domingo, 6 de septiembre de 2009

Cáp 10: Despertar Violento



La aurora tenía el cielo con un color verdoso-amarillento. La ciudad se despertaba y otros se iban a dormir. New York volvía a las andadas y la Estatua de la Libertad daba un gran bostezo antes de retomar su postura implacable acompañada con su antorcha hueca.
En el distrito de Broklyn, exactamente ubicado en la avenida Frederick Law Olmsted se alzaba un edificio de 5 pisos de altura. La pintura estaba descáscarada y en el pórtico, unas plantas casi marchitas hacían juego con el tosco Hall de acceso. Por un ascensor a 10 metros de la entrada, se subía hasta el piso 4 y caminando a través del pasillo hacia la derecha estaba la puerta del apartamento 42, donde el casero sabía que vivía una extraña pareja de chicos. Uno con largo cabello teñido (supuestamente) plateado, alto, de ojos café claro, siempre vistiendo con ropa oscura y casualmente elegante. El otro tenía el cabello teñido de color anaranjado y en punta, era más joven que el anterior y por lo general vestía como una estrella Rock.
El interior del departamento parecía sacado de la foto de una revista de casa y decoración. Se distinguían cuatro colores predominantes: rojo, blanco, negro y plateado. Sillones de cuerina negra en la estancia jugaban con los matices de las paredes blancas con dibujos estilo oriental de bambúes en rojo y negro. Una mesa de oscura madera en el living, uno que otro mueble del mismo color que contenían platos y vasos de transparente vidrio moldeado (¿para qué?... no lo sé). Un millón de distintas fotos de arte moderno hacían un collage en una de las paredes laterales a la entrada. El suelo estaba cubierto de una hermosa imitacion acrilica de parqué francés a acepción de la blanca baldosa de la cocina estilo americano que desde un rincón observaba la escena.
Frecuentemente el apartamento estaba ordenado ya que sus moradores estaban fuera la mayor parte del día, en cambio ahora un pantalón de buzo y una camisa estaban tirados cerca de la entrada al pasillo; una dulce niña reposaba sobre el sofá de cuerina semi cubierta por una toalla y un vestido húmedo. La mesa de centro estaba desplazada hacia un lado y los dos sujetos estaban casi sacándose los ojos a fuerza de golpes fugaces, pero certeros uno encima del otro. Desde fuera se escuchaban los gritos y el forcejeo, no obstante hace 8 segundos no se escuchaba nada…
-¡ALEXANDER! ¡¡Suéltame!! - Maximilian estaba arriba mío y trataba de esquivar y detener mis puños
-¿Cómo haz podido hacerlo? ¡Te dije que Ella era mía!- me lo quité de encima de un puñetazo para luego propinarle otro en el estòmago. Juro que a nadie le había hundido un golpe más profundamente que a Max.
-Alex… tú… no entiendes – estaba encorvado tratando de tomar aire y seguir hablando, tosía.
-¡Qué! ¿qué es lo que debo entender? ¡¿Qué eres el peor de los cuidadores?! ¡JÁ! ¡Maldito infeliz hijo de la….! ¡Aléjate de ella! – en uno de sus intentos por recobrar el aliento, Maximilian había cometido el error de apoyarse sobre el sillón donde la chica estaba acostada. Ciego de furia, me abalancé contra él en una arremetida que prometía ser la última que el pequeño Max viera en su vida.
Nos habíamos estado revolcando por lo menos unos 2 minutos y aunque fui completamente conciente de que Maximilian no era mayor competencia para mí (bueno, claro que él en ningún momento trató de atacarme, sino que solo se defendió y se podría decir que casi ni siquiera hizo el intento por hacerlo) no podía pasar por alto lo que mis ojos habían visto: Ella y él con los labios conectados. Él con la mitad del cuerpo encima y Ella con el torso completamente desnudo ¿Qué demonios estaba haciendo ese mugriento depravado? ¿Qué acaso no me escucho cuando le dije que tuviera cuidado con lo que hacía?... ¿quería arrebatármela? No sin guerra primero.
Un hilo de sangre bajaba desde sus ojos hasta la mitad de sus mejillas, otro, hacía lo mismo pero desde la comisura de sus labios hasta la garganta. Todo aquel rostro infantil estaba magullado y completamente deformado a fuerza de mis golpes… el forcejeo había terminado, ya se deslizaba por mi cabeza la imagen de Maximilian con un enorme corte rebanándole hasta la mitad del cuello. Su expresión aun más fría de lo que ya era, su traicionera boca abierta cual maligno agujero y los ojos desorbitados e incoherentemente dirigidos congelando la ultima cara que se llevaría con él… el rostro de su asesino.
Lo sostuve contra la pared y a duras penas si pude levantarlo, por que con la lluvia de golpes que recibió ya estaba en condición de saco de músculos y huesos sin voluntad. Le sostuve por un hombro y con violencia le propine un rodillazo en la entrepierna. Apenas si se movió del dolor que aquello le causo. Ya exhausto por la cruenta lucha, lo levante mirándolo fijamente, era hora de terminar el trabajo.
-Alex…- sus ojos se movían nerviosamente mirando los míos… esa era una cara de miedo, los labios apenas se abrían para dejar pasar un hilillo de voz que gemía por ser perdonada.
-No creas que te dejaré pasar algo así…-
-Alex…la… estaba... salvando - << ¿salvando?>> lo único que se me pasó por la mente fue que él la estaba matando antes para que el cuerpo de la chica no fuera víctima de los crueles abusos de los que le confesé que fui capaz en un tiempo anterior, es decir, estaba terminando con su vida para que no sufriera las atrocidades voluptuosas que alguna vez cometí… lo que obviamente me puso más furioso
-De esta no te salvaras con palabras tontas – le dije recordando nuestro ultimo altercado casi escupiendo las palabras.

En sí, no seria la primera vez que Maximilian hacia y decía ese tipo de cosas. Recuerdo que una vez engatusé a una prostituta para la cena. Utilicé unas cuantas artimañas (recuerda estimado lector: acecha, seduce, juega y ataca) y jugué a la perfección con sus sentidos de presa confundida. Le había dicho esa clase de cosas que solo un alma de carácter débil y azotado creería al instante: que era la persona más hermosa en todo New York y que deseaba el puente a sus pensamientos… su cuello. Viéndolo desde mi perspectiva, yo no mentía en lo absoluto… bueno salvo en eso de la belleza; siendo honestos hasta hoy después de haber conocido a aquella niña, creo no haber visto a ninguna persona más bella... además, tampoco era cosa de que esta mujer de la noche encabezaría la lista de mis conquistas femeninas como la primera en ella… pero bueno.
Mi plan era llevarla por el parque de la mano y atacar: rápido y sin testigos, el crimen perfecto. Pero al saberse una mujerzuela, me dijo que terminara luego con lo que quería con ella y que le pagara, ya que no era el su único cliente aquella noche.
Soy un antropófago de fama sádica e impía, no puedo evitar que ellas y ellos a quienes cazó griten por mí al momento de llevarlos a la tumba, que me deseen y así mismo deseen lo que les doy a cambio: la muerte. La seducción y el trémulo contacto de su piel con la mía solo por saberse deseados es algo que me enerva y me estimula para hacer lo que hago mejor. Debo decirlo: me encanta ver como sus ilusiones se despedazan al enterarse de la traición de que son víctima… digamos que hace la merienda más agradable.
Me detuve a su lado, despejé de su rostro el exuberante cabello rojizo que lo cubría y acercándome le susurré:
-Toma esto como un descanso que será remunerado de todos modos- acaricié su mejilla, poniendo extremo cuidado de poner esos ojos irresistibles que me caracterizaban cuando estaba persiguiendo alguna presa.
-después de todo... solo quiero sentir como se desborda el manantial de tus deseos- seguía acariciándola con cuidado de no ir ni muy rápido ni muy lento ¡Já! Ella estaba turbada completamente, entre derritiéndose visiblemente e indecisa entre seguir haciendo aquello o solo huir… aquel sentimiento es quizás el que mejor ayuda a provocar las sensaciones de las que he hablado: indecisión, una gran arma.
-pe…pero- tartamudeó, me aparté de ella un poco mirándola a los ojos con una sonrisa traviesa.
-no es tu cuerpo lo que quiero- me acerqué para seguir susurrándole a los oídos - esa ti a quien busco.
Me retiré un poco para observar aquel cuadro incompleto de ojos ahogados en palabrería cursi y barata, piel lívida de emoción, labios entreabiertos, casi escurriéndose en baba cual perro hambriento ante la vitrina de una carnicería… ¿cuadro incompleto? a aquello le faltaba un ingrediente final: la expresión de horror.
Me acerqué para bajar de su boca rozándole la mejilla con la punta de mis labios y nariz, hasta llegar a lo que en verdad quería: su yugular.
Sentí el calor de su piel, aquel efluvio que tanto me gusta de los vivos y casi sentía el violento correr de los glóbulos rojos por sus venas… estuve a milésimas de ensartarle los colmillos cuando de pronto apareció Maximilian de la nada.
Me llamó desde el otro lado del parque y algo molesto por aquella interrupción, dejé a mi víctima esperando un momento, quien, supongo también molesta por aquel corte inusitado me gritó: ¡esto te costará 70 dólares más!
Max me habló de no sé qué, algo relacionado con la voluntad del ser humano y sus deseos de ser feliz y un millón de idioteces más. Recitó todo un sermón sobre la forma de triunfar en la vida y me trató de convencer de que dejara en paz a la señorita que pretendía servirme de cena, ya que ella solo necesitaba una oportunidad en la vida y alguien que la ayudara a salir de sus problemas. Como el dinero no es problema de los muertos vivientes, le dejamos un cheque por quinientos dólares y nos fuimos, no sé que habrá hecho con eso, no es, a mí parecer, la suma suficiente para empezar otra vida...
- Si dices que sufre tanto por dentro ¿Por qué no terminar de una vez con todo ese dolor? – juntos caminábamos hacia el departamento.
- Sería una solución un poco sádica ¿no crees? –
- ¿Y matar borrachos no es sádico? Hasta donde tengo entendido los humanos beben para olvidar dolores emocionales muchas veces-
-En cierta forma sí, pero... por algún motivo no me pareció correcto que ella merecíera morir – me le quedé mirando con una sonrisa de burla en la cara
-¿correcto? ¿Desde cuando eres el juez de los mortales Max? ¿Es que acaso escucho un dejo de sumisa cristiandad en tus palabras? – Si pudiéramos sonrojarnos, estoy seguro que él lo habría hecho
-¡No, por supuesto que no!-
-Creo que alguien mañana le urge ir a la iglesia -dije saltando como un niño pequeño.
- A veces puedes ser tan imbecil, Alex –
Lo que sucedía es que el pequeño Max, lamentablemente creía que la justicia es aplicable a todos y que, gracias a su don de olfato superior, podía descubrir quien era el golpeado o el golpeador o también, el abusador y la víctima. Digamos que Maximilian era un justiciero sanguinario que perseguía a violadores, drogadictos, ladrones y cosas por el estilo… era un patético intento por perdonarse así mismo por que se consideraba en el fondo un monstruo igual que la mayoría de los amos piadosos… seguramente no tardaría en empezar un régimen alto en sangre animal dando por terminada nuestra amistad, ya que no permitiría que me sermoneara con el tema de ‘los buenos hábitos’ igual que el iluso de Giovanni. Yo he matado por que sé que en este mugriento mundo y en esta agonía eterna no hay ningún humano que sea digno de la vida que se le dió… he matado para alimentarme como un animal por que acepto mi condición de bestia… he matado sin piedad por que nadie se merece misericordia alguna…
He matado... por que soy un vampiro.

Sostuve a Maximilian por el cuello, levanté mi garra derecha a la altura de la vena aorta y mi mano se puso rígida en dirección a él. Pude observar sus ojos oscuros a punto de soltar lágrimas debido a la brutalidad de la que era víctima… o quizás, solo por que Alexander, su amigo o algo más, lo iba a acabar como a un gusano rastrero. Sus ojos, ese miedo que tantas veces vi en ustedes, era el que ahora veía en Max y me llamaba a exterminarlo como tantas veces hice en el pasado…
Sin embargo, también pude ser testigo del reflejo en los ojos de Max donde mi invitada se convulsionaba en el sillón y como tosiendo se levantaba para regurgitar el agua que la habría mantenido en un estado de coma desapercibido.
Lentamente, aflojé la mano con la que aprisionaba al pequeño Max, quien cayó exhausto.
Conmocionado por verla viva, solo atiné a acercármele. Su aura cósmica ya no existía, no obstante el ímpetu a atacarla no se apoderó esta vez de mí, ya que mis fuerzas habían sido liberadas en el combate contra Max.
Ella se tocó la frente con pesadumbre, aun con los pechos descubiertos:
-¡Mi cabeza! –se quejó. Imagino lo que pasó por su mente después de abrir los ojos y encontrarse desnuda bajo un techo desconocido… sus luceros casi se salen de su orbita cuando con una inspección rápida al lugar, por segunda vez, nuestras miradas se encontraron...


sábado, 22 de agosto de 2009

Cáp. 9: el perro del hortelano 'No come ni deja comer'


- ¡A un lado! Yo me encargo - replicó Max apartándome de un manotazo y se acercó a la chica como si fuera cualquier cosa y no como la musa inspiradora de lo que podría llegar a ser una escena de cine gore.
- ¿Qué piensas hacer? - dije intrigado. Ella era mía, mi presa y nadie podía tenerla más que yo. Lo detuve colocando mi mano sobre su hombro a mitad de camino mientras que él respondió a eso volteándose para verme de frente.
-¿Y tu que crees que hago? ¡Le pondré ropa de muñeca como a cualquier juguete! - me contestó con simpleza encogiéndose de hombros y safándose de mi.
-Pero es que….– él se detuvo antes de agacharse cerca de ella… preparándose para desabrochar el cierre del vestido a uno de sus costados.
-¿Qué pasa, Alex? …¿temes por la integridad de tu comida? – esbozó una sonrisa traviesa. Crispé los puños, apreté los parpados y me vi obligado a cederle el derecho de cuidar a la chica a Maximilian
-Solo… ten cuidado- musité.
Max me miró comprensivamente, supuse que entendía lo complicado que era para mí hacer eso.
-Descuida – me tranquilizó con un tono suave – no le haré nada – su cara era seria al momento de voltearse, lo que no significó que yo me calmara solo por eso, no sabía si confiar en él.
Observé inquieto como de a poco la cremallera bajaba, era toda una tortura el sonido emblemático de aquello, ya que simbolizaba todo lo que yo no podía hacer en esa situación… relegado a solo formar parte del contexto como testigo, me sentí tan inútil como un florero: servil solamente para adornar una estancia.
Intrincados movimientos iban a dejar el paso libre para descubrir sus dos sinuosas colinas puras y redondas. No obstante, Maximilian, debió tener claro qué clase de ímpetu habría provocado el solo hecho de destapar el torso casi maduro de la muchacha delante de mis ojos, es por eso quizás que antes de descubrirlo, se levantó para arrebatarme la toalla de las manos y la colocó encima sobre el vestido aún húmedo de la niña. De esta manera ninguno de los dos vería la completa desnudez de mi invitada, puesto que hábilmente, el pequeño Max, sacaría por debajo el vestido.
-¡Así podrás sentirte más tranquilo! ¡Yo no la veré y tú tampoco! –
Pero lo que Max no intuía era que detrás de la sonrisa que el dediqué luego de su comentario, dentro, en la mente la imaginación inescrupulosa jugaba con la ilusión de mí apartándolo de un solo golpe, alzando violentamente la toalla al suelo y desgarrando por completo aquel empapado vestido para luego acariciar esa carne de chirimoya inmaculada... ¡Si! Era yo tomando entre mis brazos a esa débil criatura… era yo jugando con sus dulces y delicados movimientos… para luego dar el zarpazo final…
…Acércate, pero no mires. Mira, pero no toques…Toca… y será lo ultimo que recuerdes…

De tanto en tanto, Max se volvía para ver lo que yo estaba haciendo. Supuse que en alguna parte de su cabeza la idea de que volublemente le saltara encima no era una posibilidad tan desquiciada, sino que por el contrario era casi una verdad. No sé si le habré dado indicios de lo que pensaba en ese momento, pero días más tarde, el chico me diría que mis ojos tenían un color buerdeo intenso, el color que tomaban cada vez que la caza para mí se hacía entretenida.
Pasó un rato tratando de arremangar el vestido y al momento de descubrir la ingle, el muchacho me miró con ojos demasiado serios en él:
-Será mejor que vallas a buscar una de las camisas del armario – mi postura fue firme y tajante; por mi cabeza desfilaron un millón de posibilidades de lo que el chico podría llegar a hacer durante mi ausencia: ¿Max y Ella solos? ¡Jamás! Eso no estaba permitido, no en mi mundo, no hoy ni mañana ni en ninguna otra ocasión. Definitivamente no me movería de aquel sitio, así mi codicia de grande era: había encontrado un tesoro y no dejaría que nadie tomara un solo pedazo de lo que por derecho me pertenecía. Mi deber, mi misión, mi grañidísima obsesión: es mía y no la tocaran aun cuando yo tampoco lo haga… ¿Me dices egoísta?... prefiero que me llames: Precavido.
- Descuida, quédate tranquilo – Max torneó los ojos como queriendo decir ‘Otra vez con el mismo cuento’ – Sé controlarme ¿recuerdas? – Hizo un mohín al ver que no me convencía y prosiguió - ¡hay por favor! Aquí… entre nos – me señalo a mi y a él - la persona que menos cambios de animo presenta soy yo… ¡Además! –Dijo despreocupadamente - después de hablar con Sebastian fui al Central Park donde estuve degustando diversos platillos – su boca se abrió en una sonrisa plagada de filosos dientes blancos – estoy satisfecho y yo no soy de esos que andan por la vida pecando de gula… como ‘Otros’ ¿No lo crees querido Alex? – usó ese tono irónico de nuevo.
Lo observé con desconfianza. Creo que Maximilian llego a concluir que con esa mirada, yo pretendía descubrir si él mismo se detendría alguna vez a tomar algo en serio, pero como no lo hizo, puesto que su cara empezó a mostrar signos de aburrimiento como el de cualquier niño en una sala de espera. Entonces solo supe decir:
-Ten mu-cho cui-da-do con lo que ha-ces – me fui al dormitorio por la ropa pedida.
Traté de terminar con esa tarea lo más rápido que pude. No escatimé porte, color… nada, si la chica se despertaba, seguramente lo haría vestida como un rapero o como un payaso de circo. Solo tomé lo primero que vi: una camisa y unos pantalones de buzo. Luego salí de la habitación con ambas prendas en el antebrazo…

La escena con la que me encontré… no tuvo nombre.
No sé si fueron celos, no sé si fue solo rabia o egoísmo tiránico lo que recorrió mi cuerpo e hizo que aumentara la presión en mi cabeza en aquel momento. Lo que si sé, es que sentí cómo se me revolvió el estómago, cómo la sangre se congeló e hirvió al mismo tiempo en mis venas sobrenaturales. Sentí como la ira llenaba cada poro de mi piel y cada minúsculo centímetro de tejido corporal.
¿Sabes algo, lector? Debo admitir que de entre todas las cosas que desconozco, una de las que más me sorprenden es el origen del paranoico pensamiento que uno desarrolla al ver en los demás a enemigos y rivales… de ver en todos ellos a la competencia
¿De donde sale el deseo de tener más que los otros? ¿De donde nace la avaricia compulsiva?... Lo ignoro completamente, pero ese sentimiento que a veces obliga ha hacer cosas ruines y corruptas, era el que ahora fluía por mí… un impulso descontrolado… una fiera que no dio previo aviso antes de atacar.

El Narrador

El Narrador
Alexander Chaucer. 1751- ¿? (2da vida)