sábado, 26 de septiembre de 2009

Cáp. 11: Escrutinio a través de la puerta


Intente acercarme a ella, dando pasos sigilosos en una torpe e impulsiva tentativa para explicarle todo, pero con intensos ojos de cervatillo asustado, tomó la toalla fuertemente y se la puso por delante encogiéndose sobre el sofá. Me detuve.
- ¡¡¿Donde estoy?!!- examinó el departamento con vistazos rápidos- ¡¡¿Quién eres tú?!!- gritó imperativa - ¡¡¿Qué me haz hecho?!!-
No creí que sus ojos tuvieran aun fuerzas para soltar más lágrimas, pero me equivoqué, ya que pronto sinuosas gotas brotaron de aquellos manantiales soberbiamente cargadas de ira y repulsión producto de ‘quién sabe qué’ malos entendidos que se maquinaban dentro de su juvenil mente expuesta a las noticias actuales. Se levantó de su pose encuclillada sobre el sillón, aquel cuadro me hizo tener un flash back donde yo la veía sobre la baranda del puente rodeada de la oscuridad de los focos que nunca funcionaron bien. No atiné a decir nada y estúpidamente me acerque un poco más tratando de darle un aire acogedor a mi rostro en pos de establecer una cierta confianza y tratar de explicar lo que sucedía, pero ella seguramente vio en mi semblante el rostro de un despótico pedófilo, otro enemigo y potencial fuente de abuso.
Retrocedió, aun sobre el sofá fijándose en cada uno de mis movimientos, parecía una fiera a la defensiva.
-¡¡¡No te me acerques!!!-chilló y fue quizás aquel grito el que empujo las clásicas palabras hacia mi boca:
- Calma, calma, no te haré daño – aquella oración que tanto utilice un tiempo como vil artimaña en ese momento no tenía ni pizca de malicia y solo buscaba comprensión. Esta vez no mentía, jamás le vendría en perjuicio, solo quería que se sintiera cómoda y que se vistiera… ya habría tiempo para los ‘otros negocios’.
-¡¿Qué me haz hecho infeliz?! ¡Bastardo, hijo de pu…- un espasmo de dolor a causa del llanto manó desde su interior impidiéndole seguir con los insultos. Buscó rápidamente una forma de escape y considerando que el sofá llegaba a su fin, dio un saltó hacia atrás y cayó cual pluma sobre piso.
-Dej... deja… ¡déjame explicarte!- balbuceé, mientras ella aun con los ojos fuertemente aferrados a los míos palpaba la mesa de junto.
-¡Cállate! ¡Aléjate de mí! ¡Déjame sola!-su hábil mano en su tanteo ciego había encontrado un adorno de vidrio que me lanzó con toda su furia. Al tratar de esquivarlo, noté como ella aprovechaba de huir en dirección al baño y cerraba tras de sí la puerta con el seguro. El adorno se rompió en cientos de pedazos.
Tomé aire para calmarme un poco e impregnar mis próximas líneas con un tono dulce y grato. Camine hacia el baño y toque la puerta diciendo:
-¡Hey! ¡Vamos! ¡Abre la puerta! ¡Aquí estas segura, nadie te tocara ni un solo cabello! ¡No te haré nada!- no sirvió de mucho. Desde dentro escuche su risa, entre histérica e irónica:
-¿Crees que sería tan imbécil de abrirla?... ¿dejar que pases así como así? ¡Me subestimas demasiado, hijo de perra!- escuche sus nerviosos movimientos desde al interior del cuarto de baño- ¡¿Por qué estoy aquí?!.... ¡¿Qué quieres hacerme?!.... ¡¡¡qué me haz hecho!!!- sentía su respiración desenfrenada.
-Tranquilízate un poco… ¡te dará un ataque de asma!- en verdad estaba preocupado. Si conocía bien la anatomía humana, podía estar seguro de que pronto le sobrevendría una hiperventilación. Así que para desviar un poco el tema, traté de utilizar todos mis recursos:
- ¿Por qué desconfías tanto de la persona que te salvo la vida?- esas palabras parecieron dejarla estupefacta <> no obstante, pronto reaccionó estallando en un gemido de indignación y rabia:
- ¡Salvar mi vida! ¡Bastardo, tú solo impediste mi muerte!… la idea era no seguir viviendo- pensó un poco y dijo con voz contrariada- mmmh ¿tú eres el del puente, verdad? Sabía que eras extraño, pero jamás se me hubiese cruzado por la cabeza que saltarías a rescatarme -
Callé unos instantes, para luego decir:
- Solo hice lo que me pareció correcto, de haber sabido que reaccionarias de esta manera te hubiese dejado a tu suerte…- me mordí el labio, aquella era una mentira enorme, ya que jamás la hubiese abandonado aquel día ni por toda la sangre del universo, ni tampoco por la supremacía del vampiro sobre el hombre. -¡Vamos! Sal de allí para que puedas vestirte-
-¿Por qué me salvaste?-esa pregunta no me la esperaba. Su tono quebradizo dejaba en evidencia que estaba sollozando. Sin embargo, su vulnerabilidad no era suficiente para reblandecer un corazón que no late, por lo tanto no era suficiente tampoco para que en un instante de inconciencia le revelara mis verdad intenciones para con ella. De esta manera intente manipular el rumbo de la conversación:
-¿Por qué crees tú que lo hice?- su respuesta no se hizo esperar:
-Por que eres un acosador sexual o un tipo que se maneja en el en el comercio de putas que tiene apuros económicos y no podías perder esta oportunidad – sonreí ante la visión tan acertada que tuve anteriormente de sus pensamientos. Solo era sentido común, desarrollado durante eras milenarias, ver al Otro como algo que te puede causar dolor y displacer ¡que pensamiento tan humanizado!
- ¿Qué puedo hacer para cambiar esta mala impresión?... yo te salve – medite un rato y luego repuse – te traje a mi casa, le di una golpiza a mi- use un recurso desesperado para que confiara en mi – a mi pareja por que creí que se estaba aprovechando de ti y resulto que te estaba dando respiración boca a boca para que consiguieras una segunda oportunidad ¡¿que más quieres que haga?!- traté de sonar indignado con el trato que estaba recibiendo y entonces guarde silencio para acercarme a la puerta y tratar de escuchar sus movimientos al interior de la pieza. Ella caminaba de aquí para allá y cuando se detuvo pareció acercarse a la salida del cuarto para sentarse en el suelo y apoyar su espalda contra la misma portezuela. Al no obtener respuesta alguna seguí hablando, pero baje el tono para que ella se sintiera más cómoda:
-Supongo que no saldrás de allí tan fácilmente – ella rió
-Comprenderás que aun no se crea ese contexto de confianza como para hacerlo- dijo con tono soberbio.
-¿Aun sabiendo de que cualquiera que quisiera violar a alguien buscaría una presa mas fácil que una que esta apunto de saltar en el Hudson o que ya esta flotando sobre él a media noche? ¿No crees que si el tipo quiere aprovecharse de alguien trataría de no arriesgarse a morir por el simple choque del agua fría?- otra vez se escuchó una risita desde el interior del baño.
-Esa lógica no es aplicable para un desquiciado o para un libertino… o para un tipo desesperado al que los de la mafia quieren que les pague cuotas atrasadas- su voz era la de una persona que cree saberlo todo - ¿no lo crees así?
-mmmh! Tienes razón- declaré-pero aquí entre nos , un loco no estaría entablando una conversación tan coherente… un libertino estaría buscando la forma de entrar a fuerza de golpes o de un arma y… un tipo desesperado…mmmh! sabe bien que si se lanza para salvar a una chica en un río corre el riesgo de que la chica este muerta y que él mismo muera en el intento, es decir, no le conviene, por que de todas formas si no consigue su objetivo de traer a la chica de vuelta lo matarán – pensé un momento mis siguientes palabras - yo solo te pido que salgas para que no te enfermes –me pareció que soné un tanto dictatorial en aquel momento, manipular así las cosas y forzarlas en cierto sentido era un truco bajo, pero no me importó y seguí intentando.
Cierta vez, leí una historia para niños en la que el personaje principal era un infante que vivía solo sobre un asteroide. No recuerdo la mayormente la trama del cuento ni mucho menos su final, sin embargo, creo que la descripción de este curioso personaje sigue dentro de mi memoria y recuerdo que su característica principal era la de su testarudez al preguntar reiterativamente por una verdad algo incomoda sin importar cuanto el aludido tratase de desviar la conversación. Esa rememoración desfilo por mi cabeza luego de un casi eterno y molesto silencio al que ella le puso fin reiterando su pregunta:
-¿Por qué me salvaste? - Para ese entonces yo también estaba sentado en el suelo, apoyado contra la puerta. Eran solo 2 pulgadas de madera hueca que nos separaban, pero dentro de mi, sentía que eran kilómetros y kilómetros de una gruesa pared de hormigón armado lo que me mantenían lejos de su alcance.
Su pregunta retumbó en mi mente, ya que empezaba a sentirme un tanto soñoliento. Musité algo ininteligible y ella volvió a preguntar:
-¿Por qué lo hiciste?-
-¿Acaso es un delito haberlo hecho?- repuse.
-No… pero me llama la atención que un supuesto ‘homosexual’ saltara de un puente para salvar a una niña suicida-
-¿es que acaso los homosexuales tienen algún impedimento que no les permite nadar, o buscar niñas suicidas en un río? ¿Qué es lo tan extraño que le encuentras a todo esto?-
- Pues…- dudó <<¡Bien!>> un signo de que mis esfuerzos por debilitar sus rígidas barreras daban frutos – es raro ver que una persona que supongo también quiso alguna vez suicidarse al darse cuenta de lo que era, no le permita a otra persona tomar la misma decisión teniendo en cuenta de lo difícil que es decidirse por matarse-
-No te entiendo- mentí, comprendía perfectamente hacía donde se dirigía el hilo de sus palabras.
-es que… me hubieses dejado morir simplemente en el momento que me lance o mejor me hubieses detenido de mis propósitos antes de hacerlo, pero en vez de eso, antes de actuar como un ser humano normal lo haría: tomándome de la muñeca y bajándome de la baranda, te subiste a ella a preguntarme mis motivos y esperaste a que saltara para ir en mi ayuda-
-ante esa lógica ¿Quién puede negarse?- dije en voz alta, pero ese fue un pensamiento, no una pregunta para ella.
-Entonces ¿me dirás por que me salvaste?- dijo con voz inquisidora- ¿o seguirás tratando de ocultar tus motivos con rodeos torpes?
Esa acusación me ponía en claro que sabía desde un principio el por qué de tantos rodeos, casi llegué a pensar que solo quería que admitiera mi verdadera identidad como ‘Alexander Chaucer, el Vampiro’ solo para comprobar su tesis. No obstante recapacité, aquello era ridículo, solo eran los nervios los que me estaban traicionando.
-Dejémoslo en que aun no creo que sea tu hora – dije. Era la verdad camuflada, en sí no contestaba del todo a su pregunta y cuando me di cuenta de ello temí por la posibilidad de que mi respuesta no fuera suficientemente para su curiosidad. Para mi alivio, ella guardo silencio, un silencio casi pétreo como el de una estatua que no pude soportar por mucho tiempo:
-y… ¿Cuál es el nombre de ‘La dama en el Agua’? – Rió – si es que ya confía algo en la persona cruel que la rescato de las profundidades del Hades-
-Dejémoslo en Charly - dijo con un tono burlesco.


domingo, 6 de septiembre de 2009

Cáp 10: Despertar Violento



La aurora tenía el cielo con un color verdoso-amarillento. La ciudad se despertaba y otros se iban a dormir. New York volvía a las andadas y la Estatua de la Libertad daba un gran bostezo antes de retomar su postura implacable acompañada con su antorcha hueca.
En el distrito de Broklyn, exactamente ubicado en la avenida Frederick Law Olmsted se alzaba un edificio de 5 pisos de altura. La pintura estaba descáscarada y en el pórtico, unas plantas casi marchitas hacían juego con el tosco Hall de acceso. Por un ascensor a 10 metros de la entrada, se subía hasta el piso 4 y caminando a través del pasillo hacia la derecha estaba la puerta del apartamento 42, donde el casero sabía que vivía una extraña pareja de chicos. Uno con largo cabello teñido (supuestamente) plateado, alto, de ojos café claro, siempre vistiendo con ropa oscura y casualmente elegante. El otro tenía el cabello teñido de color anaranjado y en punta, era más joven que el anterior y por lo general vestía como una estrella Rock.
El interior del departamento parecía sacado de la foto de una revista de casa y decoración. Se distinguían cuatro colores predominantes: rojo, blanco, negro y plateado. Sillones de cuerina negra en la estancia jugaban con los matices de las paredes blancas con dibujos estilo oriental de bambúes en rojo y negro. Una mesa de oscura madera en el living, uno que otro mueble del mismo color que contenían platos y vasos de transparente vidrio moldeado (¿para qué?... no lo sé). Un millón de distintas fotos de arte moderno hacían un collage en una de las paredes laterales a la entrada. El suelo estaba cubierto de una hermosa imitacion acrilica de parqué francés a acepción de la blanca baldosa de la cocina estilo americano que desde un rincón observaba la escena.
Frecuentemente el apartamento estaba ordenado ya que sus moradores estaban fuera la mayor parte del día, en cambio ahora un pantalón de buzo y una camisa estaban tirados cerca de la entrada al pasillo; una dulce niña reposaba sobre el sofá de cuerina semi cubierta por una toalla y un vestido húmedo. La mesa de centro estaba desplazada hacia un lado y los dos sujetos estaban casi sacándose los ojos a fuerza de golpes fugaces, pero certeros uno encima del otro. Desde fuera se escuchaban los gritos y el forcejeo, no obstante hace 8 segundos no se escuchaba nada…
-¡ALEXANDER! ¡¡Suéltame!! - Maximilian estaba arriba mío y trataba de esquivar y detener mis puños
-¿Cómo haz podido hacerlo? ¡Te dije que Ella era mía!- me lo quité de encima de un puñetazo para luego propinarle otro en el estòmago. Juro que a nadie le había hundido un golpe más profundamente que a Max.
-Alex… tú… no entiendes – estaba encorvado tratando de tomar aire y seguir hablando, tosía.
-¡Qué! ¿qué es lo que debo entender? ¡¿Qué eres el peor de los cuidadores?! ¡JÁ! ¡Maldito infeliz hijo de la….! ¡Aléjate de ella! – en uno de sus intentos por recobrar el aliento, Maximilian había cometido el error de apoyarse sobre el sillón donde la chica estaba acostada. Ciego de furia, me abalancé contra él en una arremetida que prometía ser la última que el pequeño Max viera en su vida.
Nos habíamos estado revolcando por lo menos unos 2 minutos y aunque fui completamente conciente de que Maximilian no era mayor competencia para mí (bueno, claro que él en ningún momento trató de atacarme, sino que solo se defendió y se podría decir que casi ni siquiera hizo el intento por hacerlo) no podía pasar por alto lo que mis ojos habían visto: Ella y él con los labios conectados. Él con la mitad del cuerpo encima y Ella con el torso completamente desnudo ¿Qué demonios estaba haciendo ese mugriento depravado? ¿Qué acaso no me escucho cuando le dije que tuviera cuidado con lo que hacía?... ¿quería arrebatármela? No sin guerra primero.
Un hilo de sangre bajaba desde sus ojos hasta la mitad de sus mejillas, otro, hacía lo mismo pero desde la comisura de sus labios hasta la garganta. Todo aquel rostro infantil estaba magullado y completamente deformado a fuerza de mis golpes… el forcejeo había terminado, ya se deslizaba por mi cabeza la imagen de Maximilian con un enorme corte rebanándole hasta la mitad del cuello. Su expresión aun más fría de lo que ya era, su traicionera boca abierta cual maligno agujero y los ojos desorbitados e incoherentemente dirigidos congelando la ultima cara que se llevaría con él… el rostro de su asesino.
Lo sostuve contra la pared y a duras penas si pude levantarlo, por que con la lluvia de golpes que recibió ya estaba en condición de saco de músculos y huesos sin voluntad. Le sostuve por un hombro y con violencia le propine un rodillazo en la entrepierna. Apenas si se movió del dolor que aquello le causo. Ya exhausto por la cruenta lucha, lo levante mirándolo fijamente, era hora de terminar el trabajo.
-Alex…- sus ojos se movían nerviosamente mirando los míos… esa era una cara de miedo, los labios apenas se abrían para dejar pasar un hilillo de voz que gemía por ser perdonada.
-No creas que te dejaré pasar algo así…-
-Alex…la… estaba... salvando - << ¿salvando?>> lo único que se me pasó por la mente fue que él la estaba matando antes para que el cuerpo de la chica no fuera víctima de los crueles abusos de los que le confesé que fui capaz en un tiempo anterior, es decir, estaba terminando con su vida para que no sufriera las atrocidades voluptuosas que alguna vez cometí… lo que obviamente me puso más furioso
-De esta no te salvaras con palabras tontas – le dije recordando nuestro ultimo altercado casi escupiendo las palabras.

En sí, no seria la primera vez que Maximilian hacia y decía ese tipo de cosas. Recuerdo que una vez engatusé a una prostituta para la cena. Utilicé unas cuantas artimañas (recuerda estimado lector: acecha, seduce, juega y ataca) y jugué a la perfección con sus sentidos de presa confundida. Le había dicho esa clase de cosas que solo un alma de carácter débil y azotado creería al instante: que era la persona más hermosa en todo New York y que deseaba el puente a sus pensamientos… su cuello. Viéndolo desde mi perspectiva, yo no mentía en lo absoluto… bueno salvo en eso de la belleza; siendo honestos hasta hoy después de haber conocido a aquella niña, creo no haber visto a ninguna persona más bella... además, tampoco era cosa de que esta mujer de la noche encabezaría la lista de mis conquistas femeninas como la primera en ella… pero bueno.
Mi plan era llevarla por el parque de la mano y atacar: rápido y sin testigos, el crimen perfecto. Pero al saberse una mujerzuela, me dijo que terminara luego con lo que quería con ella y que le pagara, ya que no era el su único cliente aquella noche.
Soy un antropófago de fama sádica e impía, no puedo evitar que ellas y ellos a quienes cazó griten por mí al momento de llevarlos a la tumba, que me deseen y así mismo deseen lo que les doy a cambio: la muerte. La seducción y el trémulo contacto de su piel con la mía solo por saberse deseados es algo que me enerva y me estimula para hacer lo que hago mejor. Debo decirlo: me encanta ver como sus ilusiones se despedazan al enterarse de la traición de que son víctima… digamos que hace la merienda más agradable.
Me detuve a su lado, despejé de su rostro el exuberante cabello rojizo que lo cubría y acercándome le susurré:
-Toma esto como un descanso que será remunerado de todos modos- acaricié su mejilla, poniendo extremo cuidado de poner esos ojos irresistibles que me caracterizaban cuando estaba persiguiendo alguna presa.
-después de todo... solo quiero sentir como se desborda el manantial de tus deseos- seguía acariciándola con cuidado de no ir ni muy rápido ni muy lento ¡Já! Ella estaba turbada completamente, entre derritiéndose visiblemente e indecisa entre seguir haciendo aquello o solo huir… aquel sentimiento es quizás el que mejor ayuda a provocar las sensaciones de las que he hablado: indecisión, una gran arma.
-pe…pero- tartamudeó, me aparté de ella un poco mirándola a los ojos con una sonrisa traviesa.
-no es tu cuerpo lo que quiero- me acerqué para seguir susurrándole a los oídos - esa ti a quien busco.
Me retiré un poco para observar aquel cuadro incompleto de ojos ahogados en palabrería cursi y barata, piel lívida de emoción, labios entreabiertos, casi escurriéndose en baba cual perro hambriento ante la vitrina de una carnicería… ¿cuadro incompleto? a aquello le faltaba un ingrediente final: la expresión de horror.
Me acerqué para bajar de su boca rozándole la mejilla con la punta de mis labios y nariz, hasta llegar a lo que en verdad quería: su yugular.
Sentí el calor de su piel, aquel efluvio que tanto me gusta de los vivos y casi sentía el violento correr de los glóbulos rojos por sus venas… estuve a milésimas de ensartarle los colmillos cuando de pronto apareció Maximilian de la nada.
Me llamó desde el otro lado del parque y algo molesto por aquella interrupción, dejé a mi víctima esperando un momento, quien, supongo también molesta por aquel corte inusitado me gritó: ¡esto te costará 70 dólares más!
Max me habló de no sé qué, algo relacionado con la voluntad del ser humano y sus deseos de ser feliz y un millón de idioteces más. Recitó todo un sermón sobre la forma de triunfar en la vida y me trató de convencer de que dejara en paz a la señorita que pretendía servirme de cena, ya que ella solo necesitaba una oportunidad en la vida y alguien que la ayudara a salir de sus problemas. Como el dinero no es problema de los muertos vivientes, le dejamos un cheque por quinientos dólares y nos fuimos, no sé que habrá hecho con eso, no es, a mí parecer, la suma suficiente para empezar otra vida...
- Si dices que sufre tanto por dentro ¿Por qué no terminar de una vez con todo ese dolor? – juntos caminábamos hacia el departamento.
- Sería una solución un poco sádica ¿no crees? –
- ¿Y matar borrachos no es sádico? Hasta donde tengo entendido los humanos beben para olvidar dolores emocionales muchas veces-
-En cierta forma sí, pero... por algún motivo no me pareció correcto que ella merecíera morir – me le quedé mirando con una sonrisa de burla en la cara
-¿correcto? ¿Desde cuando eres el juez de los mortales Max? ¿Es que acaso escucho un dejo de sumisa cristiandad en tus palabras? – Si pudiéramos sonrojarnos, estoy seguro que él lo habría hecho
-¡No, por supuesto que no!-
-Creo que alguien mañana le urge ir a la iglesia -dije saltando como un niño pequeño.
- A veces puedes ser tan imbecil, Alex –
Lo que sucedía es que el pequeño Max, lamentablemente creía que la justicia es aplicable a todos y que, gracias a su don de olfato superior, podía descubrir quien era el golpeado o el golpeador o también, el abusador y la víctima. Digamos que Maximilian era un justiciero sanguinario que perseguía a violadores, drogadictos, ladrones y cosas por el estilo… era un patético intento por perdonarse así mismo por que se consideraba en el fondo un monstruo igual que la mayoría de los amos piadosos… seguramente no tardaría en empezar un régimen alto en sangre animal dando por terminada nuestra amistad, ya que no permitiría que me sermoneara con el tema de ‘los buenos hábitos’ igual que el iluso de Giovanni. Yo he matado por que sé que en este mugriento mundo y en esta agonía eterna no hay ningún humano que sea digno de la vida que se le dió… he matado para alimentarme como un animal por que acepto mi condición de bestia… he matado sin piedad por que nadie se merece misericordia alguna…
He matado... por que soy un vampiro.

Sostuve a Maximilian por el cuello, levanté mi garra derecha a la altura de la vena aorta y mi mano se puso rígida en dirección a él. Pude observar sus ojos oscuros a punto de soltar lágrimas debido a la brutalidad de la que era víctima… o quizás, solo por que Alexander, su amigo o algo más, lo iba a acabar como a un gusano rastrero. Sus ojos, ese miedo que tantas veces vi en ustedes, era el que ahora veía en Max y me llamaba a exterminarlo como tantas veces hice en el pasado…
Sin embargo, también pude ser testigo del reflejo en los ojos de Max donde mi invitada se convulsionaba en el sillón y como tosiendo se levantaba para regurgitar el agua que la habría mantenido en un estado de coma desapercibido.
Lentamente, aflojé la mano con la que aprisionaba al pequeño Max, quien cayó exhausto.
Conmocionado por verla viva, solo atiné a acercármele. Su aura cósmica ya no existía, no obstante el ímpetu a atacarla no se apoderó esta vez de mí, ya que mis fuerzas habían sido liberadas en el combate contra Max.
Ella se tocó la frente con pesadumbre, aun con los pechos descubiertos:
-¡Mi cabeza! –se quejó. Imagino lo que pasó por su mente después de abrir los ojos y encontrarse desnuda bajo un techo desconocido… sus luceros casi se salen de su orbita cuando con una inspección rápida al lugar, por segunda vez, nuestras miradas se encontraron...


El Narrador

El Narrador
Alexander Chaucer. 1751- ¿? (2da vida)