que pasara, estaría allí. Su sola presencia le traía un complaciente descanso a lo que sea que tengo en mi interior (¿alma?).
-¡Ok!- esa exclamación me perturbó un poco, me volteé para ver a Max- ¿Así parezco una persona respetable y decente para tu novia? – dijo con petulancia agarrando los extremos de sus ropajes y levantándolos para que los pudiese examinar con mayor cuidado. Se había puesto pantalones negros, una musculosa ceñida y blanca resaltaba el contorno de su torso y una camisa abierta las hacía de chaqueta sobre sus hombros.
-Decente no eres Max – bromeé –y no seas ingenuo, para que dejes de hacerte el mártir, ella cree que tú y yo somos… pareja – un nudo desconocido se formó en mi garganta al pronunciar esa última palabra y al notarlo, un brillo fugaz iluminó los ojos del pequeño Max… un brillo que desapareció totalmente cuando repuso con desaire:
-¡Si! Una pareja de sadomasoquistas – sonrió sin alegría, bajando los ojos como si su intento de broma fuese más que un simple comentario. Me le quede mirando en silencio por un instante.
Aunque hubiese habido luz en el dormitorio, su mirada hubiese seguido sombría, quizás le dolieron más de la cuenta los golpes que le propinara. Me levanté y acercándome con cautela, le estiré el cuello de la camisa. Él seguía con la cabeza gacha, así que subí su mentón sin gran esfuerzo con uno de mis dedos… lentamente su rostro se erigió frente al mío. Sus ojos translúcidos estaban tristes y trató de redirigirlos de forma casual al momento de hacer contacto con los míos. Intente sonreír luego de que él exhalara con pasividad.
-¿Alex? – me llamó, pero lo callé con mi dedo en su boca.
-Shhh…- hice un gesto con la mano para que aguardase, no quería que ese instante terminara tan rápido.
Sentí su respiración artificial concientemente semejante a la respiración de una criatura con pulso, como queriendo decir que cada suspiro de vida que intentaba simular era como el latido del corazón marchito que teníamos en común. Abrí los ojos. Allí estaba Maximilian, mirándome como un pequeño niño asustado, ostentando esa mirada inocentemente pérfida y sutilmente pueril que tanto me gustaba de mi colega. Otra vez exhalé aliviado.
-No sabes cuanto me encanta hacerte eso - suspiré con cierto aire de malicia y luego sonreí mientras que él me correspondía con un gesto similar.
Me di vuelta en dirección a la puerta de acceso de la pieza y escuché como Max dudaba un momento en su puesto y se decidía a seguirme. Otra sonrisa complacida surcó mi rostro.
Giré el pomo en la puerta y mi mirada voló fuera de mi voluntad hacia la silla donde estaba Charlotte…

¡¿Pero que pasaba?! ¿Dónde se había metido Ella?

La puerta de entrada estaba abierta, el pocillo donde antes había reposado mi primera merienda sin ni un milígramo de células animales estaba vacío sobre la mesa de la cocina aun sucio como una burla a la hospitalidad ofrecida.

¿Cómo era posible tal insulto? Y peor ¿Cómo era posible tal escape en tan pocos segundos?

Una cruel vinculación de ideas se tejió en mi cabeza: esto estaba premeditado con antelación ¡sí, eso es! Charly había estado bosquejando su plan de escape desde mucho antes que le ofreciera algo para comer si quiera ¡por eso la cara de incomodidad con mi presencia mientras comía! ¡Por eso fingir preocupación por mi compañero! la primera humana que me veía por completo la cara de imbécil y lo peor era que no sabía donde estaba como para reestablecer el orden correcto en que se supone debían pasar las cosas: el cazador que atrae a la presa a su trampa, no la presa que le tiende trampas al cazador. ¡Pero que estúpido había sido al confiarme de esa manera! Debí acabar con aquella tortuosa esencia en el presiso instante en que me subí a la baranda junto a su cándido ser… al fin y al cabo media noche y en un puente… hubiese sido recurrir a un cliché, pero ¿quien se fija en eso cuando se trata de asesinar a alguien?

miércoles, 14 de octubre de 2009

Cáp. 13: El tierno conejito

Al dar los dos primeros pasos, escuché cómo la puerta del baño se abría rápidamente tras de mí. Seguramente Charly aprovechó de revisar todo con un fugaz vistazo para asegurarse de que yo estaba lo suficientemente lejos como para ver qué era lo que pasaba afuera, luego vio la ropa tirada en el suelo y tomándola volvió a cerrar la puerta. Sonreí complacido.
-¡Son las 6:45!- grité desde el living.
-¡Rayos!- se escuchó decir desde adentro del baño, seguido de movimientos rápidos.
-¿Estas bien?- dije acercándome a la puerta. Me Apoyé en la pared esperando su respuesta y al hacerlo la puerta cedió como si hubiese dicho un conjuro al igual que Alíbaba y como me tomó por sorpresa, me alejé de un sobresalto.
Ella salió del cuarto bañada por la luz fluorescente diciendo:
-Estoy bien, solo tengo un poco de hambre – traía puesta la camisa y el pantalón de buzo. Su pelo alborotado y su cara con un halo soñoliento, cabizbaja y meditabunda… cualquiera hubiese dicho que habíamos compartido mucho más que solo palabras…
-Luces adorable- comenté sin pensar con una sonrisa en los labios. La miré a los ojos y ella exhaló con simpleza:
- No lo sé, jamás me ha sentado andar con ropa de hombre –
Estaba a 50 centímetros de ella, no obstante, podía contenerme por alguna extraña razón que evitaba que mis instintos, acostumbrados a abalanzarse al primer estímulo, esta vez no afloraban… no por completo. Pude haber alzado la mano hasta su cuello, poseído por mi demonio que solo despierta para saciarse de la sangre de mis víctimas inocentes; pude haberla hecho pedazos, sólo me bastaba con empujarla contra la pared y arrebatarle la vida que manaba a montones por sus poros con solo un beso apasionado, para luego terminar plantando pistas e inculpando a alguno de mis vecinos como había hecho cientos veces antes… pude hacer tantas cosas, la oportunidad me ronroneaba y me seducía como una bailarina exótica, todo estaba al alcance de mi mano, pero si hubiese sido así, no habría historia que contar.
Le dí la espalda y me dirigí hacia la cocina para preparar algo de comer, mientras que ella se incorporaba emprendiendo la marcha hacia donde había estado Max hace solo un momento.
Saqué del congelador unas salchichas y un par de huevos ya que me quería lucir de cierta forma ante mi invitada ofreciéndole un platillo más sofisticado que el sencillo desayuno estadounidense: huevos fritos y tocino.
- espero que te gusten los omelettes – le anuncié dejando los ingredientes sobre la mesa con cara de gran espectación. Desde la silla de adelante ella me miro incómoda.
- Disculpa pero…-
- ¿Qué? ¿Qué pasa?- hizo una mueca que yo interpreté como asco.
- uf!- exhaló mirando hacia otro lado - soy vegetariana… no como carne, ni huevos y no tomo leche – terminó volviendo la cabeza hacia mí. Su voz sonaba avergonzada.
-¡Ouh! – exclamé. Era imposible que tuviésemos algo que no fuera de origen animal en el refrigerador, pero hice un intento y lo volví a abrir con mínimas esperanzas de encontrar algo que para ella fuera comestible y en mi angustia fui testigo de un milagro con forma de fruta: unas manzanas, una banana ennegrecida, un par de peras y un pedazo de piña estaban apiladas en un rincón de la nevera. << ¿Cómo demo...?>> Ahora que lo pienso era extrañísimo que tuviésemos esa clase de comida en nuestra casa, es decir ¿fruta? ¿En el departamento de un antropófago? ¡Más encima cuando Maximilian no come comida humana! (primero muerto supongo que diría) entonces debí haber sido yo quien compró eso… ¿pero cuando y por qué? Además odio las verduras y las frutas, mi apetito rechaza terminantemente todo lo que sea verde y a menos que las verduras estén salteadas para acompañar la carne con finas hierbas, las cosas con clorofila me parecen vomitivas. ¡Hey! ¡Soy un vampiro por favor! Quien quiera enseñanzas para enseñarles a comer espinaca a los niños puede consultar otra historia… quizás lo que decía Charly era verdad y el destino si existe: había preparado nuestra morada para recibir la llegada de esta encantadora criatura.
Terminé por hacer una ensalada de frutas y se la serví en un posillo de vidrio. Luego me senté en frente de ella y la vi pinchar el primer trozo de piña para llevarlo a su boca. Me sentí ansioso de ver su reacción ante mi primer platillo que no contenia ni un solo gramo de celulas animales y quizas por verla comiendo lo que en teória sería 'pasto', un pensamiento fugaz cruzó por mi cabeza: definitivamente esta niña es como un lindo y esponjoso conejito en las garras de un lobo hambriento…
Al masticar el ¿tercer? trozo de fruta me quedó mirando con cara de pregunta:
-¿No crees que deberías ir a ver cómo esta tu pareja, Alex? –
-¡OH! Disculpa, estoy incomodándote…
-¡No! Es que…- balbuceo algo que fue apagado por el ruido de mi silla al ponerme de pie.
-¡Tranquila! No tiene importancia. Tienes razón, iré a ver como esta Max… tú come con calma – caminé hacia el pasillo dándole la espalda a Charlotte, pero me detuve al ver la puerta de acceso al departamento: ambos estábamos a la misma distancia y ella sólo debía esperar a que entrara a la habitación de Max para correr, abrir la puerta y seguir corriendo hacía las escaleras de emergencia al final del pasillo para huir y salir de mi ‘vida’ para siempre. Sin embargo, aquello era imposible, una humana jamás le ganaría a un vampiro en una carrera de velocidad y me tranquilice pensando en que no sería tan descortés ni tan estúpida como para hacer eso. Seguí caminando y enfilé hasta el fondo donde la puerta de Max estaba junta y por la rendija se filtraba la luz azulada del farol que estaba afuera frente al departamento.
Descorrí la puerta que se movió con un chirrido grave recordándome, sea dicho de paso, a una de las casonas antiguas del siglo XIX en donde alguna vez viví. Maximilian estaba tendido boca arriba con la cabeza hacia los pies de su cama de dos plazas, todavía llevaba puesta su polera hecha jirones. Abrió los ojos al verme entrar y sin moverse para verme al derecho (ya que por su postura seguramente me veía de cabeza) dijo fingiendo algo de seriedad:
-¿Vienes a terminar el trabajo? -
- Vine a ver cómo estabas – contesté debatiendo en mi mente si cerrar la puerta tras de mí o no.
-¡Já! – Rió sin ganas- ¡Alexander preocupándose por los demás! - se incorporó sobre la cama dándome la espalada y volteó la cabeza con una sonrisa pícara en el rostro - ¡Quien diría que viviría para ver este momento! – exclamó altanero.
Desvié la mirada inquieto hacia el comedor: Charly seguía allí, de espalda hacia nosotros.
-Mmm...… parece que la visita aun no se va - terció sarcástico sentándose derecho ante mí aun sin levantarse de su lecho. Junté la puerta para ver si ella no había escuchado los agudos comentarios del pequeño Max. Estaba seguro que el tono de mi colega hacía perfectamente audible sus palabras desde la cocina.
-Sshh! ¡Cállate!- susurré aun observando la espalda de la chica sentada a unos metros de distancia - ¡Seguramente ya te oyó!-
Max me lanzó una mirada de reprobación y movió la cabeza de un lado al otro. Parecía el vivo retrato de Giovanni cuando yo comentaba algo respecto a los ataques contra los humanos.
-Alex, Alex ¡Alex!... tú y tu incansable bestia interna que, diabólicamente maneja muchos de tus pensamientos, serán lo que te lleve al colapso… y al caos – dijo con lástima.
Cuando comprobé que Charlotte parecía estar dispuesta a quedarse para terminar la ensalada de frutas que le había preparado, me senté a un lado de la puerta apoyando mi espalda contra la pared, desde donde podía ver la cocina con mi invitada sin mayor problema. Max se deslizó hacia los pies de su cama.
- ¡Cierra la boca! – solté en un bufido – deja de decir estupideces… - me le quede mirando por un par de segundos tratando de poner cara de molestia. Max levanto una ceja y se llevó una mano al cuello para palparlo, al verlo me acordé de por qué estaba allí y le dije:
-¿te dolió mucho? – sus dos cejas subieron con la sorpresa de mi interrogante y con una cara de indignación cómica dijo:
-¿qué clase de pregunta es esa? – cambió de tono y trató de imitar el mío en un acto de burla:
-¡¿te dolió mucho?! … pero ¡claro que me dolió! ¡Me dejaste inconciente por más de 15 minutos! – chilló y en un abrir y cerrar de ojos estaba cerca de él tapando su boca con mis manos, en un intento desesperado para que Max no hablara más de la cuenta.
-¡Deja de gritar! – Susurre – ¡te oirá!- lo solté con cuidado y él me devolvió una mirada de desconcierto.
-¿Qué tiene de especial esa... mocosa? - susurró con los ojos abiertos aun consternado.
Otra vez me senté apoyado en la muralla. Coloqué la mano en el borde y con un leve movimiento corrí un poco la puerta para asegurarme de que mi invitada me esperaba sentada cerca de la cocina y como supuse, allí estaba ella: de espaldas hacía mi, acariciando todo con sus ojos de piedra preciosa, cada cosa bendecida por su mirada, cada rincón de mi guarida impregnada de su aura cósmicamente anulada...

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Cáp. 12: Las extrañas motivaciones de la Chica-Helado

-¿Pero no que ‘Charly’ es nombre de hombre?- mascullé
-¡Si! ¿Qué tiene de malo? ¡Charlotte suena a sabor de helado y yo no soy comestible! – esa respuesta me dejo estupefacto, sentía que ella lo sabía todo, que de alguna forma en algún momento se había dado cuenta de lo que en verdad era yo…Pero traté de guardar la compostura, aun cuando mis nervios se habían convertido en lobos hambrientos y me devoraban desde dentro, debía esforzarme por mantener un perfil bajo:
-¡Muy bien, Charly! ¿Me harías el favor de salir para ponerte ropa seca?-
-¿Cómo te llamas tú? – quizás fue muy luego pedir que saliera del cuarto de baño, aun no confiaba en mí y dudo que lo hiciera si es que seguía insistiendo, por lo que traté de espaciar mis palabras:
- Mi nombre es Alexander, Alexander Thomson- mentí sobre mi apellido. Era algo que estaba acostumbrado hacer con las personas nuevas y posible piezas de caza... mera costumbre.
-¡uhg!- eso parecía un disgusto ¿mi nombre no le agradaba?
-¿Qué sucede?-
-¡No es nada! Sólo que Alexander me suena a las clases de historia- << ¿acaso me comparaba con Alejandro Magno?>>- ¿te puedo llamar sencillamente Alex…? es más moderno y no me recuerda tanto al colegio – imaginé su cara sonriente como hiciera en el puente al verme agazapado mirándola sobre la barra. Mi nombre, aquella trivialidad no me importaba en lo absoluto. No esperó mi respuesta - ¿Te puedo hacer una pregunta, Alex?
-¡claro!- dije con soltura
-¿qué hacías anoche en el Hudson?-
<< ¡Andaba en busca de víctimas para beber su sangre mortal !>> la verdad fue el primer pensamiento que afloró, me mordí la lengua.
-¡estaba buscando a alguien a quien salvar!- una pequeña broma, ella rió una vez más
-¡no! Enserio ¿Qué hacías?- insistió. Dudé un instante.
-Si te digo- traté de que mis palabras sonaran a complicidad y sonreí al decir – no me lo creerías.
-¿Acaso Alex Thomson es un agente encubierto de la CIA?- bromeó, pero pude captar que con esa interrogante ella sentía curiosidad por saber algo más sobre mí, por lo que siguiéndole el hilo a su último comentario, respondí:
-Todo depende de quien quiera saberlo ¿acaso eres de un cuartel enemigo?- aventure aquella broma- al fin y al cabo todos tenemos nuestros secretos…- cambié mi tono a grave- cosas ocultas que a veces hacen estremecer a los demás… por ejemplo-puse un tono aun más serio- ¿se puede saber el por qué de tu decisión tan desesperada?
-¿te refieres a por qué quiero matarme?- su animo travieso desapareció, ahora su voz sonaba seria. Había dado en una fibrilla de su integridad marchita seguramente y debía aferrarme a esa sensación si quería que no se cerrara volviéndose impenetrable:
-¿Qué te llevó a la orilla del puente?- insistí
-¡ah eso!- soltó algo molesta - no es la primera vez que trato de hacerlo, no te sientas tan importante, no eres el héroe numero uno en mi lista de héroes inesperados—
- ¿quieres decir que ya habías intentado esto?- no era sorpresa nada de lo que me había revelado, las marcas en sus brazos decían que ella había intentado quitarse la vida más de un par de cientos de veces.
-Sin embargo, eres el primero que salta de un puente a rescatarme - su tono de voz se volvió sombrío - en mi vida he tratado de: intoxicarme, lanzarme de techos altos, cortarme las muñecas, degollarme, ahorcarme, ahogarme, etc. Pero siempre hay algo que me impide tener éxito - hablaba como si se tratara de un juego bobo - es como si el destino quisiera que no muriera y que me preservara para algo más…-
-¿a sí? - ¿Cuántas cicatrices podía tener tan pequeña criatura?- ¿y como crees que lo impide el destino?
- Siempre me descubre - me figure como alguien que esta en permanente vigilancia para que los reos no escapen de una cárcel o algo por el estilo - o es el viento, o es una persona, o es un árbol o es que tengo tanta sangre que no alcanzo a morir por falta de ella antes de llegar al hospital - al oír esas ultimas palabras, una sensación de ansiedad recorrió mi cuerpo, pero pude contenerme para seguir escuchando:
-¿tú crees en Dios o algo así?- preguntó con un dejo de inocencia en sus palabras
-trato de mantenerme al margen de eso- contesté sin meditar. Nunca estuve ligado mucho a esas creencias, por que además el catolicismo me repugno desde el principio gracias a las enseñanzas del Maestre Giovanni… ¡es que al final! Cualquier religión es un compromiso con la vida y la muerte, el eterno ciclo de ambas fuerzas de las cuales nosotros solo somos una paradoja irreconciliable: muertos vivos… como zombies sin putrefacción. Hasta aquel ahora no había habido nada que me empujara a creer que después de dejar el cuerpo hay algo más…
- Yo sí- se contuvo de improviso y pensó lo que diría mas adelante- pero no es tanto como el Dios de los cristianos… es algo así como una fuerza que nos mantiene vivos y que tiene un plan’ para nosotros - guardó silencio
-¡Pero eso no explica por que no quieres seguir ese plan!- repuse.
-¿Nunca haz sentido que no perteneces aquí?- aclaro la garganta - ¿que tu lugar es otro y no este?
- Bueno yo…- esa sensación me era completamente ajena, eso se lo reservan los humanos que no pueden cambiar de dirección tan rápido como nosotros, ya que tienen otras necesidades vitales y son incapaces de caminar varios días sin comer ni beber. Es por eso que pensaba que existía solo una ley que regia mi andar eterno ‘solo es así y punto’ y no había ninguna otra explicación para hacer lo que yo hacía. Pensé un poco más, al fin y al cabo esta mentira que me convertía en un homosexual podía servirme de algo:
- cuando era pequeño me sentía así… tu sabes, el gusto por los compañeros de curso, mi padre rigorista, mis hermanos que me hacían sentir diferente… ahora son pocas las veces que me siento así- otra mentira, por lo menos debía aparentar entenderla.
-esa sensación de no pertenencia a ninguna parte es lo que me motiva…pero… siempre existe algo queme detiene en mis intentos por ser libre y salir de la rígida estructura que se planea para mi-
-¿solo quieres morir y ya?-
-¡no! ¿Es que acaso no lo ves? Lo que quiero es poder elegir mi vida y no que otra cosa la elija por mí-
-¡pero eso es imposible!… ¡es como querer elegir a tus parientes y ese tipo de cosas!- era completamente descabellado lo que proponía, pero ella continuó:
-Por eso no vale la pena vivir ¿si otros eligen tu vida tan omnipotentemente para qué vivirla si no te va a gustar?- estas deducciones parecían tan vacías que pensé que algo más tendría que estar ocultando… pero no quise indagar más a fondo así que seguí su pensamiento:
-¿pero como sabes que ‘ellos’ o ‘él’ eligen por ti? Nadie sabe si los dioses existen- mi voz sonó fuerte y vi desde el pasillo que Maximilian se movía un poco tratando de recobrar el sentido.
-¡Los dioses y esas fuerzas existen y tienen un jodido plan para nosotros! Un maldito plan diabólico y sádico para su condenada entretención y una prueba de ello es que yo esté aun aquí vivita y coleando después de todas las veces que he intentado no hacerlo –
Su lógica parecía innegable y pronto descubriría el por qué de que el destino se empeñara en protegerla tanto de la muerte y claro, los sucesos que impulsaban sus drásticas acciones.
Maximilian se puso de pie a duras penas. Su magullado rostro me hizo sentir mal y tapándose la cara paso por al frente mío sin siquiera lanzarme una mirada de reproche para dirigirse a su habitación. Decidí levantarme e ir a ver como estaba, pero la voz de mi invitada me detuvo:
-¿qué clase de persona eres tú?-
Una interrogante que me sacó del sopor en el que había caído durante su estar mudo << ¿Qué pudo haber descubierto dentro de la habitación que uso exclusivamente para bañarme?>>
-¿Por qué preguntas eso?- dije preocupado.
-es que estoy viendo y aquí solo hay cepillos de dientes un par de peinetas y toallas – contestó con son sorprendido.
-¿y que tiene de malo eso? ¿Esos no son los artículos que la gente normal tiene en sus baños?
-Si, es cierto… pero no hay jabón, ni papel higiénico, shampoo, desodorantes, pasta de dientes… mucho menos cremas o cosas de uso más cosmético como algún perfume-
Es cierto que por ser un muerto viviente es lógico pensar que debería heder a descomposición, pero yo soy eterno y jamás he despedido efluvio alguno. De hecho estar cerca de mí es como estar cerca de una fuente de agua limpia: inodoro y fresco, por que, aunque no soy tan frío como una roca, mi temperatura por lo general tiende a ser mucho menor que la de un mortal común y corriente, así que mi esencia es igual a respirar aire frío, sin nada más que ofrecer que una agradable sensación cuando se esta acalorado… es como respirar cerca del agua…
-Pero…- creí estar en aprietos pero pronto recordé que estábamos a fin de mes y dije- bueno es que aun no nos pagan como para comprar muchas cosas… jejeje -reí complicado, espero que no lo halla notado- ¡además! ¿Para qué queremos perfumes si pasamos todo el día rodeados de olores intensos y dulces en la boutique?...
-Ahá!- no pareció muy convencida con mi repuesta y agrego- ¿y como lo hacen con el papel higiénico?- ¡rayos! ¿Cómo explicar la ausencia de algo que no debería escanear en ningún baño?... solo pude decir lo primero que se me ocurrió:
- bueno… esa es una historia muy cómica… antes de entrar al baño tenemos que tomar un papel de diario y empezar a… suavizarlo- (^.^U) ¡argucias, argucias! ¿Qué seríamos sin ustedes?
Pude escuchar una carcajada desde adentro, me sentí aliviado por un momento, había podido salvar un obstáculo de una manera muy ingeniosa y podía abanicarme ya que con esas respuestas podía evitar muchas mas preguntas.
-¿Qué hora es?- lanzó de pronto
Exhalé pesadamente puesto que el único reloj en todo el departamento, aparte de los dos flamantes celulares que Max y yo habíamos adquirido por un ‘convenio’ con unos colegas de raza en la compañía telefónica, era el que estaba sobre el mueble del living y me levanté a verlo.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Cáp. 11: Escrutinio a través de la puerta


Intente acercarme a ella, dando pasos sigilosos en una torpe e impulsiva tentativa para explicarle todo, pero con intensos ojos de cervatillo asustado, tomó la toalla fuertemente y se la puso por delante encogiéndose sobre el sofá. Me detuve.
- ¡¡¿Donde estoy?!!- examinó el departamento con vistazos rápidos- ¡¡¿Quién eres tú?!!- gritó imperativa - ¡¡¿Qué me haz hecho?!!-
No creí que sus ojos tuvieran aun fuerzas para soltar más lágrimas, pero me equivoqué, ya que pronto sinuosas gotas brotaron de aquellos manantiales soberbiamente cargadas de ira y repulsión producto de ‘quién sabe qué’ malos entendidos que se maquinaban dentro de su juvenil mente expuesta a las noticias actuales. Se levantó de su pose encuclillada sobre el sillón, aquel cuadro me hizo tener un flash back donde yo la veía sobre la baranda del puente rodeada de la oscuridad de los focos que nunca funcionaron bien. No atiné a decir nada y estúpidamente me acerque un poco más tratando de darle un aire acogedor a mi rostro en pos de establecer una cierta confianza y tratar de explicar lo que sucedía, pero ella seguramente vio en mi semblante el rostro de un despótico pedófilo, otro enemigo y potencial fuente de abuso.
Retrocedió, aun sobre el sofá fijándose en cada uno de mis movimientos, parecía una fiera a la defensiva.
-¡¡¡No te me acerques!!!-chilló y fue quizás aquel grito el que empujo las clásicas palabras hacia mi boca:
- Calma, calma, no te haré daño – aquella oración que tanto utilice un tiempo como vil artimaña en ese momento no tenía ni pizca de malicia y solo buscaba comprensión. Esta vez no mentía, jamás le vendría en perjuicio, solo quería que se sintiera cómoda y que se vistiera… ya habría tiempo para los ‘otros negocios’.
-¡¿Qué me haz hecho infeliz?! ¡Bastardo, hijo de pu…- un espasmo de dolor a causa del llanto manó desde su interior impidiéndole seguir con los insultos. Buscó rápidamente una forma de escape y considerando que el sofá llegaba a su fin, dio un saltó hacia atrás y cayó cual pluma sobre piso.
-Dej... deja… ¡déjame explicarte!- balbuceé, mientras ella aun con los ojos fuertemente aferrados a los míos palpaba la mesa de junto.
-¡Cállate! ¡Aléjate de mí! ¡Déjame sola!-su hábil mano en su tanteo ciego había encontrado un adorno de vidrio que me lanzó con toda su furia. Al tratar de esquivarlo, noté como ella aprovechaba de huir en dirección al baño y cerraba tras de sí la puerta con el seguro. El adorno se rompió en cientos de pedazos.
Tomé aire para calmarme un poco e impregnar mis próximas líneas con un tono dulce y grato. Camine hacia el baño y toque la puerta diciendo:
-¡Hey! ¡Vamos! ¡Abre la puerta! ¡Aquí estas segura, nadie te tocara ni un solo cabello! ¡No te haré nada!- no sirvió de mucho. Desde dentro escuche su risa, entre histérica e irónica:
-¿Crees que sería tan imbécil de abrirla?... ¿dejar que pases así como así? ¡Me subestimas demasiado, hijo de perra!- escuche sus nerviosos movimientos desde al interior del cuarto de baño- ¡¿Por qué estoy aquí?!.... ¡¿Qué quieres hacerme?!.... ¡¡¡qué me haz hecho!!!- sentía su respiración desenfrenada.
-Tranquilízate un poco… ¡te dará un ataque de asma!- en verdad estaba preocupado. Si conocía bien la anatomía humana, podía estar seguro de que pronto le sobrevendría una hiperventilación. Así que para desviar un poco el tema, traté de utilizar todos mis recursos:
- ¿Por qué desconfías tanto de la persona que te salvo la vida?- esas palabras parecieron dejarla estupefacta <> no obstante, pronto reaccionó estallando en un gemido de indignación y rabia:
- ¡Salvar mi vida! ¡Bastardo, tú solo impediste mi muerte!… la idea era no seguir viviendo- pensó un poco y dijo con voz contrariada- mmmh ¿tú eres el del puente, verdad? Sabía que eras extraño, pero jamás se me hubiese cruzado por la cabeza que saltarías a rescatarme -
Callé unos instantes, para luego decir:
- Solo hice lo que me pareció correcto, de haber sabido que reaccionarias de esta manera te hubiese dejado a tu suerte…- me mordí el labio, aquella era una mentira enorme, ya que jamás la hubiese abandonado aquel día ni por toda la sangre del universo, ni tampoco por la supremacía del vampiro sobre el hombre. -¡Vamos! Sal de allí para que puedas vestirte-
-¿Por qué me salvaste?-esa pregunta no me la esperaba. Su tono quebradizo dejaba en evidencia que estaba sollozando. Sin embargo, su vulnerabilidad no era suficiente para reblandecer un corazón que no late, por lo tanto no era suficiente tampoco para que en un instante de inconciencia le revelara mis verdad intenciones para con ella. De esta manera intente manipular el rumbo de la conversación:
-¿Por qué crees tú que lo hice?- su respuesta no se hizo esperar:
-Por que eres un acosador sexual o un tipo que se maneja en el en el comercio de putas que tiene apuros económicos y no podías perder esta oportunidad – sonreí ante la visión tan acertada que tuve anteriormente de sus pensamientos. Solo era sentido común, desarrollado durante eras milenarias, ver al Otro como algo que te puede causar dolor y displacer ¡que pensamiento tan humanizado!
- ¿Qué puedo hacer para cambiar esta mala impresión?... yo te salve – medite un rato y luego repuse – te traje a mi casa, le di una golpiza a mi- use un recurso desesperado para que confiara en mi – a mi pareja por que creí que se estaba aprovechando de ti y resulto que te estaba dando respiración boca a boca para que consiguieras una segunda oportunidad ¡¿que más quieres que haga?!- traté de sonar indignado con el trato que estaba recibiendo y entonces guarde silencio para acercarme a la puerta y tratar de escuchar sus movimientos al interior de la pieza. Ella caminaba de aquí para allá y cuando se detuvo pareció acercarse a la salida del cuarto para sentarse en el suelo y apoyar su espalda contra la misma portezuela. Al no obtener respuesta alguna seguí hablando, pero baje el tono para que ella se sintiera más cómoda:
-Supongo que no saldrás de allí tan fácilmente – ella rió
-Comprenderás que aun no se crea ese contexto de confianza como para hacerlo- dijo con tono soberbio.
-¿Aun sabiendo de que cualquiera que quisiera violar a alguien buscaría una presa mas fácil que una que esta apunto de saltar en el Hudson o que ya esta flotando sobre él a media noche? ¿No crees que si el tipo quiere aprovecharse de alguien trataría de no arriesgarse a morir por el simple choque del agua fría?- otra vez se escuchó una risita desde el interior del baño.
-Esa lógica no es aplicable para un desquiciado o para un libertino… o para un tipo desesperado al que los de la mafia quieren que les pague cuotas atrasadas- su voz era la de una persona que cree saberlo todo - ¿no lo crees así?
-mmmh! Tienes razón- declaré-pero aquí entre nos , un loco no estaría entablando una conversación tan coherente… un libertino estaría buscando la forma de entrar a fuerza de golpes o de un arma y… un tipo desesperado…mmmh! sabe bien que si se lanza para salvar a una chica en un río corre el riesgo de que la chica este muerta y que él mismo muera en el intento, es decir, no le conviene, por que de todas formas si no consigue su objetivo de traer a la chica de vuelta lo matarán – pensé un momento mis siguientes palabras - yo solo te pido que salgas para que no te enfermes –me pareció que soné un tanto dictatorial en aquel momento, manipular así las cosas y forzarlas en cierto sentido era un truco bajo, pero no me importó y seguí intentando.
Cierta vez, leí una historia para niños en la que el personaje principal era un infante que vivía solo sobre un asteroide. No recuerdo la mayormente la trama del cuento ni mucho menos su final, sin embargo, creo que la descripción de este curioso personaje sigue dentro de mi memoria y recuerdo que su característica principal era la de su testarudez al preguntar reiterativamente por una verdad algo incomoda sin importar cuanto el aludido tratase de desviar la conversación. Esa rememoración desfilo por mi cabeza luego de un casi eterno y molesto silencio al que ella le puso fin reiterando su pregunta:
-¿Por qué me salvaste? - Para ese entonces yo también estaba sentado en el suelo, apoyado contra la puerta. Eran solo 2 pulgadas de madera hueca que nos separaban, pero dentro de mi, sentía que eran kilómetros y kilómetros de una gruesa pared de hormigón armado lo que me mantenían lejos de su alcance.
Su pregunta retumbó en mi mente, ya que empezaba a sentirme un tanto soñoliento. Musité algo ininteligible y ella volvió a preguntar:
-¿Por qué lo hiciste?-
-¿Acaso es un delito haberlo hecho?- repuse.
-No… pero me llama la atención que un supuesto ‘homosexual’ saltara de un puente para salvar a una niña suicida-
-¿es que acaso los homosexuales tienen algún impedimento que no les permite nadar, o buscar niñas suicidas en un río? ¿Qué es lo tan extraño que le encuentras a todo esto?-
- Pues…- dudó <<¡Bien!>> un signo de que mis esfuerzos por debilitar sus rígidas barreras daban frutos – es raro ver que una persona que supongo también quiso alguna vez suicidarse al darse cuenta de lo que era, no le permita a otra persona tomar la misma decisión teniendo en cuenta de lo difícil que es decidirse por matarse-
-No te entiendo- mentí, comprendía perfectamente hacía donde se dirigía el hilo de sus palabras.
-es que… me hubieses dejado morir simplemente en el momento que me lance o mejor me hubieses detenido de mis propósitos antes de hacerlo, pero en vez de eso, antes de actuar como un ser humano normal lo haría: tomándome de la muñeca y bajándome de la baranda, te subiste a ella a preguntarme mis motivos y esperaste a que saltara para ir en mi ayuda-
-ante esa lógica ¿Quién puede negarse?- dije en voz alta, pero ese fue un pensamiento, no una pregunta para ella.
-Entonces ¿me dirás por que me salvaste?- dijo con voz inquisidora- ¿o seguirás tratando de ocultar tus motivos con rodeos torpes?
Esa acusación me ponía en claro que sabía desde un principio el por qué de tantos rodeos, casi llegué a pensar que solo quería que admitiera mi verdadera identidad como ‘Alexander Chaucer, el Vampiro’ solo para comprobar su tesis. No obstante recapacité, aquello era ridículo, solo eran los nervios los que me estaban traicionando.
-Dejémoslo en que aun no creo que sea tu hora – dije. Era la verdad camuflada, en sí no contestaba del todo a su pregunta y cuando me di cuenta de ello temí por la posibilidad de que mi respuesta no fuera suficientemente para su curiosidad. Para mi alivio, ella guardo silencio, un silencio casi pétreo como el de una estatua que no pude soportar por mucho tiempo:
-y… ¿Cuál es el nombre de ‘La dama en el Agua’? – Rió – si es que ya confía algo en la persona cruel que la rescato de las profundidades del Hades-
-Dejémoslo en Charly - dijo con un tono burlesco.


domingo, 6 de septiembre de 2009

Cáp 10: Despertar Violento



La aurora tenía el cielo con un color verdoso-amarillento. La ciudad se despertaba y otros se iban a dormir. New York volvía a las andadas y la Estatua de la Libertad daba un gran bostezo antes de retomar su postura implacable acompañada con su antorcha hueca.
En el distrito de Broklyn, exactamente ubicado en la avenida Frederick Law Olmsted se alzaba un edificio de 5 pisos de altura. La pintura estaba descáscarada y en el pórtico, unas plantas casi marchitas hacían juego con el tosco Hall de acceso. Por un ascensor a 10 metros de la entrada, se subía hasta el piso 4 y caminando a través del pasillo hacia la derecha estaba la puerta del apartamento 42, donde el casero sabía que vivía una extraña pareja de chicos. Uno con largo cabello teñido (supuestamente) plateado, alto, de ojos café claro, siempre vistiendo con ropa oscura y casualmente elegante. El otro tenía el cabello teñido de color anaranjado y en punta, era más joven que el anterior y por lo general vestía como una estrella Rock.
El interior del departamento parecía sacado de la foto de una revista de casa y decoración. Se distinguían cuatro colores predominantes: rojo, blanco, negro y plateado. Sillones de cuerina negra en la estancia jugaban con los matices de las paredes blancas con dibujos estilo oriental de bambúes en rojo y negro. Una mesa de oscura madera en el living, uno que otro mueble del mismo color que contenían platos y vasos de transparente vidrio moldeado (¿para qué?... no lo sé). Un millón de distintas fotos de arte moderno hacían un collage en una de las paredes laterales a la entrada. El suelo estaba cubierto de una hermosa imitacion acrilica de parqué francés a acepción de la blanca baldosa de la cocina estilo americano que desde un rincón observaba la escena.
Frecuentemente el apartamento estaba ordenado ya que sus moradores estaban fuera la mayor parte del día, en cambio ahora un pantalón de buzo y una camisa estaban tirados cerca de la entrada al pasillo; una dulce niña reposaba sobre el sofá de cuerina semi cubierta por una toalla y un vestido húmedo. La mesa de centro estaba desplazada hacia un lado y los dos sujetos estaban casi sacándose los ojos a fuerza de golpes fugaces, pero certeros uno encima del otro. Desde fuera se escuchaban los gritos y el forcejeo, no obstante hace 8 segundos no se escuchaba nada…
ALEXANDER! ¡¡Suéltame!! - Maximilian estaba arriba mío y trataba de esquivar y detener mis puños
-¿Cómo haz podido hacerlo? ¡Te dije que Ella era mía!- me lo quité de encima de un puñetazo para luego propinarle otro en el estòmago. Juro que a nadie le había hundido un golpe más profundamente que a Max.
-Alex… tú… no entiendes – estaba encorvado tratando de tomar aire y seguir hablando, tosía.
-¡Qué! ¿qué es lo que debo entender? ¡¿Qué eres el peor de los cuidadores?! ¡! ¡Maldito infeliz hijo de la….! ¡Aléjate de ella! – en uno de sus intentos por recobrar el aliento, Maximilian había cometido el error de apoyarse sobre el sillón donde la chica estaba acostada. Ciego de furia, me abalancé contra él en una arremetida que prometía ser la última que el pequeño Max viera en su vida.
Nos habíamos estado revolcando por lo menos unos 2 minutos y aunque fui completamente conciente de que Maximilian no era mayor competencia para mí (bueno, claro que él en ningún momento trató de atacarme, sino que solo se defendió y se podría decir que casi ni siquiera hizo el intento por hacerlo) no podía pasar por alto lo que mis ojos habían visto: Ella y él con los labios conectados. Él con la mitad del cuerpo encima y Ella con el torso completamente desnudo ¿Qué demonios estaba haciendo ese mugriento depravado? ¿Qué acaso no me escucho cuando le dije que tuviera cuidado con lo que hacía?... ¿quería arrebatármela? No sin guerra primero.
Un hilo de sangre bajaba desde sus ojos hasta la mitad de sus mejillas, otro, hacía lo mismo pero desde la comisura de sus labios hasta la garganta. Todo aquel rostro infantil estaba magullado y completamente deformado a fuerza de mis golpes… el forcejeo había terminado, ya se deslizaba por mi cabeza la imagen de Maximilian con un enorme corte rebanándole hasta la mitad del cuello. Su expresión aun más fría de lo que ya era, su traicionera boca abierta cual maligno agujero y los ojos desorbitados e incoherentemente dirigidos congelando la ultima cara que se llevaría con él… el rostro de su asesino.
Lo sostuve contra la pared y a duras penas si pude levantarlo, por que con la lluvia de golpes que recibió ya estaba en condición de saco de músculos y huesos sin voluntad. Le sostuve por un hombro y con violencia le propine un rodillazo en la entrepierna. Apenas si se movió del dolor que aquello le causo. Ya exhausto por la cruenta lucha, lo levante mirándolo fijamente, era hora de terminar el trabajo.
-Alex…- sus ojos se movían nerviosamente mirando los míos… esa era una cara de miedo, los labios apenas se abrían para dejar pasar un hilillo de voz que gemía por ser perdonada.
-No creas que te dejaré pasar algo así…-
-Alex…la… estaba... salvando - << ¿salvando?>> lo único que se me pasó por la mente fue que él la estaba matando antes para que el cuerpo de la chica no fuera víctima de los crueles abusos de los que le confesé que fui capaz en un tiempo anterior, es decir, estaba terminando con su vida para que no sufriera las atrocidades voluptuosas que alguna vez cometí… lo que obviamente me puso más furioso
-De esta no te salvaras con palabras tontas – le dije recordando nuestro ultimo altercado casi escupiendo las palabras.

En sí, no seria la primera vez que Maximilian hacia y decía ese tipo de cosas. Recuerdo que una vez engatusé a una prostituta para la cena. Utilicé unas cuantas artimañas (recuerda estimado lector: acecha, seduce, juega y ataca) y jugué a la perfección con sus sentidos de presa confundida. Le había dicho esa clase de cosas que solo un alma de carácter débil y azotado creería al instante: que era la persona más hermosa en todo New York y que deseaba el puente a sus pensamientos… su cuello. Viéndolo desde mi perspectiva, yo no mentía en lo absoluto… bueno salvo en eso de la belleza; siendo honestos hasta hoy después de haber conocido a aquella niña, creo no haber visto a ninguna persona más bella... además, tampoco era cosa de que esta mujer de la noche encabezaría la lista de mis conquistas femeninas como la primera en ella… pero bueno.
Mi plan era llevarla por el parque de la mano y atacar: rápido y sin testigos, el crimen perfecto. Pero al saberse una mujerzuela, me dijo que terminara luego con lo que quería con ella y que le pagara, ya que no era el su único cliente aquella noche.
Soy un antropófago de fama sádica e impía, no puedo evitar que ellas y ellos a quienes cazó griten por mí al momento de llevarlos a la tumba, que me deseen y así mismo deseen lo que les doy a cambio: la muerte. La seducción y el trémulo contacto de su piel con la mía solo por saberse deseados es algo que me enerva y me estimula para hacer lo que hago mejor. Debo decirlo: me encanta ver como sus ilusiones se despedazan al enterarse de la traición de que son víctima… digamos que hace la merienda más agradable.
Me detuve a su lado, despejé de su rostro el exuberante cabello rojizo que lo cubría y acercándome le susurré:
-Toma esto como un descanso que será remunerado de todos modos- acaricié su mejilla, poniendo extremo cuidado de poner esos ojos irresistibles que me caracterizaban cuando estaba persiguiendo alguna presa.
-después de todo... solo quiero sentir como se desborda el manantial de tus deseos- seguía acariciándola con cuidado de no ir ni muy rápido ni muy lento ¡! Ella estaba turbada completamente, entre derritiéndose visiblemente e indecisa entre seguir haciendo aquello o solo huir… aquel sentimiento es quizás el que mejor ayuda a provocar las sensaciones de las que he hablado: indecisión, una gran arma.
-pe…pero- tartamudeó, me aparté de ella un poco mirándola a los ojos con una sonrisa traviesa.
-no es tu cuerpo lo que quiero- me acerqué para seguir susurrándole a los oídos - esa ti a quien busco.
Me retiré un poco para observar aquel cuadro incompleto de ojos ahogados en palabrería cursi y barata, piel lívida de emoción, labios entreabiertos, casi escurriéndose en baba cual perro hambriento ante la vitrina de una carnicería… ¿cuadro incompleto? a aquello le faltaba un ingrediente final: la expresión de horror.
Me acerqué para bajar de su boca rozándole la mejilla con la punta de mis labios y nariz, hasta llegar a lo que en verdad quería: su yugular.
Sentí el calor de su piel, aquel efluvio que tanto me gusta de los vivos y casi sentía el violento correr de los glóbulos rojos por sus venas… estuve a milésimas de ensartarle los colmillos cuando de pronto apareció Maximilian de la nada.
Me llamó desde el otro lado del parque y algo molesto por aquella interrupción, dejé a mi víctima esperando un momento, quien, supongo también molesta por aquel corte inusitado me gritó: ¡esto te costará 70 dólares más!
Max me habló de no sé qué, algo relacionado con la voluntad del ser humano y sus deseos de ser feliz y un millón de idioteces más. Recitó todo un sermón sobre la forma de triunfar en la vida y me trató de convencer de que dejara en paz a la señorita que pretendía servirme de cena, ya que ella solo necesitaba una oportunidad en la vida y alguien que la ayudara a salir de sus problemas. Como el dinero no es problema de los muertos vivientes, le dejamos un cheque por quinientos dólares y nos fuimos, no sé que habrá hecho con eso, no es, a mí parecer, la suma suficiente para empezar otra vida...
- Si dices que sufre tanto por dentro ¿Por qué no terminar de una vez con todo ese dolor? – juntos caminábamos hacia el departamento.
- Sería una solución un poco sádica ¿no crees? –
- ¿Y matar borrachos no es sádico? Hasta donde tengo entendido los humanos beben para olvidar dolores emocionales muchas veces-
-En cierta forma sí, pero... por algún motivo no me pareció correcto que ella merecíera morir – me le quedé mirando con una sonrisa de burla en la cara
-¿correcto? ¿Desde cuando eres el juez de los mortales Max? ¿Es que acaso escucho un dejo de sumisa cristiandad en tus palabras? – Si pudiéramos sonrojarnos, estoy seguro que él lo habría hecho
-¡No, por supuesto que no!-
-Creo que alguien mañana le urge ir a la iglesia -dije saltando como un niño pequeño.
- A veces puedes ser tan imbecil, Alex
Lo que sucedía es que el pequeño Max, lamentablemente creía que la justicia es aplicable a todos y que, gracias a su don de olfato superior, podía descubrir quien era el golpeado o el golpeador o también, el abusador y la víctima. Digamos que Maximilian era un justiciero sanguinario que perseguía a violadores, drogadictos, ladrones y cosas por el estilo… era un patético intento por perdonarse así mismo por que se consideraba en el fondo un monstruo igual que la mayoría de los amos piadosos… seguramente no tardaría en empezar un régimen alto en sangre animal dando por terminada nuestra amistad, ya que no permitiría que me sermoneara con el tema de ‘los buenos hábitos’ igual que el iluso de Giovanni. Yo he matado por que sé que en este mugriento mundo y en esta agonía eterna no hay ningún humano que sea digno de la vida que se le dió… he matado para alimentarme como un animal por que acepto mi condición de bestia… he matado sin piedad por que nadie se merece misericordia alguna…
He matado... por que soy un vampiro.

Sostuve a Maximilian por el cuello, levanté mi garra derecha a la altura de la vena aorta y mi mano se puso rígida en dirección a él. Pude observar sus ojos oscuros a punto de soltar lágrimas debido a la brutalidad de la que era víctima… o quizás, solo por que Alexander, su amigo o algo más, lo iba a acabar como a un gusano rastrero. Sus ojos, ese miedo que tantas veces vi en ustedes, era el que ahora veía en Max y me llamaba a exterminarlo como tantas veces hice en el pasado…
Sin embargo, también pude ser testigo del reflejo en los ojos de Max donde mi invitada se convulsionaba en el sillón y como tosiendo se levantaba para regurgitar el agua que la habría mantenido en un estado de coma desapercibido.
Lentamente, aflojé la mano con la que aprisionaba al pequeño Max, quien cayó exhausto.
Conmocionado por verla viva, solo atiné a acercármele. Su aura cósmica ya no existía, no obstante el ímpetu a atacarla no se apoderó esta vez de mí, ya que mis fuerzas habían sido liberadas en el combate contra Max.
Ella se tocó la frente con pesadumbre, aun con los pechos descubiertos:
-¡Mi cabeza! –se quejó. Imagino lo que pasó por su mente después de abrir los ojos y encontrarse desnuda bajo un techo desconocido… sus luceros casi se salen de su orbita cuando con una inspección rápida al lugar, por segunda vez, nuestras miradas se encontraron...


sábado, 22 de agosto de 2009

Cáp. 9: el perro del hortelano 'No come ni deja comer'


- ¡A un lado! Yo me encargo - replicó Max apartándome de un manotazo y se acercó a la chica como si fuera cualquier cosa y no como la musa inspiradora de lo que podría llegar a ser una escena de cine gore.
- ¿Qué piensas hacer? - dije intrigado. Ella era mía, mi presa y nadie podía tenerla más que yo. Lo detuve colocando mi mano sobre su hombro a mitad de camino mientras que él respondió a eso volteándose para verme de frente.
-¿Y tu que crees que hago? ¡Le pondré ropa de muñeca como a cualquier juguete! - me contestó con simpleza encogiéndose de hombros y safándose de mi.
-Pero es que….– él se detuvo antes de agacharse cerca de ella… preparándose para desabrochar el cierre del vestido a uno de sus costados.
-¿Qué pasa, Alex? …¿temes por la integridad de tu comida? – esbozó una sonrisa traviesa. Crispé los puños, apreté los parpados y me vi obligado a cederle el derecho de cuidar a la chica a Maximilian
-Solo… ten cuidado- musité.
Max me miró comprensivamente, supuse que entendía lo complicado que era para mí hacer eso.
-Descuida – me tranquilizó con un tono suave – no le haré nada – su cara era seria al momento de voltearse, lo que no significó que yo me calmara solo por eso, no sabía si confiar en él.
Observé inquieto como de a poco la cremallera bajaba, era toda una tortura el sonido emblemático de aquello, ya que simbolizaba todo lo que yo no podía hacer en esa situación… relegado a solo formar parte del contexto como testigo, me sentí tan inútil como un florero: servil solamente para adornar una estancia.
Intrincados movimientos iban a dejar el paso libre para descubrir sus dos sinuosas colinas puras y redondas. No obstante, Maximilian, debió tener claro qué clase de ímpetu habría provocado el solo hecho de destapar el torso casi maduro de la muchacha delante de mis ojos, es por eso quizás que antes de descubrirlo, se levantó para arrebatarme la toalla de las manos y la colocó encima sobre el vestido aún húmedo de la niña. De esta manera ninguno de los dos vería la completa desnudez de mi invitada, puesto que hábilmente, el pequeño Max, sacaría por debajo el vestido.
-¡Así podrás sentirte más tranquilo! ¡Yo no la veré y tú tampoco! –
Pero lo que Max no intuía era que detrás de la sonrisa que el dediqué luego de su comentario, dentro, en la mente la imaginación inescrupulosa jugaba con la ilusión de mí apartándolo de un solo golpe, alzando violentamente la toalla al suelo y desgarrando por completo aquel empapado vestido para luego acariciar esa carne de chirimoya inmaculada... ¡Si! Era yo tomando entre mis brazos a esa débil criatura… era yo jugando con sus dulces y delicados movimientos… para luego dar el zarpazo final…
…Acércate, pero no mires. Mira, pero no toques…Toca… y será lo ultimo que recuerdes…

De tanto en tanto, Max se volvía para ver lo que yo estaba haciendo. Supuse que en alguna parte de su cabeza la idea de que volublemente le saltara encima no era una posibilidad tan desquiciada, sino que por el contrario era casi una verdad. No sé si le habré dado indicios de lo que pensaba en ese momento, pero días más tarde, el chico me diría que mis ojos tenían un color buerdeo intenso, el color que tomaban cada vez que la caza para mí se hacía entretenida.
Pasó un rato tratando de arremangar el vestido y al momento de descubrir la ingle, el muchacho me miró con ojos demasiado serios en él:
-Será mejor que vallas a buscar una de las camisas del armario – mi postura fue firme y tajante; por mi cabeza desfilaron un millón de posibilidades de lo que el chico podría llegar a hacer durante mi ausencia: ¿Max y Ella solos? ¡Jamás! Eso no estaba permitido, no en mi mundo, no hoy ni mañana ni en ninguna otra ocasión. Definitivamente no me movería de aquel sitio, así mi codicia de grande era: había encontrado un tesoro y no dejaría que nadie tomara un solo pedazo de lo que por derecho me pertenecía. Mi deber, mi misión, mi grañidísima obsesión: es mía y no la tocaran aun cuando yo tampoco lo haga… ¿Me dices egoísta?... prefiero que me llames: Precavido.
- Descuida, quédate tranquilo – Max torneó los ojos como queriendo decir ‘Otra vez con el mismo cuento’ – Sé controlarme ¿recuerdas? – Hizo un mohín al ver que no me convencía y prosiguió - ¡hay por favor! Aquí… entre nos – me señalo a mi y a él - la persona que menos cambios de animo presenta soy yo… ¡Además! –Dijo despreocupadamente - después de hablar con Sebastian fui al Central Park donde estuve degustando diversos platillos – su boca se abrió en una sonrisa plagada de filosos dientes blancos – estoy satisfecho y yo no soy de esos que andan por la vida pecando de gula… como ‘Otros’ ¿No lo crees querido Alex? – usó ese tono irónico de nuevo.
Lo observé con desconfianza. Creo que Maximilian llego a concluir que con esa mirada, yo pretendía descubrir si él mismo se detendría alguna vez a tomar algo en serio, pero como no lo hizo, puesto que su cara empezó a mostrar signos de aburrimiento como el de cualquier niño en una sala de espera. Entonces solo supe decir:
-Ten mu-cho cui-da-do con lo que ha-ces – me fui al dormitorio por la ropa pedida.
Traté de terminar con esa tarea lo más rápido que pude. No escatimé porte, color… nada, si la chica se despertaba, seguramente lo haría vestida como un rapero o como un payaso de circo. Solo tomé lo primero que vi: una camisa y unos pantalones de buzo. Luego salí de la habitación con ambas prendas en el antebrazo…

La escena con la que me encontré… no tuvo nombre.
No sé si fueron celos, no sé si fue solo rabia o egoísmo tiránico lo que recorrió mi cuerpo e hizo que aumentara la presión en mi cabeza en aquel momento. Lo que si sé, es que sentí cómo se me revolvió el estómago, cómo la sangre se congeló e hirvió al mismo tiempo en mis venas sobrenaturales. Sentí como la ira llenaba cada poro de mi piel y cada minúsculo centímetro de tejido corporal.
¿Sabes algo, lector? Debo admitir que de entre todas las cosas que desconozco, una de las que más me sorprenden es el origen del paranoico pensamiento que uno desarrolla al ver en los demás a enemigos y rivales… de ver en todos ellos a la competencia
¿De donde sale el deseo de tener más que los otros? ¿De donde nace la avaricia compulsiva?... Lo ignoro completamente, pero ese sentimiento que a veces obliga ha hacer cosas ruines y corruptas, era el que ahora fluía por mí… un impulso descontrolado… una fiera que no dio previo aviso antes de atacar.

jueves, 13 de agosto de 2009

Cáp. 8: Palabras que suscitan acciones Heroicas

No pasó mucho tiempo hasta que el vampiro dentro mi decidiera seducir a la encantadora pequeña:
-¿Por qué una niña como tú quiere morir en un lugar así?- Definitivamente ella era sorprendente, la respuesta que recibí fue tan intrigante y rápida que no atiné a atacarla y ya, sino que permanecí quieto al ver como se encuclillaba con algo de dificultad sobre la baranda. Su rostro entonces, quedó a la altura del mío… cualquiera hubiese pensado que ya nos conocimos desde antes… cualquiera solo habría llorado y saltado para alejarse de esa interrogante y ponerle fin a su suplicio en esta vida… sin embargo, aquellas palabras:
- Si conocieras el tipo de niña que soy…- sonrió descubriendo dos hileras de hermosos dientes blancos – No preguntarías eso… - desvió la mirada guardando silencio por unas milésimas de segundo, pareció pensar durante ese instante que nuestras miradas ya no estaban cruzadas y luego dijo:
- ¿Quién eres amigable desconocido? – sonrío de nuevo volviendose a mí - ¿un alma piadosa que quiere hacer su buena acción del día…o – tragó – solo un hombre que le da dulces a las criaturas para aprovecharse de su debilidad? – le correspondí la sonrisa pensando en su ultima frase, al fin y al cabo era la primera vez que alguien me hablaba de esa manera tan desafiante y calmada. Entonces, para tratar de disuadirla de sus acciones traté de abrirle el paso a la curiosidad:
- No lo sé – dije aun sosteniendo la sonrisa - tendrás que averiguarlo –me apoyé contra la baranda mirando hacia un punto lejano en el horizonte – ¿por que... de cual crees tú que soy? – tomé impulso y en un segundo estaba sentado a su lado, mirándola fijamente a los ojos sin dejar de sonreír.
El viento estaba soplando levemente, pero con la suficiente potencia como para desordenar su cabello, por lo que en un arrebato de dulzura, tomé un cadejo de pelo que cubría su cara y lo coloqué detrás de su oreja. Quizás mi único error fue sonreír de más.
-Bueno…- dijo desviando la mirada, como queriendo evadir una conversación incomoda – la respuesta a esa pregunta es obvia - se levantó de golpe mirándome entre sorprendida y seria – claro que si me equivoco – retrocedió unos pasos, miró hacia las aguas que corrían raudas bajo sus pies - tendrías que encontrarme en mi otra vida par decírtelo – sus palabras me congelaron, casi como si me hubiesen lanzado un balde con agua helada. Sus movimientos estaban premeditados despe el principio. Justo después de decir 'si es que me equivoco’ todo estaba listo y encajado para saltar. Al percatarme traté de ponerme de pie sobre la baranda lo más rápido que pude, sin embargo ya era tarde. Fue casi simultáneo. Ni siquiera dejó que su última frase llegara a mis oídos cuando ya se había lanzado. Fue como si mientras yo me erguía ella caía desde la altura del puente para no volver más.
Pude notar que a pesar de la aceleración de su cuerpo al bajar me decía adiós con su mano derecha mientras que con la izquierda hacía un gesto parecido a lanzar un beso.
Cerró los ojos mientras el Hudson se la tragaba por completo, mientras sus oscuras aguas la enjaulaban como un tesoro codiciado... cerró los ojos mientras el viento descontrolado se desidía a darme impulso o no para ir por ella…



- ¡¡¡Insensato!!!... ¿Cómo haz podido traerla hasta aquí? ¿Sabes lo que podría pasar si no sobrevive?... -
-Maximilian ¡Por favor! Hemos matado a cientos de sujetos y no nos ha pasado nada ¡Tranquilízate! ¿Quieres?-
-¡Alexander ya no estas en el siglo V antes de Cristo! ¡Esto es New York del siglo XXI! ¡Hay una infinidad de registros! Los ebrios que asesinamos son escoria social ¡Nadie los extrañará! ¡Pero ella es una niña! Debe tener a alguien que la esté buscando…-
-¡uf! – Resoplé – Max, déjame, yo me encargo… ¡No te atrevas a decirme lo que puedo o no hacer! ¡He sobrevivido más de dos siglos sin ayuda y no necesito que un histérico me grite qué es bueno y qué es malo! –
-Es que…- Max inicio de nuevo.
-¡No! – Le corté - Sé perfectamente lo que podría llegar a pasar, pero... – hice un pausa para verla – créeme, no podía dejarla morir –
Hace unos cuantos minutos había llegado a casa con la chica a cuestas. Estaba empapado y Max me regañaba por todo lo que estaba haciendo.
Todavía quedaban unas horas de oscuridad cuando entré al departamento propinándole un punta pié a la puerta que cedió fácilmente por que no estaba con seguro. Dejé a mi damisela sobre el sofá y traté de cambiarme la ropa húmeda en mi habitación, por lo que estaba conversando con Maximilian desde ella mientras que él estaba del otro lado observando intranquilo todo lo que sucedía a su alrededor.
-¡y otra cosa! – Agregué poniéndome un suéter negro - ¡yo ni siquiera pensaba en nacer durante el siglo V antes de Cristo, tan viejo no soy! – me carcajeé y desde el dormitorio escuche un resoplido que supuse, fue la risa forzada de Max.
-¿Crees que deberíamos tratar de despertarla? – dijo él mirándola reposar sobre el sofá. Yo salí de la pieza con una toalla alrededor del cuello, seguramente parecía como recién salido de una ducha:
- ¡Max, por favor! – dije con desánimo – te preocupas demasiado – me dirigí hacia el congelador sin dejar de hablar – esta chiquilla trataba de matarse – abrí la puerta del aparato - ¿Tú crees que si quiera se le pase por la cabeza al despertarse agradecer por que está a ‘salvo’ – me di vuelta hacia él e hice comillas con las manos refiriéndome a que jamás la chica estaría salvo cerca de unos vampiros – más encima, en la casa de dos sujetos que perfectamente calzan con la descripción de psicópatas sexuales? – no esperé su respuesta y me di vuelta para sacar una soda del refrigerador.
Al pararme miré el semblante de Max: una mezcla anormal de seriedad inquisitiva invadía su perfil, una ceja en alto esperaba el próximo comentario de mi parte.
-¿quieres una? – le pregunté abriendo la lata. Max cambio la expresión de su rostro y puso cara de asco:
- ¡No sé como puedes tomar ese tipo de cosas! ¡Puaj!- lo miré tratando de increparlo con una de mis burlas:
- No sé como puedes asesinar ratas en tus momentos de debilidad alimenticia – sorbí un poco del líquido y luego sonreí. Al verme hacer eso, Maximilian dibujo una ‘ese’(S) en su boca y dijo con un estremecimiento demostrando su repulsa a lo que acababa de hacer:
- ¡Pero es que saben a lodo mezclado con agua de sanitario sucio! – Me le quede mirando levantando una ceja. Luego, bebí un sorbo más largo, cerré los ojos por un momento y le contesté exhalando fuertemente como cuando uno bebe un trago fuerte y el ardor del alcohol recorre la garganta desde las amígdalas hasta el estómago:
-¡Aaah! Pues este lodo sabe a Lima-limón - reí por lo bajo, mientras que él me lanzaba una mirada de reprimenda y desviando la vista hacia el sofá, replicó cambiando el tema:
-Deberías tratar de secarla un poco – se acercó al baño y de la perilla de la puerta descolgó una toalla que permanecía allí desde hacía mucho tiempo, para luego pasármela observando con cuidado mis movimientos.
Mi mente jugó conmigo una vez más, ya que pronto caí en cuenta de lo que había en el transfondo de esa sugerencia.
- Pero… tendría que… – alargué las silabas de mis palabras, dudando un momento que fue suficiente como para que mi colega reparara en mi vacilación. Maximilian se acercó con una sonrisa de complacencia:
-¡¿Desnudarla?!... – bajé la vista al suelo en una señal de vergonzoso debilitamiento - ¡qué! ¿Es que acaso ¡Alex el vampiro que ha sobrevivido dos siglos sin ayuda! no puede despojar de sus ropas a la criatura que acaba de rescatar de las garras de su monstruo interno? – dijo con tono socarrón y cáustico. Ese comentario pareció venir de una serpiente de lengua bífida y envenenados colmillos… bueno, esa idea no diferia mucho de lo que Maximilian y yo éramos.
Al ver aún mi cara volteada al piso, se acercó más todavía para susurrarme al oído, casi podía rozar su mejilla con la mía:
-Supone un reto vencer aquella tentación ¿no es verdad, Alex? – carcajeó.
No podía vislumbrar bien dentro de aquella situación, cómo fue que las cosas de un momento a otro parecían favorecerme a mí y como luego de una simple sugerencia, las circunstancias apoyaban a Maximilian como si fuera su amo y señor. Sin embargo, no me di por aludido, sino que recobré la confianza y salí de aquella situación incomoda. Entonces, propinándole un empujón, le dije:
-¡Cállate! – y me dirigí hacía la niña. No obstante, quizás ese movimiento fue demasiado apresurado y lo debí meditar más, puesto que mi invitada otra vez despedía esa presencia celestial que le sentaba tan bien.
- ¿Mm-mm-Max? – mi voz tembló, en aquel momento me sentí como un niño que, testarudamente, desobedece a su madre para hacer algo que con anterioridad le habían dicho que no podría hacer solo y entonces, al darse cuenta de que su madre tenía razón, la llama para que ella le ayude.
Vergüenza… ¡Qué sensación tan repulsiva!…

Maximilian acudió a mi lado, desplazándose con movimientos ondulantes.
-¿Si Alex? – dijo con una arrogante sonrisa en los labios. Yo estaba abatido.
-No puedo hacerlo- susurré.
-¡¿Qué dices?! ¡No te oigo! ¡Habla más fuerte por favor! – Él estaba siendo cruel, yo sabía perfectamente que me había escuchado, pero necesitaba verme humillado para sentirse a gusto.
-¡No puedo hacerlo! – Grité, mientras que él meditó un par de segundos y con una postura satirisadora, preguntó:
-¿Y se puede saber el por qué de esta… patética derrota a tus instintos? –puso un énfasis en lo de ‘patética’, pero para esas alturas la crueldad que el pequeño Max estaba demostrando daba credibilidad a su identidad vampiresca, sin embargo en ese momento me pareció innecesaria:
-¡¿Cómo… haaa! – Exhalé - ¿cómo poder aguantar el deseo que me llama a quitarle la vida? – Maximilian quedo boquiabierto… supuse en aquel momento que era por la entonación de mis palabras, aceptándolo, ellas fueron poéticamente melodramáticas, pero ahora que lo pienso bien pudo tratarse de que yo jamás había hablado de detenerme a pensar en la vida de la personas que asesinaba, quizás Max estaba pensando que algún sentimiento de piedad algo retorcida estaba creciendo en mi interior. Continué - ¿Cómo poder profanar el altar de tan sagrado elixir?– Sonreí ante el espectáculo que me ofrecía la perplejidad de mi compañero – después de todo – me acerqué a ese cuerpecillo candido carente de expresión. Mi intención era terminar mis palabras acariciando su cara, pero me detuve, bien sabía que la caricia de un ser como yo podría ser mortal.
- Después de todo… es solo una niña… - repuse, mirándola como alguien derrotado.

domingo, 2 de agosto de 2009

Cáp. 7: Lágrimas en el Puente

Era la criatura más perturbadoramente hermosa que en mis 2 siglos de existencia había visto. Tenía todas las características que motivaban una perfecta cacería: piel blanca casi transparente, lágrimas que surcaban sus pómulos dejando a la vista su vulnerable estado, un soberbio cabello negro que dibujaba múltiples ondas al caer en las manos de los espíritus etéreos encubiertos por el aire, la figura menuda con delicadas extremidades cubiertas por oscuras mangas ralladas.
Vestía con un traje de fiesta, un vestido de color escarlata (¡casi del color de la sangre!) en la parte superior, ceñido al cuerpo ostentando un nada disimulado escote que permitía imaginar sus atributos de potencial fémina y, en la parte inferior, pendían de la cintura jirones de la misma tela que se movían al compás de una música inaudible, pero eso no importaba… sus ropajes eran lo de menos, ya que de inmediato a la impresión que por cierto, me dejó perplejo por unos instantes, la sucedió el idilio imaginario de su completa desnudez en mi abrazo mortal.
Su rostro no lo podía observar con claridad salvo por las lágrimas, su boca y las mejillas, la frente y sus ojos eran para mí un completo misterio, ya que estaban cubiertos por un antifaz de plumas que encajaba perfectamente con el marco de su rostro.
Tenía un aura lúgubre, pero al mismo tiempo era luminosa y divina, una mezcla inaudita que no pertenecía a éste mundo.
Sentí como un nudo en mi garganta se anudaba y la emoción se traducía en lo rígida de mi postura… aun no me decidía entre ir por ella o aguardar un poco en impasible contemplación.
Caminaba descalza, más bien danzaba descalza cual bailarina de ballet por la orilla del puente, tarareando una canción de nota triste. Cada cierto tramo, se detenía a sollozar un poco más y enjugaba las sádicas gotas que osaban corromper la perfección de su semblante.
Admito que era la primera vez, y quizás la única, que un ser humano me llamaba tanto la atención: su aspecto casi sagrado como de ninfa de los bosques, ese aire de golondrina herida, esa esencia de ángel caído…era algo profano el simple hecho de pensar lastimarla… y por lo mismo mucho mejor el hacerlo.
De repente, como conducida por el trance hipnótico de su propia melodía, se encaramó sobre la baranda del puente y allí siguió caminando igual que una experta equilibrista en la cuerda floja. Giraba cada vez que el ancho de la barra se lo permitía y daba pequeños saltos propios de gacela sin siquiera preocuparse del equilibrio con que realizaba tales hazañas… era todo un espectáculo.

Me deslicé más cerca, no para saltarle encima… no, aún no, sino que para observar el fino detalle con que la naturaleza la había esculpido.
¿Qué hacía un botón en flor en el puente del Río Hudson a media noche? Pensé que seguramente se había extraviado y por eso lloraba, su verdadero destino debía encontrarse en una casa llena de adolescentes ebrios y disfrazados festejando alguna tonta reunión escolar, pero ahora estaba allí junto a mí… el destino era cruel con la chica, sabía que yo no me resistiría a ella… estaba sola y ajena a cualquier ojo humano que le sirviera de testigo o de ayuda, apartada de la luz… la presa perfecta para el monstruo.
Una criatura tan tiernamente débil en el lugar y momentos incorrecto... medité ;…y con la peor compañía del mundo… la mía; sonreí.
Sin aviso previo, se detuvo en seco como una caja de música sin cuerda y contempló largamente las oscuras aguas que estaban bajo ella a unos 300 pies de altura. Yo me acerqué más, casi podía tocarla, lo único que quería era que estuviera en el suelo para asirla de las caderas y ver como con un ultimo suspiro de su pequeño pecho exhalaba el vaho de vida que quedara dentro de él…
Sentí como tomaba aire pesadamente, aguantando la respiración y luego exhaló con fuerza. Como deseé probar ese viento proveniente de su interior entibiado por sus dos pulmones… el solo placer de sentir parte de su fuego interno.

Fue en esas condiciones de deseo y movimientos estáticos... en los que escuche aquella voz acusadora:
-Basta ya de máscaras –susurró para sí misma, entregándoles así sus palabras a los espíritus etéreos que aun jugaban con los lindes de su cabellera y conjunto a esto, prosiguió a desanudar el antifaz que le cubría los ojos: dos perfectos luceros de matices pardos y jaspeados en tonos jades- verdes, entre ellos una perfecta nariz que impedía la unión de esas magnificas joyas…las que seguramente se hubiesen visto mejor, sino fuese por que la fuente de sus lágrimas se había secado y ahora los párpados estaban hinchados y grandes ojeras demacraban en algo aquella belleza celestial.
¿Qué estaba haciendo? ¿Un ritual antiguo? ¿Una simple locura? ¿Qué?

-Esta es la ultima vez que te veré - dijo mirando el antifaz y agregó – maldita prenda de desgracias hipócrita – juntó el entrecejo y con un gesto de repulsión intensa, arrojó la máscara tan lejos que ni siquiera alcancé a saber si se había hundido en el río o si se había perdido en una de sus orillas… acto seguido, levantó el brazo izquierdo y observó su antebrazo con la oscura manga rallada puesta, entonces, una leve ventolera la hizo tambalearse. Ansioso me preparé para recibirla en cuanto perdiera el equilibrio y cayera en las redes que mis extremidades superiores tejían con hábiles movimientos. Pero no calló, a duras penas logró mantenerse en lo alto y allí permaneció.
-¡No! No me impedirás de nuevo que mi muerte se lleve a cabo ¡hoy ya no te permaneceré más!-
<<¡¡¿Su muerte?!!>> era una suicida. Una niña de 15 años que planeaba arrebatarme lo único que ahora me mantendría ocupado y pendiente. El impío destino sabía entonces que si ella moría de esa forma, yo tendría que esperar otros cientos de años antes de que decidiera o se dignara a entregarme tamaña ofrenda en tan perfecta envoltura otra vez…

Su cara de convicción se mezcló con una mueca de agobio y dolor, pero no ese dolor emocional con el que ya cargaba desde antes no, este era un dolor físico como si lo que estuviera a punto de hacer le fuera a causar un gran espasmo. Sin dudarlo mucho, tomó de un extremo la manga que cubría el brazo que estaba contemplando y vehementemente la alzó fuera suyo. Su estremecimiento a causa del dolor fue tal que me hizo figurar algo así como que si se estuviera sacando una segunda piel. El paso del genero dejó al descubierto infinitas mascas de cortes que empezaban a cicatrizar. Dejó caer la prenda que gracias al viento llegó a mí, incentivándome aun más a acabar con su vida.
La suave tela estaba impregnada con su aroma, algo parecido al té de menta y a la flor de manzanilla…bueno y al hierro de su sangre.
Tomó la otra manga y repitió el procedimiento. Este brazo estaba igual, quizás peor que su predecesor. Los cortes aun no se curaban por completo y hasta parecían recién hechos.

¡Saltaría! No había duda alguna de ello ¿Qué estaba esperando yo? ¿Que saltara? ¿¡Que los crueles designios me la arrebataran para siempre!? ¡¡¡NO!!! Tenía que hacer algo, evitarlo a toda costa, debía encontrar la forma de preservar su sangre, de hacerla mía ¡No de las aguas del Hudson! Pero… pero algo me detenía, algo invisible; por alguna razón mis músculos no respondían a las ordenes de mis pensamientos, era como si a la fuerza, el odioso destino me hubiese traído hasta allí solo para verla caer.
Recuerdo que inoportunamente, el viento, cambió de dirección, ahora ya no estaba en contra de la chica, sino que la alentaba a lanzarse hacía el abismo. La chica rió como quien sádicamente se burla de los intentos vanos de alguien que quiere escapar de algo inevitable:
-¡No hago esto por que tú lo quieras! – Dijo con voz airosa - ¡Lo hago para darle la paz que nunca le diste a este ser maltrecho!- dio media vuelta sobre el pasamanos, lo que fue un alivio para mí ya que parecía que algo la había disuadido de saltar. Observó con ojos inescrutables a la ciudad que cubría sus actos y para mi sorpresa, repentinamente dirigió sus perfectos ojos pardos hacia abajo y se topó con la insospechada mirada del presente narrador.
En ese instante, su divinidad impenetrable disminuyó considerablemente cual ídolo de barro que cae de su pedestal; pude recobrar el control sobre mí y hasta pude ser conciente de que esa era la oportunidad perfecta para atacar.
Ella en cambio y muy por el contrario al patrón de pánico que manifestaban todas mis victimas, se limitó a sonreír y permaneció de pie sobre la baranda observándome desde lo alto… muda, paciente y ajena a cualquier movimiento que no involucrara el extraño marco contextual en que nos veíamos envueltos…

jueves, 30 de julio de 2009

Cáp.6: Paseo Nocturno.


Durante la Edad Media nos escondíamos en cuevas para celebrar distintos jolgorios. En el renacimiento, éramos criados o amos de grandes latifundios...
Luego de la Edad Moderna, pasamos a formar parte del sector denominado como “Lacra de la Sociedad” y ahora, esta ‘Basura social’, se encontraba en todos los niveles del escalafón socioeconómico sin excepción de ninguno por lo que las nubes de la moral y la ética se abrían hacia una ciudad decadente donde no importaba quien matase, sino a quién mató; una sociedad donde las ideas de mesura y decencia no importaban tanto y la discriminación por preferir salir de noche a lugares poco alumbrados y peligrosos era cuento de siglos pasados... no, no podían siquiera pensar en la discriminación porque sus propios hijos a veces nos acompañaban durante las oscuridades y eso sería ‘escupir hacia el cielo’, tampoco podían decir mucho.... ya que tú eras lo que le daba la categoría de peligroso a ese lugar.
Este pasaje de mi vida lo he repasado tantas veces que doy por ciertas cosas que quizás solo pensé y en verdad nunca sucedieron… así que una advertencia para ti, lector, si eres de los que sucumben ante los brazos de Morfeo al leer, procura observar lo que ya haz mirado y leer lo anteriormente escrito para que no te pierdas al intentar descifrar esta historia.

El puente del Río Hudson se hallaba cerca y decidí pasar a mirar las miles de toneladas de agua que, caudalosamente, recorren 506 kilómetros desde el lago Tear of the Clouds hasta desembocar en el Océano Atlántico, sirviendo de limite entre los estados de New York y de New Jersey.

Cual gato en la oscuridad, me deslizaba sigilosamente por la vereda mirando de tanto en tanto hacia abajo.
Era de noche, una noche como cualquier otra en New York, una noche de oscuros callejones, estrellas lejanas repelidas por el potente fulgor de la ‘Ciudad que no Duerme’, almas lúgubres y solitarias… Max no estaba conmigo, recuerdo que había preferido quedarse conversando sobre un extraño y ajeno proyecto de ‘sanación’ con Sebástian, otro vampiro, en el “The red eyes.” Un bar especialmente diseñado para gente como nosotros. Dejé al chico solo, después de todo, Maximilian ya sabía como comportarse adecuadamente ante la presencia de otros de nuestra clase, mientras que yo salí a dar un paseo como acostumbraba para despejar mi mente de las imágenes de antiquísimos crímenes.
Creo que uno de mis sentidos se sobrecogió con la sensación de no estar solo en semejantes lares. No es que tuviera miedo ¡A qué le podría temer algo como yo! Sin embargo, me oculté ante las expectativas de conocer a la desdichada alma que cruzaba su camino con el mío...
Desde la oscuridad del Hudson viajó un sonido que conocía perfectamente, sin dudarlo, cruzó como relámpago la idea de un sollozo por mi cabeza y sentí cómo la bestia dentro de mí, sonreía. Pero, al contrario de la locura que atormenta a mi subconsciente con su voluptuosa gula y ansias de destrucción, esta vez era otra cosa la que presentía venir, algo muy distinto y quizás… más mounstroso…
Una brisa, una esencia camuflada en el aire, un perfume que no podía distinguir por más empeño que pusiera en ello, como un pacto a traición entre mi nariz y el viento danzante. Algo me pedía que lo encontrara, me urgía llamando, clamando mi nombre por todas partes ¿Alexander? ¡Alexander! ¡Ven! ¡Ven a mí, Alexander! Decía maléfica ¡Ven y encuéntrame! Gemían los deseos por hacer mío lo que fuera que quería ser encontrado.
Rápidamente, me confundí en la oscuridad haciéndome uno con ella, escabulléndome como el asesino que era y no tardé en toparme con la criatura más desventurada que la tierra pudo ofrecerme: una desconsolada alma en el cuerpo de una joven niña de 15 años.

El Narrador

El Narrador
Alexander Chaucer. 1751- ¿? (2da vida)