viernes, 4 de diciembre de 2009

Cáp. 14: Debut y Despedida.

-¡Jum! – exhalé, respirando fuertemente tratando de liberar tensión.
-¿y? ¿Me piensas decir lo que pasa?-
-¡Acaso te crees mi maestro!- lo encaré indignado - ¡No te debo ninguna explicación de nada de lo que hago!- estaba inquieto y enojado por la actitud de Max aun cuando en el fondo sabía que mi ofuscación se debía a que no podía contemplar a mi visita permanentemente - ¡Déjame tranquilo! - solté un bufido.
Sentí unas extrañas ñáñaras en el estómago, cerré los ojos y por un momento me transporté al altiplano donde hace mucho tiempo había experimentado auqella extraña sensacion a la que nombran como 'paz espiritual’… me relajé sumido en un éxtasis fugaz.Pero poco me duro la tranquilidad. De un momento a otro, aquella miserable y fatua felicidad se esfumó como si a una vela le fuese arrebatada la luz interna y pronto caí en cuenta que estaba en Nueva York del siglo XXI, vampiro aun y con un compañero un tanto inquieto por mi decisión de traer carne fresca a la guarida de perros hambrientos.
-¡Eres extraño Alex!... ¡muy extraño! Mmmmh y… ¿me la presentarás? – Max cambió de tono rápido, recobrando ere aire travieso y jovial que lo caracterizaba. Aquello me incomodó de cierta manera difícil de explicar, ya que no sabría cómo reaccionaria yo en el caso de que a Max, por algún momento de descuido, se le declarara la sed… como a mí. No obstante, aquello era una preocupación tonta, tenía claro que a Max no tenía el mismo ritmo que yo en lo que respecta a los insufribles deseos de libaciones humanas… pero ese cuento del autocontrol desarrollado al cien por ciento lo conocía muy bien. En mi vida anterior, es decir, antes de conocer a Maximilian, había estado con bastantes sujetos a los que deje demasiado cerca de mis potenciales presas y que terminaron por cobrárselas para si mismos…
Max me miró desde lejos, pareció comprender los pensamientos que surcaron mi mente en ese par de segundos y acercándose a mí cautelosamente, dijo:
-Descuida… ya te lo dije, de entre los dos… yo sé cuando realmente – puso énfasis en lo de realmente hasta el extremo de casi hacerlo sonar sarcástico – no tengo ganas de…-sonrió- merendar.
Mi rostro seguramente era de duda puesto que Maximilian permaneció allí observando, con una quietud que pareció más llena de sigilo que de misma espera ante la expectativa de que yo me dignara a conducirlo ante la visita…. Lo miré con los ojos entre cerrados, me esforcé por que mi rostro transmitiera desconfianza:
-Primero cámbiate de ropa - le corté con un suspiro pesado, buscando otra vez con los ojos la ranura por donde podía ver hacia el living. Él soltó un bufido evidentemente molesto por mis requerimientos:
- ¡Ah, claro! ¡Ahora resulta que tengo que verme decente para la mocosa!- le fruncí el seño.
-¡Maximilian deja de quejarte por estupideces!- baje el tono - además sabes bien que lo que quiero… no es precisamente a Ella- enfatice- sino lo que hay bajo su piel- sonreí mojando mis dientes con la lengua. Max estaba contrariado:
-Pero… ¿para qué la salvaste entonces?- susurró buscando una polera en el closet.
-¡ah!- suspiré- misterios de la personalidad de un individuo -
Él arqueó una ceja y me miró con cierto brillo de incredulidad en los ojos. Aguarde en mi postura cerca de la puerta mientras que él terminaba de cambiarse. Estuve observando a ratos la cocina desde la pieza y por un momento me senti como James Steward protagonizando 'La ventana indiscreta'. Ella aun permanecía sentada, sin embargo, ahora movía su cabeza examinando cada rincón de la casa con la vista; parecía estar dispuesta a esperarnos a mí y a mi ‘pareja’ para despedirse y marcharse.
Cerré la puerta con cuidado para que el sonido del seguro no fuera evidente. Sonreí tranquilo, confiado de que al salir estaría allí y entonces… bueno, pasara lo que pasara, estaría allí. Su sola presencia le traía un complaciente descanso a lo que sea que tengo en mi interior (¿alma?).
-¡Ok!- esa exclamación me perturbó un poco, me volteé para ver a Max- ¿Así parezco una persona respetable y decente para tu novia? – dijo con petulancia agarrando los extremos de sus ropajes y levantándolos para que los pudiese examinar con mayor cuidado. Se había puesto pantalones negros, una musculosa ceñida y blanca resaltaba el contorno de su torso y una camisa abierta las hacía de chaqueta sobre sus hombros.
-Decente no eres Max – bromeé –y no seas ingenuo, para que dejes de hacerte el mártir, ella cree que tú y yo somos… pareja – un nudo desconocido se formó en mi garganta al pronunciar esa última palabra y al notarlo, un brillo fugaz iluminó los ojos del pequeño Max… un brillo que desapareció totalmente cuando repuso con desaire:
-¡Si! Una pareja de sadomasoquistas – sonrió sin alegría, bajando los ojos como si su intento de broma fuese más que un simple comentario. Me le quede mirando en silencio por un instante.
Aunque hubiese habido luz en el dormitorio, su mirada hubiese seguido sombría, quizás le dolieron más de la cuenta los golpes que le propinara. Me levanté y acercándome con cautela, le estiré el cuello de la camisa. Él seguía con la cabeza gacha, así que subí su mentón sin gran esfuerzo con uno de mis dedos… lentamente su rostro se erigió frente al mío. Sus ojos translúcidos estaban tristes y trató de redirigirlos de forma casual al momento de hacer contacto con los míos. Intente sonreír luego de que él exhalara con pasividad.
-¿Alex? – me llamó, pero lo callé con mi dedo en su boca.
-Shhh…- hice un gesto con la mano para que aguardase, no quería que ese instante terminara tan rápido.
Sentí su respiración artificial concientemente semejante a la respiración de una criatura con pulso, como queriendo decir que cada suspiro de vida que intentaba simular era como el latido del corazón marchito que teníamos en común. Abrí los ojos. Allí estaba Maximilian, mirándome como un pequeño niño asustado, ostentando esa mirada inocentemente pérfida y sutilmente pueril que tanto me gustaba de mi colega. Otra vez exhalé aliviado.
-No sabes cuanto me encanta hacerte eso - suspiré con cierto aire de malicia y luego sonreí mientras que él me correspondía con un gesto similar.
Me di vuelta en dirección a la puerta de acceso de la pieza y escuché como Max dudaba un momento en su puesto y se decidía a seguirme. Otra sonrisa complacida surcó mi rostro.
Giré el pomo en la puerta y mi mirada voló fuera de mi voluntad hacia la silla donde estaba Charlotte…

¡¿Pero que pasaba?! ¿Dónde se había metido Ella?

La puerta de entrada estaba abierta, el pocillo donde antes había reposado mi primera merienda sin ni un milígramo de células animales estaba vacío sobre la mesa de la cocina aun sucio como una burla a la hospitalidad ofrecida.

¿Cómo era posible tal insulto? Y peor ¿Cómo era posible tal escape en tan pocos segundos?

Una cruel vinculación de ideas se tejió en mi cabeza: esto estaba premeditado con antelación ¡sí, eso es! Charly había estado bosquejando su plan de escape desde mucho antes que le ofreciera algo para comer si quiera ¡por eso la cara de incomodidad con mi presencia mientras comía! ¡Por eso fingir preocupación por mi compañero! la primera humana que me veía por completo la cara de imbécil y lo peor era que no sabía donde estaba como para reestablecer el orden correcto en que se supone debían pasar las cosas: el cazador que atrae a la presa a su trampa, no la presa que le tiende trampas al cazador. ¡Pero que estúpido había sido al confiarme de esa manera! Debí acabar con aquella tortuosa esencia en el presiso instante en que me subí a la baranda junto a su cándido ser… al fin y al cabo media noche y en un puente… hubiese sido recurrir a un cliché, pero ¿quien se fija en eso cuando se trata de asesinar a alguien?

miércoles, 14 de octubre de 2009

Cáp. 13: El tierno conejito

Al dar los dos primeros pasos, escuché cómo la puerta del baño se abría rápidamente tras de mí. Seguramente Charly aprovechó de revisar todo con un fugaz vistazo para asegurarse de que yo estaba lo suficientemente lejos como para ver qué era lo que pasaba afuera, luego vio la ropa tirada en el suelo y tomándola volvió a cerrar la puerta. Sonreí complacido.
-¡Son las 6:45!- grité desde el living.
-¡Rayos!- se escuchó decir desde adentro del baño, seguido de movimientos rápidos.
-¿Estas bien?- dije acercándome a la puerta. Me Apoyé en la pared esperando su respuesta y al hacerlo la puerta cedió como si hubiese dicho un conjuro al igual que Alíbaba y como me tomó por sorpresa, me alejé de un sobresalto.
Ella salió del cuarto bañada por la luz fluorescente diciendo:
-Estoy bien, solo tengo un poco de hambre – traía puesta la camisa y el pantalón de buzo. Su pelo alborotado y su cara con un halo soñoliento, cabizbaja y meditabunda… cualquiera hubiese dicho que habíamos compartido mucho más que solo palabras…
-Luces adorable- comenté sin pensar con una sonrisa en los labios. La miré a los ojos y ella exhaló con simpleza:
- No lo sé, jamás me ha sentado andar con ropa de hombre –
Estaba a 50 centímetros de ella, no obstante, podía contenerme por alguna extraña razón que evitaba que mis instintos, acostumbrados a abalanzarse al primer estímulo, esta vez no afloraban… no por completo. Pude haber alzado la mano hasta su cuello, poseído por mi demonio que solo despierta para saciarse de la sangre de mis víctimas inocentes; pude haberla hecho pedazos, sólo me bastaba con empujarla contra la pared y arrebatarle la vida que manaba a montones por sus poros con solo un beso apasionado, para luego terminar plantando pistas e inculpando a alguno de mis vecinos como había hecho cientos veces antes… pude hacer tantas cosas, la oportunidad me ronroneaba y me seducía como una bailarina exótica, todo estaba al alcance de mi mano, pero si hubiese sido así, no habría historia que contar.
Le dí la espalda y me dirigí hacia la cocina para preparar algo de comer, mientras que ella se incorporaba emprendiendo la marcha hacia donde había estado Max hace solo un momento.
Saqué del congelador unas salchichas y un par de huevos ya que me quería lucir de cierta forma ante mi invitada ofreciéndole un platillo más sofisticado que el sencillo desayuno estadounidense: huevos fritos y tocino.
- espero que te gusten los omelettes – le anuncié dejando los ingredientes sobre la mesa con cara de gran espectación. Desde la silla de adelante ella me miro incómoda.
- Disculpa pero…-
- ¿Qué? ¿Qué pasa?- hizo una mueca que yo interpreté como asco.
- uf!- exhaló mirando hacia otro lado - soy vegetariana… no como carne, ni huevos y no tomo leche – terminó volviendo la cabeza hacia mí. Su voz sonaba avergonzada.
-¡Ouh! – exclamé. Era imposible que tuviésemos algo que no fuera de origen animal en el refrigerador, pero hice un intento y lo volví a abrir con mínimas esperanzas de encontrar algo que para ella fuera comestible y en mi angustia fui testigo de un milagro con forma de fruta: unas manzanas, una banana ennegrecida, un par de peras y un pedazo de piña estaban apiladas en un rincón de la nevera. << ¿Cómo demo...?>> Ahora que lo pienso era extrañísimo que tuviésemos esa clase de comida en nuestra casa, es decir ¿fruta? ¿En el departamento de un antropófago? ¡Más encima cuando Maximilian no come comida humana! (primero muerto supongo que diría) entonces debí haber sido yo quien compró eso… ¿pero cuando y por qué? Además odio las verduras y las frutas, mi apetito rechaza terminantemente todo lo que sea verde y a menos que las verduras estén salteadas para acompañar la carne con finas hierbas, las cosas con clorofila me parecen vomitivas. ¡Hey! ¡Soy un vampiro por favor! Quien quiera enseñanzas para enseñarles a comer espinaca a los niños puede consultar otra historia… quizás lo que decía Charly era verdad y el destino si existe: había preparado nuestra morada para recibir la llegada de esta encantadora criatura.
Terminé por hacer una ensalada de frutas y se la serví en un posillo de vidrio. Luego me senté en frente de ella y la vi pinchar el primer trozo de piña para llevarlo a su boca. Me sentí ansioso de ver su reacción ante mi primer platillo que no contenia ni un solo gramo de celulas animales y quizas por verla comiendo lo que en teória sería 'pasto', un pensamiento fugaz cruzó por mi cabeza: definitivamente esta niña es como un lindo y esponjoso conejito en las garras de un lobo hambriento…
Al masticar el ¿tercer? trozo de fruta me quedó mirando con cara de pregunta:
-¿No crees que deberías ir a ver cómo esta tu pareja, Alex? –
-¡OH! Disculpa, estoy incomodándote…
-¡No! Es que…- balbuceo algo que fue apagado por el ruido de mi silla al ponerme de pie.
-¡Tranquila! No tiene importancia. Tienes razón, iré a ver como esta Max… tú come con calma – caminé hacia el pasillo dándole la espalda a Charlotte, pero me detuve al ver la puerta de acceso al departamento: ambos estábamos a la misma distancia y ella sólo debía esperar a que entrara a la habitación de Max para correr, abrir la puerta y seguir corriendo hacía las escaleras de emergencia al final del pasillo para huir y salir de mi ‘vida’ para siempre. Sin embargo, aquello era imposible, una humana jamás le ganaría a un vampiro en una carrera de velocidad y me tranquilice pensando en que no sería tan descortés ni tan estúpida como para hacer eso. Seguí caminando y enfilé hasta el fondo donde la puerta de Max estaba junta y por la rendija se filtraba la luz azulada del farol que estaba afuera frente al departamento.
Descorrí la puerta que se movió con un chirrido grave recordándome, sea dicho de paso, a una de las casonas antiguas del siglo XIX en donde alguna vez viví. Maximilian estaba tendido boca arriba con la cabeza hacia los pies de su cama de dos plazas, todavía llevaba puesta su polera hecha jirones. Abrió los ojos al verme entrar y sin moverse para verme al derecho (ya que por su postura seguramente me veía de cabeza) dijo fingiendo algo de seriedad:
-¿Vienes a terminar el trabajo? -
- Vine a ver cómo estabas – contesté debatiendo en mi mente si cerrar la puerta tras de mí o no.
-¡Já! – Rió sin ganas- ¡Alexander preocupándose por los demás! - se incorporó sobre la cama dándome la espalada y volteó la cabeza con una sonrisa pícara en el rostro - ¡Quien diría que viviría para ver este momento! – exclamó altanero.
Desvié la mirada inquieto hacia el comedor: Charly seguía allí, de espalda hacia nosotros.
-Mmm...… parece que la visita aun no se va - terció sarcástico sentándose derecho ante mí aun sin levantarse de su lecho. Junté la puerta para ver si ella no había escuchado los agudos comentarios del pequeño Max. Estaba seguro que el tono de mi colega hacía perfectamente audible sus palabras desde la cocina.
-Sshh! ¡Cállate!- susurré aun observando la espalda de la chica sentada a unos metros de distancia - ¡Seguramente ya te oyó!-
Max me lanzó una mirada de reprobación y movió la cabeza de un lado al otro. Parecía el vivo retrato de Giovanni cuando yo comentaba algo respecto a los ataques contra los humanos.
-Alex, Alex ¡Alex!... tú y tu incansable bestia interna que, diabólicamente maneja muchos de tus pensamientos, serán lo que te lleve al colapso… y al caos – dijo con lástima.
Cuando comprobé que Charlotte parecía estar dispuesta a quedarse para terminar la ensalada de frutas que le había preparado, me senté a un lado de la puerta apoyando mi espalda contra la pared, desde donde podía ver la cocina con mi invitada sin mayor problema. Max se deslizó hacia los pies de su cama.
- ¡Cierra la boca! – solté en un bufido – deja de decir estupideces… - me le quede mirando por un par de segundos tratando de poner cara de molestia. Max levanto una ceja y se llevó una mano al cuello para palparlo, al verlo me acordé de por qué estaba allí y le dije:
-¿te dolió mucho? – sus dos cejas subieron con la sorpresa de mi interrogante y con una cara de indignación cómica dijo:
-¿qué clase de pregunta es esa? – cambió de tono y trató de imitar el mío en un acto de burla:
-¡¿te dolió mucho?! … pero ¡claro que me dolió! ¡Me dejaste inconciente por más de 15 minutos! – chilló y en un abrir y cerrar de ojos estaba cerca de él tapando su boca con mis manos, en un intento desesperado para que Max no hablara más de la cuenta.
-¡Deja de gritar! – Susurre – ¡te oirá!- lo solté con cuidado y él me devolvió una mirada de desconcierto.
-¿Qué tiene de especial esa... mocosa? - susurró con los ojos abiertos aun consternado.
Otra vez me senté apoyado en la muralla. Coloqué la mano en el borde y con un leve movimiento corrí un poco la puerta para asegurarme de que mi invitada me esperaba sentada cerca de la cocina y como supuse, allí estaba ella: de espaldas hacía mi, acariciando todo con sus ojos de piedra preciosa, cada cosa bendecida por su mirada, cada rincón de mi guarida impregnada de su aura cósmicamente anulada...

El Narrador

El Narrador
Alexander Chaucer. 1751- ¿? (2da vida)