-¡Alexander, Alexander, despierta... hay que ir a trabajar!- la voz de Maximilian detras de la puerta sonaba como si me estuvieran hablando desde abajo del agua ¿Qué hora era? peresosamente aparté la almohada sobre mi cabeza. El despertador no había sonado y eran las 7:45.
-¡Vamos a llegar tarde!- urgió de nuevo la voz de Max tras la puerta.
<<...Soy un vampiro que debe rendirle cuentas a un humano solo para poder estar con "ellos"... ¡que porquería de vida he elegido!...>> Me senté en la cama.
-¡Bebemos sangre humana y trabajamos para ellos!- dije alzando la voz para que él me escuchara- no tenemos gastos de alimentos, de luz, agua o calefacción ¿por qué mierda no tenemos un auto para ir al trabajo?- escuché su risa queda al otro lado de la puerta.
-¡Normalmente un sueldo de peluquero no bastaría para comprar un vehículo que aguante el uso constante!- respondió Maximilian conteniendo una carcajada.
Me levanté para vestirme.
-¡Soy un depredador de 200 o 300 años!¡Sobreviví bastante tiempo sin transporte y seguramente soy más rápido que esas cosas! Pero no pido un Infiniti Q45 o un BMW 760 Li... ¿quizás un Kia Cerato?- escuche que Max decía algo al respecto mientras me ponía los zapatos.
-¿Qué dices?
-¡Que si ahora quieres cambiar de rubro a taxista, yo no me interpondré! jajaja
-Mmmh- medité, no conocía mucho de autos, pero Maximilian tenía razón, ese modelo por lo general lo usaban los tipos de los taxis. Salí del cuarto y me encontré con él, observaba el piso de la sala aun cubierto de plumas y cuando me escuchó salir de la habitación, se volteó a mirarme.
-No he vivido tanto como vampiro como para haber ahorrado millones de dólares- lo observé por un momento y sonreí
-No, tú no, pero tu colega sí- un brillo extraño corrió por sus ojos.
Durante las guerras napoleonicas no era seguro recorrer el mundo con un bolsito repleto de monedas de oro atado al cuerpo, pero de alguna forma, Geovanni, se las arregló para vivir permitiéndose ciertos lujos. Con el tiempo aprendí que mi maestro hacía inversiones en la bolsa de valores y tenía guardados en diferentes cuentas cientos de millones a nombre de diferentes personalidades y así podía darse a la buena vida sin deberle nada a nadie. Sin embargo, yo tuve que sortear obstáculos cuando le llegó el desdichado fin a mi creador <<...ja, jaja, já...>>. Supongo que en mi etapa de rebeldía no anticipé la estreches económica y muchas veces me vi forzado a vagabundear sin tener un techo donde ir por no tener dinero con qué pagar. Luego de muchos intentos fallidos para hacerme con la fortuna de algún(a) magnate ingenuo(a) (una estrategia no menos utilizada por algunos de Ud., lector) me vi en la situación de trabajar para los humanos, cosa que se me hacia fácil gracias a la facultad de sed esporádica. De esta manera, amasé una módica fortuna que estaba dispersa por aquí y por allá...
-¡Dime! Si tanto alegas por un auto ¿Por qué aún no te lo haz comprado?-
Maximilian había dicho, momentos antes, que la reparación del sofá saldría de mi "pudiente" bolsillo, luego salió del apartamento seguido por una fila de plumas blancas y ahora llamaba al ascensor.
-Porque..- saqué su mano del botón que decía "baja", él me miró extrañado -¿Qué tal si hoy nos vamos por las escaleras?- su expresión me hacía sentir de otro mundo -¡Es más rápido y... más divertido!- traté de ocultar mi nerviosismo ante la espectativa de otro ataque de claustrofobia.
-Ok!- repuso sin comentarios, aunque su tono decía que no estaba completamente convencido de lo que le había dicho.
Bajamos.
-¿Entonces?
-¿Ah?- lo miré ceñudo mientras bajaba los peldaños con cierta rapidez.
-¡Tu respuesta!- comprendí que se refería al tema de los autos.
-Es que... ¡No sé!- eso sonó jovial - creo que si hubiese tenido auto ya conocería todo el mundo y eso sería aburrido- Max me miró con incredulidad. Yo resople ante su mueca, impaciente al ver que mi compañero no entendía algo que para mí resultaba tan obvio básico -¡Por favor! ¡tengo 200 años y toda la eternidad por delante! ¿No crees que si todo fuera tan sencillo, mi existencia sería aburrida y jodidamente monótona?
-¿Entonces por eso es que no vives en el penhouse del edificio y no eres dueño de una enorme empresa multinacional? ¡Así de simple!- Max tenía algo de inocencia mezclada en la sorpresa de sus ojos. Estaba a punto de empezar a creer que por fin tomaba algo enserio, cuando concluyó su frase con:
-¡Vaya y creía que YA eras una especie rara de sadomasoquista!- el énfasis en el pretérito de su comentario me dejó en claro que aun era demasiado joven, tanto como persona como vampiro, para entender mi posición ante la inmortalidad. Si, porque sobrellevar este peso que otros te dieron, es parecido a jugar un juego de video sin que hallan horarios que te limiten cuanto tiempo le dedicas a tu dichoso jueguito... lo divertido no está en derrotar al ultimo monstruo agotando todos los niveles ¡no! justamente esta en lo contrario: enfrentar los retos, superar barreras, llegar a los límites y notar que aun hay otros con los que soñar sobrepasar... sin eso, todo se torna vacío, de una sencillez casi obscena, insulsa sin sentido... te dan ganas de terminar con la vida y pensamientos suicidas comienzan a correr por tu cabeza, pensamientos que se hacen más fuertes al notar que aquello es imposible siendo inmortal. Lo lamentable de esta situación, es saber que esa parte humana, justamente aquella que te dice que lo que no tienes es lo que quieres, no desaparece con morir y renacer otra vez... hay que hacer otras cosas aun más terroríficas para conseguir acallarla.
No pude evitar estar molesto cuando Zeta se apareció junto a Jane en la beutique. Todo el esfuerzo gastado durante esos tres meses en tratar de tener una cara de "buenos amigos" se fue al tacho de la basura cuando comprendí que la presencia de la pareja de bultos de sangre, serían un impedimento más (eso era lo más seguro) en el caso de intentar un escape para buscar a Charlotte. No sabía que toda esta situación vivida en los últimos dos días había profanado tanto casi todos los aspectos de mi personalidad.
-¡Hey, desaparecido en acción! ¿Donde te habías metido?- fue el saludo de Zeta. Por toda respuesta gruñí. Luego escuché que Jane le decía por lo bajo:
-Parece que la visita a su madre en California no le sentó muy bien-
<<...¿Visita a mi madre? ¡en California!... mmm... ¡Maximilian y sus infantiles escusas para cubrirme!...>>
-Hola, Zeta... Jane- Max traía un secador de pelo enorme en las manos. Su saludo fue efusivo, casi me dió la impresión de que en serio se alegraba de ver a la feliz parea de pseudo-primates subnormales que llegaba a tiempo para ocupar dos butacas recién desocupadas -¿Qué cuentan hoy?
Desde que los conocí,me sorprendió que siempre tuviesen algo que decir, a pesar de todo el tiempo que pasaban con nosotros. Paracía que en el transcurso de las 14 horas que calculo, no nos veíamos, les pasaran un millón de desventuras y anécdotas. Exagero poco si digo que por un momento creí que vivían toda una vida todos los días, ni yo con mis 200, 300 años podría hablar de mí con tanta fluidez como lo hacían ellos. Jamás paraban de hablar y cuando alguien más comentaba algo, no podían evitar interrumpirlo para seguir con su incesante parloteo, por lo demás, tenían la capacidad de incluir a todos en la Beutique en su execiba cháchara, así que las señoras hablaban y se entretenían con las innumerables aventuras de ese par. Debo reconocer que había momentos en los que era interesante su conversación, pero pronto caían en vanalidades y asuntos superfluos como farándula popular: "¡Oh, que increible! Angelina Jolie y Brad Pitt adoptaron a su vigésimo hijo" muy estimulante resultaba saberlo.
-¿Sabes Max?- empecé, se me había ocurrido una gran escusa para mandarme a cambiar -¡De verdad estoy harto de caminar tanto para llegar al trabajo! ¡El transporte público es una mugre! y qué decir del subterráneo ¡una inmundicia!
-¿Lo decidiste? ¿Compraras un auto?- Maximilian mantuvo su mirada en la permanente de la cliente que atendía. Jane, que estaba atenta escuchando, exclamó sin ocultar su entusiasmo:
-¡Un auto!¡cool! Así podremos ir a pasear con ustedes y nos podrán ir a ver a la casa cuando nazca Tifanny- Maximilian desvió sus ojos para mirar a la chica.
-¿Tifanny?- su tono era alegre -¿ya saben que es niña?
-¡Oh, si! ayer en la ecografía, vimos que era una nenita sana de 3 meses- la futura madre acarició su prominente vientre. Zeta, quien estaba a su lado,le acarició el dorso de la mano diciendo:
-amor, sabes bien que a esta altura, aun no podemos decir que es niña o niño
<<...no creo que la hija de este par de idiotas sepa qué clase de padres tendrá...>>
-¡No importa, seremos muy felices los tres!- ella le correspondió con un beso en la mejilla.
Aquella muestra de afecto me encogió las tripas, tuve que apoyarme en una mesa cercana para no demostrar mi debilidad. Los tórtolos se sonrieron y volvieron a tomar sus manos, lo que me provocó otro retorcijón, esta vez se fue hacia la garganta, era parecido a la sensación del vómito, hace bastante tiempo que no lo sentía, pero bien sabía que aquello no podía ser debido a que nosotros, los antropofagos no podemos vomitar, gracias a que nuestro metabolismo y estructura digestiva impide cualquier tipo de reflujo... debes saber lector, que la sangre, ya sea humana o animal, de por sí no es muy nutritiva y nuestro cuerpo no puede darse el lujo de desperdiciarla, por muy asqueados o mareados que estemos. Sin embargo a a pesar de que me pareció una sensacion muy ajena, sabía que era producto de algo que renegaba hasta no poder más... trate de disimular y seguí hablando:
-¡Cómo te decía, Max!- traté de imprimir lo máximo de desdén en aquella frase. Jane y Zeta ya estaban acostumbrados a que los tratara con la punta del pie. Nunca supe si ellos no lo notaban o lo tomaban como una broma -Creo que iré hoy mismo al banco para sacar dinero- mi compañero abrió los ojos de par en par.
-¿Hoy mismo?- dijo con recelo.
-¡Si! ¿Hay algún problema?- mi voz sonó inocente.
-Es que... acabas de LLEGAR de ver a tu VISITA-A-TU-MADRE- su voz me hizo comprender que mi ausencia de los dos últimos días no era compatible con algunas horas libres para ir a comprar o siquiera salir del trabajo. Continuó -recuerda el escandalo que armó Madame Le Pupe, esta mañana-
!!Oh!! sí que lo recordaba, casi perfectamente, me atrevería a decir.
sábado, 31 de julio de 2010
domingo, 21 de febrero de 2010
Cáp. 17: Plan para lo que queda... de vida.
Me desplomé sobre una silla cercana sin aire para poder hablar, víctima de lo que parecía ser una anquilosis eterna. Max lo había dicho: no tendría esperanzas en volver a verla.
Maximilian se me acercó y se agachó para verme el rostro:
- Ahora sí me dirás ¿Por qué es tan importante esa mocosa? –
- Max – eso sonó desinflado – tu sabes… lo de siempre… qué otra cosa puede ser… - dije en un largo suspiro.
Mi compañero observó mis ojos como tratando de descubrir qué era lo que me pasaba.
- No mientas, Alex, sabes que yo puedo saber lo que te pasa y sé perfectamente que si fuera porque ella tiene en sus venas una 'cepa' de gran calidad no estarías tan desvaído como estas ahora -
¡Oh, Max! ¿Cuánto podías aguantar el dolor? En mi interior sabía que tú eras especial y que tú sensibilidad fuera de lo común era casi un regalo para mí, lástima que rechace el contacto con ella, lástima para ti ser el único compañero verdadero del vampiro más despreciable que alguna vez nació.
Dejé caer la cabeza entre las manos y por un momento fui el retrato vivo del desconsuelo. Max hizo un ademán que no alcancé a ver por mi postura,no obstante pude observar que estaba indeciso entre irse o quedarse.
-¡Sabes! – Gritó, ya harto de verme sin decir nada - ¡No soporto esto! ¿Dónde quedó ¡Alex! El vampiro orgulloso y pagado de si mismo? ¿Acaso una nenita quinceañera pudo contra él? - bufó con desprecio - ¡qué patético!
No cambié de postura, pero me enfadé. Max no sabía que podía cambiar de ánimo rápidamente o, quizás, sí lo sabía y quería que lo hiciera… en todo caso si me hacía enfurecer no respondería por mí mismo si lo atacaba.
-¡Uh! ¡Mírate por favor! – dijo claramente indignado - ¿Qué tiene esa mocosa que te hace actuar como un enamorado despechado?- su tono burlón otra vez, por un momento me pareció chistoso que Max hablara como si tuviese celos de Charlotte, de hecho al momento de empezar a hablar otra vez, me pareció que diría esa típica la frase cliché que dice algo como: “¿Qué tiene ella que no tenga yo?”, por poco casi dejo escapar una carcajada frete a su cara. Por lo menos ya no estaba furioso.
-¡¿Y ahora sonríes?! – Max captó que alguna idea graciosa se me cruzó por la mente e indignado por mi volubilidad gritó- ¡eres insoportable! – levanté la mirada manteniendo mi sonrisa y descubrí a un vampiro con cara de bochorno mezclado con furia impostada. Recuerdo también, haberme reído levemente ¡Por fin había vuelto a ser yo! Alexander Chaucer, antropófago por excelencia, rebosante de confianza lejano al dolor ajeno y de rápidas respuestas mordaces.
- Ja aja jaj ¿Celoso Maximilian?- ahora era su cara la que reflejaba ese tipo de sorpresa que solo sale a la luz cuando te descubren haciendo algo malo.
- ¿Po… por qué dices eso?- tartamudeó; un signo claro de debilidad.
- Sólo preguntaba - el reflejo de los vidrios de la vitrina era claro a esa hora… mi sonrisa picara hacía de las suyas en la moral trastornada del pequeño Max – mmmh! ¡Por nada! - repuse jovial - ¡En fin! creo que ya es tarde… me iré a dormir – salté de la silla con un gran bostezo – buenas noches… Maxi-bu – traté de que mi voz sonara melosa y así fue, tuve el tono de una quinceañera enamorada. Caminé hacia mi cuarto y al pasar junto a mi compañero no reprimí el impulso de darle una nalgada a lo que él respondió con un estremecimiento.
-Buenas noches… Alexander – cerré la puerta tras de mí…
En esto no puedo mentir; la verdad es que no tenía ni pizca de sueño, tampoco hambre y menos ansias de sangre y violencia compulsiva. Me tendí sobre la cama mirando hacia el ventanal y contemple la ciudad de New York cobijada por la tonta oscuridad de las 3:05 de la mañana. Era impresionante ver cuanta luz podía existir durante la noche, bien merecido tenía el sobrenombre ‘de la ciudad que nunca duerme’ este lugar. Millones y millones de ampolletas incandescentes dibujaban caminos y diversas líneas por aquí y por allá.
Sin más, me levanté al sentir el clic del interruptor en la pieza de junto; Maximilian ya debería estar acostado con la almohada sobre la cabeza y si yo era lo suficientemente silencioso él no notaría que me había ido ha dar un paseo, no quería salir de mis aposentos y encontrar su rostro lleno de suficiencia dejando otra vez en evidencia mi obsesión, que ya tomaba forma de ansiedad por algo que, seguramente, no ocurriría dos veces.
La puerta de acceso me pareció ajena y diferente cuando la cerré cuidadosamente tras de mí. Las luces del corredor me trajeron recuerdos atropellados y por un momento la vi a ella bajo el destello azuloso de la ampolleta del baño. Procuré llegar rápido al ascensor; era una tortura seguir mirando esa incandescencia. No podía creer cuanto poder le otorgaba a aquellos recuerdos, cuanto poder le di a esa muchacha sobre mi, sobre todo lo que conocía; su esencia lo absorbía todo y cuanto más me obligaba a dejar de lado esos patéticos pensamientos más se hundía en mí el puñal de su ausencia.
Dentro del ascensor tuve un leve ataque de claustrofobia, nada porque preocuparse, pero por un instante me vi atrapado dentro de una caja milimétrica de la que no podía escapar… un lazo al cuello o un nudo en la garganta seca, ardor en mis ojos como si algo quemara las retinas desde adentro, frío en la espalda y dentro de mi tórax ¿Qué eran todas esas sensaciones horrorosamente recurrentes? Esto parecía sacado de la novela de Laura Esquivel: “Cómo agua para chocolate” y lo peor, no era que se trataba de una historia románticamente cursi, sino que yo me sentía apremiantemente representado por la protagonista del dichoso relato. Asqueado de mi mismo, consideré la agobiante necesidad de abrir mi pecho y estrujar lo que fuera que estuviera provocando esa sensación de isla y vacío que me carcomía como solo los deseos negados lo hacen: cual bestia moribunda que golpea las paredes de mi cuerpo buscando vestigios de status quo (Más que cursi...casi esquizo)
Me dejé llevar por mis pies, es decir, los dejé libres de todo control conciente mientras la mente corría a resguardar los rescoldos de cordura asediados por la angustia inescrupulosa.
-¡Soy un animal! – me decía tratando de convencerme -¡Una bestia sin alma!¡un ente móvil por la sed y el hambre!- sin embargo, a pesar de todas las cosas que intentaba meterme en la cabeza, mis pensamientos jugaban conmigo una y otra vez haciendo preguntas que me confundían más y más - ¿un animal? ¿Una bestia?...¿ese eres en verdad tú, cazador? ¿Qué eres, cazador? ¿Quién o qué es tu única e innegable identidad? –
Caminaba con grandes y nerviosas zancadas, casi parecía que algún familiar mío estaba en su lecho de muerte. Mis ojos desorbitados y la presión en la cabeza me daban un aspecto de orate recién escapado de algún manicomio. Me llevé las manos a las sienes tratando de apretar lo que fuera que me estuviera provocando esa sensación de una bomba a punto de estallar en mi cráneo. Todas las palabras de Maximilian me daban vueltas y todas las imágenes que había recolectado esos tres últimos días de perdición, se repetían y repetían ante mis ojos, apenas dejándome ver los carteles de los nombres de las calles por las que estaba caminando. Todo retumbaba a mi alrededor, mis pasos sobre la acera, mi piel rozando la ropa que llevaba puesta con cada movimiento, hasta mis propios jadeos eran un ruido insoportable. Iba sin rumbo fijo aplanando calle por los caminos neoyorkinos, sujetando mi cabeza, puesto que sentía que en cualquier momento esta rodaría por el suelo alejándose con aullidos dolor… pero todo este show fue inútil, el destino quería que yo siguiera sorteando obstáculos… quería que yo me carcomiera aun más con sus crueles designios… ya que … sin quererlo, sin si quiera pensarlo por un minuto… mi plañidero andar se topó con el peor de los escollos que con el que pudo hacerlo…
<<...¡Fuck!...>> Pensé cuando el camino desapareció en frente. Traicioneramente mi inconciente había actuado tomando el control de los guías bajos… mis pies. La realidad era caprichosa y esta vez fue fría, sino sádicamente cruel al restregarme en la cara la imagen del Puente Hudson: el lugar donde la vi por primera vez.
Rápidamente, mis pensamientos confluyeron recreando toda la trama ocurrida en aquel escenario, desde mi habitual paseo hasta el deliberado salto que di para salvar al receptáculo de mi obsesión de las aguas oscuras que ahora corrían furiosas bajo el puente. Quise apartar la vista pero hacia donde la redirigiera estaba esa poderosa sensación de vacío que cruzaba todo mi cuerpo: Hacia arriba, estaba ella con su oscura cabellera al viento; hacia la derecha, estaba ahí parada sobre la baranda bailando sin cesar el inaudible himno de su decisión; hacia la izquierda, estaba ella durmiendo mis brazos completamente mojada y apenas con vida… y, hacia abajo, Charlotte se mezclaba en la trémula humedad del río…
Comprendí entonces que, algunos de los restos de su propia alma se juntaron homogéneamente con los designios de mi propio destino, que había me atrapado con dedos etéreos y me ataba a ella cual mascota... comprendí que si quería salir de aquel agujero donde me había lanzado tan sutilmente al momento de dirigirle la palabra por primera vez, debía encontrarla… no importaba cuanto me costara, pero debía hacerlo.
Fue toda una revelación recuerdo, al menos algo estaba sacando en claro y luego de que algunas frases sueltas de mi ultima conversación con Max atravesaran cual rayo mis pensamientos, podía ufanarme de tener un plan que me diera resultados del paradero de la chica a quien buscaría como enajenado los próximos meses… ¡Já! En mi memoria no reposan las cosas que hice inmediatamente después de dar con una respuesta a la pregunta de cómo encontrarla, solo poseo imágenes difusas de mí subiéndome al barandal riéndome como el psicópata que era ya que al fin tenia un plan de lo que haría de mí los próximos días, meses, tal vez años de mi existencia.
“…Alex, no seas melodramático… Charly esta bien, se encuentra en su casa y va a la escuela pública…”
Recorrería cada una de las apestosas instituciones educacionales de la cuidad ¿Cuántas podrían haber? ¡Y qué importaba! El tiempo para mí no era algo de mucha trascendencia de todas formas.
- ¡¡¡jajá jajá!!! ¿Escuchaste destino? ¡No me la quitaras tan fácilmente! – era tarde (o muy temprano… el cielo ya estaba empezando a aclarar) debía volver al departamento si quería que Maximilian me encontrara allí cuando despertara.
Maximilian se me acercó y se agachó para verme el rostro:
- Ahora sí me dirás ¿Por qué es tan importante esa mocosa? –
- Max – eso sonó desinflado – tu sabes… lo de siempre… qué otra cosa puede ser… - dije en un largo suspiro.
Mi compañero observó mis ojos como tratando de descubrir qué era lo que me pasaba.
- No mientas, Alex, sabes que yo puedo saber lo que te pasa y sé perfectamente que si fuera porque ella tiene en sus venas una 'cepa' de gran calidad no estarías tan desvaído como estas ahora -
¡Oh, Max! ¿Cuánto podías aguantar el dolor? En mi interior sabía que tú eras especial y que tú sensibilidad fuera de lo común era casi un regalo para mí, lástima que rechace el contacto con ella, lástima para ti ser el único compañero verdadero del vampiro más despreciable que alguna vez nació.
Dejé caer la cabeza entre las manos y por un momento fui el retrato vivo del desconsuelo. Max hizo un ademán que no alcancé a ver por mi postura,no obstante pude observar que estaba indeciso entre irse o quedarse.
-¡Sabes! – Gritó, ya harto de verme sin decir nada - ¡No soporto esto! ¿Dónde quedó ¡Alex! El vampiro orgulloso y pagado de si mismo? ¿Acaso una nenita quinceañera pudo contra él? - bufó con desprecio - ¡qué patético!
No cambié de postura, pero me enfadé. Max no sabía que podía cambiar de ánimo rápidamente o, quizás, sí lo sabía y quería que lo hiciera… en todo caso si me hacía enfurecer no respondería por mí mismo si lo atacaba.
-¡Uh! ¡Mírate por favor! – dijo claramente indignado - ¿Qué tiene esa mocosa que te hace actuar como un enamorado despechado?- su tono burlón otra vez, por un momento me pareció chistoso que Max hablara como si tuviese celos de Charlotte, de hecho al momento de empezar a hablar otra vez, me pareció que diría esa típica la frase cliché que dice algo como: “¿Qué tiene ella que no tenga yo?”, por poco casi dejo escapar una carcajada frete a su cara. Por lo menos ya no estaba furioso.
-¡¿Y ahora sonríes?! – Max captó que alguna idea graciosa se me cruzó por la mente e indignado por mi volubilidad gritó- ¡eres insoportable! – levanté la mirada manteniendo mi sonrisa y descubrí a un vampiro con cara de bochorno mezclado con furia impostada. Recuerdo también, haberme reído levemente ¡Por fin había vuelto a ser yo! Alexander Chaucer, antropófago por excelencia, rebosante de confianza lejano al dolor ajeno y de rápidas respuestas mordaces.
- Ja aja jaj ¿Celoso Maximilian?- ahora era su cara la que reflejaba ese tipo de sorpresa que solo sale a la luz cuando te descubren haciendo algo malo.
- ¿Po… por qué dices eso?- tartamudeó; un signo claro de debilidad.
- Sólo preguntaba - el reflejo de los vidrios de la vitrina era claro a esa hora… mi sonrisa picara hacía de las suyas en la moral trastornada del pequeño Max – mmmh! ¡Por nada! - repuse jovial - ¡En fin! creo que ya es tarde… me iré a dormir – salté de la silla con un gran bostezo – buenas noches… Maxi-bu – traté de que mi voz sonara melosa y así fue, tuve el tono de una quinceañera enamorada. Caminé hacia mi cuarto y al pasar junto a mi compañero no reprimí el impulso de darle una nalgada a lo que él respondió con un estremecimiento.
-Buenas noches… Alexander – cerré la puerta tras de mí…
En esto no puedo mentir; la verdad es que no tenía ni pizca de sueño, tampoco hambre y menos ansias de sangre y violencia compulsiva. Me tendí sobre la cama mirando hacia el ventanal y contemple la ciudad de New York cobijada por la tonta oscuridad de las 3:05 de la mañana. Era impresionante ver cuanta luz podía existir durante la noche, bien merecido tenía el sobrenombre ‘de la ciudad que nunca duerme’ este lugar. Millones y millones de ampolletas incandescentes dibujaban caminos y diversas líneas por aquí y por allá.
Sin más, me levanté al sentir el clic del interruptor en la pieza de junto; Maximilian ya debería estar acostado con la almohada sobre la cabeza y si yo era lo suficientemente silencioso él no notaría que me había ido ha dar un paseo, no quería salir de mis aposentos y encontrar su rostro lleno de suficiencia dejando otra vez en evidencia mi obsesión, que ya tomaba forma de ansiedad por algo que, seguramente, no ocurriría dos veces.
La puerta de acceso me pareció ajena y diferente cuando la cerré cuidadosamente tras de mí. Las luces del corredor me trajeron recuerdos atropellados y por un momento la vi a ella bajo el destello azuloso de la ampolleta del baño. Procuré llegar rápido al ascensor; era una tortura seguir mirando esa incandescencia. No podía creer cuanto poder le otorgaba a aquellos recuerdos, cuanto poder le di a esa muchacha sobre mi, sobre todo lo que conocía; su esencia lo absorbía todo y cuanto más me obligaba a dejar de lado esos patéticos pensamientos más se hundía en mí el puñal de su ausencia.
Dentro del ascensor tuve un leve ataque de claustrofobia, nada porque preocuparse, pero por un instante me vi atrapado dentro de una caja milimétrica de la que no podía escapar… un lazo al cuello o un nudo en la garganta seca, ardor en mis ojos como si algo quemara las retinas desde adentro, frío en la espalda y dentro de mi tórax ¿Qué eran todas esas sensaciones horrorosamente recurrentes? Esto parecía sacado de la novela de Laura Esquivel: “Cómo agua para chocolate” y lo peor, no era que se trataba de una historia románticamente cursi, sino que yo me sentía apremiantemente representado por la protagonista del dichoso relato. Asqueado de mi mismo, consideré la agobiante necesidad de abrir mi pecho y estrujar lo que fuera que estuviera provocando esa sensación de isla y vacío que me carcomía como solo los deseos negados lo hacen: cual bestia moribunda que golpea las paredes de mi cuerpo buscando vestigios de status quo (Más que cursi...casi esquizo)
Me dejé llevar por mis pies, es decir, los dejé libres de todo control conciente mientras la mente corría a resguardar los rescoldos de cordura asediados por la angustia inescrupulosa.
-¡Soy un animal! – me decía tratando de convencerme -¡Una bestia sin alma!¡un ente móvil por la sed y el hambre!- sin embargo, a pesar de todas las cosas que intentaba meterme en la cabeza, mis pensamientos jugaban conmigo una y otra vez haciendo preguntas que me confundían más y más - ¿un animal? ¿Una bestia?...¿ese eres en verdad tú, cazador? ¿Qué eres, cazador? ¿Quién o qué es tu única e innegable identidad? –
Caminaba con grandes y nerviosas zancadas, casi parecía que algún familiar mío estaba en su lecho de muerte. Mis ojos desorbitados y la presión en la cabeza me daban un aspecto de orate recién escapado de algún manicomio. Me llevé las manos a las sienes tratando de apretar lo que fuera que me estuviera provocando esa sensación de una bomba a punto de estallar en mi cráneo. Todas las palabras de Maximilian me daban vueltas y todas las imágenes que había recolectado esos tres últimos días de perdición, se repetían y repetían ante mis ojos, apenas dejándome ver los carteles de los nombres de las calles por las que estaba caminando. Todo retumbaba a mi alrededor, mis pasos sobre la acera, mi piel rozando la ropa que llevaba puesta con cada movimiento, hasta mis propios jadeos eran un ruido insoportable. Iba sin rumbo fijo aplanando calle por los caminos neoyorkinos, sujetando mi cabeza, puesto que sentía que en cualquier momento esta rodaría por el suelo alejándose con aullidos dolor… pero todo este show fue inútil, el destino quería que yo siguiera sorteando obstáculos… quería que yo me carcomiera aun más con sus crueles designios… ya que … sin quererlo, sin si quiera pensarlo por un minuto… mi plañidero andar se topó con el peor de los escollos que con el que pudo hacerlo…
<<...¡Fuck!...>> Pensé cuando el camino desapareció en frente. Traicioneramente mi inconciente había actuado tomando el control de los guías bajos… mis pies. La realidad era caprichosa y esta vez fue fría, sino sádicamente cruel al restregarme en la cara la imagen del Puente Hudson: el lugar donde la vi por primera vez.
Rápidamente, mis pensamientos confluyeron recreando toda la trama ocurrida en aquel escenario, desde mi habitual paseo hasta el deliberado salto que di para salvar al receptáculo de mi obsesión de las aguas oscuras que ahora corrían furiosas bajo el puente. Quise apartar la vista pero hacia donde la redirigiera estaba esa poderosa sensación de vacío que cruzaba todo mi cuerpo: Hacia arriba, estaba ella con su oscura cabellera al viento; hacia la derecha, estaba ahí parada sobre la baranda bailando sin cesar el inaudible himno de su decisión; hacia la izquierda, estaba ella durmiendo mis brazos completamente mojada y apenas con vida… y, hacia abajo, Charlotte se mezclaba en la trémula humedad del río…
Comprendí entonces que, algunos de los restos de su propia alma se juntaron homogéneamente con los designios de mi propio destino, que había me atrapado con dedos etéreos y me ataba a ella cual mascota... comprendí que si quería salir de aquel agujero donde me había lanzado tan sutilmente al momento de dirigirle la palabra por primera vez, debía encontrarla… no importaba cuanto me costara, pero debía hacerlo.
Fue toda una revelación recuerdo, al menos algo estaba sacando en claro y luego de que algunas frases sueltas de mi ultima conversación con Max atravesaran cual rayo mis pensamientos, podía ufanarme de tener un plan que me diera resultados del paradero de la chica a quien buscaría como enajenado los próximos meses… ¡Já! En mi memoria no reposan las cosas que hice inmediatamente después de dar con una respuesta a la pregunta de cómo encontrarla, solo poseo imágenes difusas de mí subiéndome al barandal riéndome como el psicópata que era ya que al fin tenia un plan de lo que haría de mí los próximos días, meses, tal vez años de mi existencia.
“…Alex, no seas melodramático… Charly esta bien, se encuentra en su casa y va a la escuela pública…”
Recorrería cada una de las apestosas instituciones educacionales de la cuidad ¿Cuántas podrían haber? ¡Y qué importaba! El tiempo para mí no era algo de mucha trascendencia de todas formas.
- ¡¡¡jajá jajá!!! ¿Escuchaste destino? ¡No me la quitaras tan fácilmente! – era tarde (o muy temprano… el cielo ya estaba empezando a aclarar) debía volver al departamento si quería que Maximilian me encontrara allí cuando despertara.
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El Narrador
Alexander Chaucer. 1751- ¿? (2da vida)