domingo, 19 de julio de 2009

Cáp. 5: El Neófito Abandonado

Los sentimientos de piedad y cariño son muy raros entre antropófagos. Salvo ciertas excepciones muy puntuales, preferimos evitar toda clase de sentimientos referentes a nuestras presas. He de suponer que tú como humano me entenderás, lector, cuando digo que a nadie le gustaría hacerse de una mascota para que luego se la sirvan como caldo a la hora del almuerzo. Sin embargo, hay veces, muy pocas, en las que un humano nos provoca tal fascinación que simplemente no podemos tomarlo como la comida de las 12:00 o mucho menos... En este punto, entran en escena los desquiciamientos por la fuerza de voluntad y la capacidad para crear a los de tu especie, capacidades de las que muchos antropófagos carecemos, pues como he dicho antes, aquellos que sí pueden convertir a los humanos en neófitos sedientos de la sangre que alguna vez fue suya, la gran mayoría son unos idiotas... idotas que odian lo que hacen y que no pueden sobrellevar el cargo de conciencia que su estúpido ‘Súper-yo’ (como dice ese tal... ¿Freud?) les impone o que simplemente, a razón de que su sistema nervioso les funciona mal por estar debilitado gracias a la falta de alimento real, cosa que les impide procesar bien la idea respecto a su condición de Amos y señores por sobre la humanidad.
Todas esas relaciones entre humanos y vampiros que antes encontraba de lo más enfermizas, siempre son un ‘Tira y afloja’ constantes.
Recuerdo que alguna vez Maximilian, seguramente inmerso dentro de uno de los trances filosofo-cursis en los que solía caer luego de las 2:00 mañana sin haber tomado gota alguna, me dijo que toda criatura tiene derecho a amar y ser “beneficiado” (palabra que sin duda detesté desde que él la empezó a usar) con un sentimiento recíproco y, que como vampiros, nosotros no éramos la excepción. Según él, yo era su alguien especial; por mi parte y por desgracia para Max, yo no sabia quien era la mía y mucho menos quería averiguarlo...
El general de las relaciones humano-vampiros, se basan en la confianza y el cariño, no obstante también siempre terminan con la muerte de una de las partes del contrato de ‘amor’, y no es presisamente a causa de una muerte natural... Bueno, es que la pareja debe ver por ella y prefiere ser feliz en la eternidad a quedarse sin hacer nada viendo como el tiempo hace estragos con los hombres ¿qué mejor? ¡Amor y juventud eternos! ... nada que discutir.
Fue así mismo como el pequeño Max perdió a su maestro.
Bernard, como dijo que se llamaba, habría convertido a Maximilian por capricho. Estaba preso en la Prisión Estatal de Texas por el asesinato de unos ancianos en el asilo donde, aparentemente, trabajaba. No obstante, a pesar de toda la seguridad con que se llevaba a cabo su cautiverio, Bernard, escapó de la cárcel y huyó a través del desierto hasta una ciudad desconocida.
Fue en aquella ciudad donde tuvo que sortear al ultimo obstáculo que lo llevaría hacia el vampiro conocido como Maximilian: un chico de pelo azul que le trató de robar lo poco que llevaba puesto... el humano que alguna vez fue la identidad de mi compañero..
La sed y el egoísmo propios de nuestra naturaleza hicieron despertar a la bestia que dormía dentro de Bernard y con un rápido movimiento, el muchacho agonizaba por la falta de sangre en las venas (me hubiese gustado conocer al maestro de Max, es uno de los pocos antropófagos de los que he tenido la noticia de que convienten a los humanos sin mayores miramientos del que se puede tener al momento de matar a una hormiga).
El vampiro ya saciado, vio en el chico un potencial pupilo y acompañante para tardes, días y noches, entonces le dio la oportunidad de nacer de nuevo como un ‘no vivo chupa sangre’. Sin embargo, luego de un par de semanas, la presencia de Maximilian le resultó incomoda al maestro, quien había estado acechando a una joven de los alrededores con la particularidad de ser ciega y muda. La voluptuosa morbosidad de Bernard fue encendida por la chica que al cabo de unos días desapareció de la casa de sus padres para nunca más volver a ser hallada ni vistya por ellos... esa fue la causa que impulsó al despreocupado de Bernard a abandonar, cual padre desnaturalizado, al hijo de sus excesos.
Para mí, Maximilian era un amigo, uno con el que había estado unos meses. Un simple amigo o compañero como había habido tantos otros durante todos los años que había existido. Algunos se quedaban, otros como yo, solo estaban de paso. Con él me reía, junto a él me alimentaba y solo él, en toda la boutique, sabía sobre la identidad de mi naturaleza vampírica y como contenerla de alguna forma. Max era mi confidente, con él podía ser yo mismo sin temor a que se escandalizara (bueno... no mucho) por las mounstrosidades de las que era capaz. Para mí eso representaba Maximilian solo un amigo de confianza, ni más... ni menos...

miércoles, 17 de junio de 2009

Cáp.4.2: Conocidos circunstancialmente molestos ¡Ha! The life in the New York City (2da parte)

Los días pasaron y la pequeña molestia de Jane se nos pegó como goma de mascar al zapato ¡OH, lector! De haber sabido lo que significaba la presencia de esa chiquilla antes del incidente del que fue testigo (y causante en cierta forma retorcida), yo creo que Max no hubiese dudado en exterminarla ¡Criatura mas entrometida y acosadora no he conocido! (Y espero no conocer). Después de retomar la rutina abriendo la tienda normalmente, esa muchacha comenzó a pegarse a un itinerario de visitas constantes y extenuantemente largas. Se la pasaba metida en el local desde el medio día hasta las 20:30 hora del cierre, cuando ella se levantaba de la butaca que elegía para sentarse y se marchaba esbozando una sonrisa amplia. Con aquella alegría, presagiaba su regreso despidiéndose con un ‘hasta luego’ naturalmente jovial y horriblemente desalentador.
Todo el maldito día hablaba sobre su novio, un tal Zeta que era ‘el mejor novio en la cama que había tenido’. Nos acosaba pidiéndonos consejos sobre relaciones amorosas y pedía nuestra opinión para cada estúpido detalle con cual sorprenderlo para cuando él llegara su casa. A Max parecía no importunarle el hecho, más bien le agradaba. A mí, por otra parte, la figura de Jane era la cosa que más detestaba en el mundo, prefería alimentarme de tierra, de pasto... ¡de vegetales crudos! Antes de que aquella patosa presencia siguiera hablando de las ridiculeces de las que hablaba. Por lo menos aprendí como mantenerla a raya cuando se pasaba de lista tratando de investigar cosas que no le incumbían en lo absoluto: solo una broma mordaz y certera bastaban para que Jane se rindiera en sus intentos de detective-psicólogo.
-Dime, Jane ¿cómo se llamará tu hijo? – preguntó Maximilian, mientras le arreglaba el cabello a una vieja gorda y morena. Ella lo miró fijamente, un brillo de malicia cruzó por sus ojos. Medité unos segundos para ver lo que se aproximaba:
-Dime cual es el nombre de tu novia y yo te revelaré como se llamará mi hijo, querido Maxi-bu – sonrió picara. Yo me hice el sordo, estaba maquillando a una joven para un baile o algo por el estilo. Aspiré profundamente al notar lo que aquella libidinosa tramaba para averiguar si mi asistente tenia o no pareja ¡típico de Jane usar una especie extraña de sicología invertida para sacar verdades ocultas! ¿Acaso estaba pensando en la posibilidad de alguna aventura? Sin embargo, no me dí por aludido cuando Max me lanzó una mirada de auxilio para que interviniera, después de mirar, claro, con perturbación el semblante que la chica sostenía. Sabía perfectamente en qué ridículo juego nos quería involucrar la inútil de Jane: una relación fuera de la que mantenía con su ‘querido’ Zeta... en definitiva, no era un panorama del que me diera mucho gusto participar. Por lo mismo mantuve mi posición, no sin tener unos fuertes deseos de avanzar hacia ellos y abrazando al pequeño Max por la cintura, decir: ¿qué sucede mi amor? – ¡Oh, seeh... ese hubiese sido el mejor de mis golpes! Una sonrisa en los labios, la mirada altiva, todo hubiese sido el complemento perfecto para ver el cuadro psiquiátrico que Jane tendría al descubrir que estos estilistas le hacían honor al mito que subyace a los peluqueros.
Maximilian le devolvió la mirada a Jane, buscando una posible respuesta a su pregunta. Arrogante y con la comisura de los labios arqueada hacia arriba, replicó con resolución:
-Su nombre es... - mantuvo un segundo de expectación sonriendo diabólicamente -¡Alexander!- ¡eso es!; Tuve la certeza desde el principio de que el pequeño Max no me defraudaría, al fin y al cabo, uno de los dos debía cortarle las alas a sus estúpidas ilusiones con alguno de nosotros; mi colega ya la había salvado una vez, yo no permitiría que fueran dos.
Su soberbio perfil se petrificó impactado y rápidamente paso a un estado lúgubre. Me provocó tal placer esa imagen que, aguantando una carcajada, me dirigí hacia los dos tomando por la mano a Max (que por cierto sonrió) y pregunté con voz inocente:
-¿Pasa algo malo, querido Max?- ¡ah! Que alivio, me sentí muy bien hundiendo el dedo en la llaga de esa forma.
Para desgracia mía el orgullo duró poco, al día siguiente, Jane, llevó a su novio Zeta a la boutique y allí se quedaron acoplándose a un nuevo horario: de 15:00 a 20:30, pero con la misma rutinaria visita de todos los días. Siempre me pregunté si Zeta trabajaba en alguna parte.
Tener humanos cerca nunca fue una gran tentación, bueno, salvo los días de mi voluptuosa sed, pero desde que Jane y Zeta llegaron para quedarse lo único que quería era partirles el cuello por la mitad o mejor aun: ensartarlos en una estaca a la antigua usanza del Conde Vlady Draculia ‘El Empalador’.
Para que le tomes el peso de lo que significa tanta tentación ronroneándonos por debajo de la nariz, estimado lector, te diré que cuando estamos más hambrientos o molestos como era el caso, nos mostramos abiertos a la confianza con los seres humanos, dejamos que ustedes caigan en nuestras manos como un gato adulador y cuando vosotros menos los esperáis ¡CRAKSH! Sus vértebras en nuestras manos se desasen como los castillos de arena seca...
Viéndolo por el lado amable, la llegada de Zeta no fue tan perturbadora como la de la idiota a la que embarazó, bueno, por lo menos no era tan entrometido como Jane además era el tipo de persona a la que puedes molestar con bromas ‘picarescas’ y se enojará como un niño, berreando y maldiciendo, era una forma de enojo simpático y por lo cual era siempre el blanco de nuestras bromas:
-y ¿Ustedes desde cuando son pareja?- pregunto cierta vez, moviendo su cabellera verde hacia atrás. Maximilian, de inmediato me miró con un brillo travieso en sus ojos buscando que lo secundase en lo que diría, así que tomando mi mano contesto:
-¿por qué quieres saberlo? ¿Acaso tanto te preocupa nuestra relación?- Zeta nos miró con una mueca de asco y una mano en la argolla que tenia en los labios.
-Además- agregué- da lo mismo cuanto tiempo llevamos emparejados los dos – me le acerqué mirándolo con ojos seductores (moría de risa por dentro) - siempre tenemos una vacante para un tercero – miré a Jane y luego retiré la vista - ¿estas dispuesto a unírtenos, dulzura? – Zeta se levantó violentamente maldiciéndonos; yo me aguanté la risa para luego observar que Jane estaba disimulando una carcajada a duras penas y Maximilian se partía en dos riéndose apoyado de un asiento.
La vida en la 5ta Avenida era tranquila; cada semana salían reportajes de muertes extrañas en el Central Park o en el subterráneo; todos los días teníamos la visita de nuestros ‘conocidos circunstancialmente molestos’ como empecé a llamar a Jane y Zeta cuando no estaban; todos los días, Maximilian, hablaba de parecer más humanos para confundirnos mejor entre ellos, según él; cada día llegaba un cliente nuevo... Todo estaba dentro de una tranquila monotonía, la vida era sosegada y quieta... normal, me atrevería a decir... bueno... dentro de lo que se puede llamar normal cuando uno es lo que nosotros éramos...

El Narrador

El Narrador
Alexander Chaucer. 1751- ¿? (2da vida)