Los días pasaron y la pequeña molestia de Jane se nos pegó como goma de mascar al zapato ¡OH, lector! De haber sabido lo que significaba la presencia de esa chiquilla antes del incidente del que fue testigo (y causante en cierta forma retorcida), yo creo que Max no hubiese dudado en exterminarla ¡Criatura mas entrometida y acosadora no he conocido! (Y espero no conocer). Después de retomar la rutina abriendo la tienda normalmente, esa muchacha comenzó a pegarse a un itinerario de visitas constantes y extenuantemente largas. Se la pasaba metida en el local desde el medio día hasta las 20:30 hora del cierre, cuando ella se levantaba de la butaca que elegía para sentarse y se marchaba esbozando una sonrisa amplia. Con aquella alegría, presagiaba su regreso despidiéndose con un ‘hasta luego’ naturalmente jovial y horriblemente desalentador.
Todo el maldito día hablaba sobre su novio, un tal Zeta que era ‘el mejor novio en la cama que había tenido’. Nos acosaba pidiéndonos consejos sobre relaciones amorosas y pedía nuestra opinión para cada estúpido detalle con cual sorprenderlo para cuando él llegara su casa. A Max parecía no importunarle el hecho, más bien le agradaba. A mí, por otra parte, la figura de Jane era la cosa que más detestaba en el mundo, prefería alimentarme de tierra, de pasto... ¡de vegetales crudos! Antes de que aquella patosa presencia siguiera hablando de las ridiculeces de las que hablaba. Por lo menos aprendí como mantenerla a raya cuando se pasaba de lista tratando de investigar cosas que no le incumbían en lo absoluto: solo una broma mordaz y certera bastaban para que Jane se rindiera en sus intentos de detective-psicólogo.
-Dime, Jane ¿cómo se llamará tu hijo? – preguntó Maximilian, mientras le arreglaba el cabello a una vieja gorda y morena. Ella lo miró fijamente, un brillo de malicia cruzó por sus ojos. Medité unos segundos para ver lo que se aproximaba:
-Dime cual es el nombre de tu novia y yo te revelaré como se llamará mi hijo, querido Maxi-bu – sonrió picara. Yo me hice el sordo, estaba maquillando a una joven para un baile o algo por el estilo. Aspiré profundamente al notar lo que aquella libidinosa tramaba para averiguar si mi asistente tenia o no pareja ¡típico de Jane usar una especie extraña de sicología invertida para sacar verdades ocultas! ¿Acaso estaba pensando en la posibilidad de alguna aventura? Sin embargo, no me dí por aludido cuando Max me lanzó una mirada de auxilio para que interviniera, después de mirar, claro, con perturbación el semblante que la chica sostenía. Sabía perfectamente en qué ridículo juego nos quería involucrar la inútil de Jane: una relación fuera de la que mantenía con su ‘querido’ Zeta... en definitiva, no era un panorama del que me diera mucho gusto participar. Por lo mismo mantuve mi posición, no sin tener unos fuertes deseos de avanzar hacia ellos y abrazando al pequeño Max por la cintura, decir: ¿qué sucede mi amor? – ¡Oh, seeh... ese hubiese sido el mejor de mis golpes! Una sonrisa en los labios, la mirada altiva, todo hubiese sido el complemento perfecto para ver el cuadro psiquiátrico que Jane tendría al descubrir que estos estilistas le hacían honor al mito que subyace a los peluqueros.
Maximilian le devolvió la mirada a Jane, buscando una posible respuesta a su pregunta. Arrogante y con la comisura de los labios arqueada hacia arriba, replicó con resolución:
-Su nombre es... - mantuvo un segundo de expectación sonriendo diabólicamente -¡Alexander!- ¡eso es!; Tuve la certeza desde el principio de que el pequeño Max no me defraudaría, al fin y al cabo, uno de los dos debía cortarle las alas a sus estúpidas ilusiones con alguno de nosotros; mi colega ya la había salvado una vez, yo no permitiría que fueran dos.
Su soberbio perfil se petrificó impactado y rápidamente paso a un estado lúgubre. Me provocó tal placer esa imagen que, aguantando una carcajada, me dirigí hacia los dos tomando por la mano a Max (que por cierto sonrió) y pregunté con voz inocente:
-¿Pasa algo malo, querido Max?- ¡ah! Que alivio, me sentí muy bien hundiendo el dedo en la llaga de esa forma.
Para desgracia mía el orgullo duró poco, al día siguiente, Jane, llevó a su novio Zeta a la boutique y allí se quedaron acoplándose a un nuevo horario: de 15:00 a 20:30, pero con la misma rutinaria visita de todos los días. Siempre me pregunté si Zeta trabajaba en alguna parte.
Tener humanos cerca nunca fue una gran tentación, bueno, salvo los días de mi voluptuosa sed, pero desde que Jane y Zeta llegaron para quedarse lo único que quería era partirles el cuello por la mitad o mejor aun: ensartarlos en una estaca a la antigua usanza del Conde Vlady Draculia ‘El Empalador’.
Para que le tomes el peso de lo que significa tanta tentación ronroneándonos por debajo de la nariz, estimado lector, te diré que cuando estamos más hambrientos o molestos como era el caso, nos mostramos abiertos a la confianza con los seres humanos, dejamos que ustedes caigan en nuestras manos como un gato adulador y cuando vosotros menos los esperáis ¡CRAKSH! Sus vértebras en nuestras manos se desasen como los castillos de arena seca...
Viéndolo por el lado amable, la llegada de Zeta no fue tan perturbadora como la de la idiota a la que embarazó, bueno, por lo menos no era tan entrometido como Jane además era el tipo de persona a la que puedes molestar con bromas ‘picarescas’ y se enojará como un niño, berreando y maldiciendo, era una forma de enojo simpático y por lo cual era siempre el blanco de nuestras bromas:
-y ¿Ustedes desde cuando son pareja?- pregunto cierta vez, moviendo su cabellera verde hacia atrás. Maximilian, de inmediato me miró con un brillo travieso en sus ojos buscando que lo secundase en lo que diría, así que tomando mi mano contesto:
-¿por qué quieres saberlo? ¿Acaso tanto te preocupa nuestra relación?- Zeta nos miró con una mueca de asco y una mano en la argolla que tenia en los labios.
-Además- agregué- da lo mismo cuanto tiempo llevamos emparejados los dos – me le acerqué mirándolo con ojos seductores (moría de risa por dentro) - siempre tenemos una vacante para un tercero – miré a Jane y luego retiré la vista - ¿estas dispuesto a unírtenos, dulzura? – Zeta se levantó violentamente maldiciéndonos; yo me aguanté la risa para luego observar que Jane estaba disimulando una carcajada a duras penas y Maximilian se partía en dos riéndose apoyado de un asiento.
La vida en la 5ta Avenida era tranquila; cada semana salían reportajes de muertes extrañas en el Central Park o en el subterráneo; todos los días teníamos la visita de nuestros ‘conocidos circunstancialmente molestos’ como empecé a llamar a Jane y Zeta cuando no estaban; todos los días, Maximilian, hablaba de parecer más humanos para confundirnos mejor entre ellos, según él; cada día llegaba un cliente nuevo... Todo estaba dentro de una tranquila monotonía, la vida era sosegada y quieta... normal, me atrevería a decir... bueno... dentro de lo que se puede llamar normal cuando uno es lo que nosotros éramos...
miércoles, 17 de junio de 2009
domingo, 14 de junio de 2009
Cáp. 4.1: conocidos circunstancialmente molestos... ¡Ah! The life in the New York City (primera parte) .
Creo que este pasaje de mi existencia es mejor contarlo como un resumen... no entregaré detalles, no muchos, del contexto en el que paso todo esto...
Por ese tiempo conocí a un chico como yo: vampiro antropófago; su nombre: Maximilian; alto, como de 1.80 metros, contextura delgada, cara suspicaz, ojos y lengua traviesa, pelo azul y apariencia 19 años como máximo.
Su triste vida como un ‘chupa sangre’ transcurría solitaria debido a que su maestro lo había abandonado luego de unas semanas por que había encontrado, según él, una compañera mucho mejor. No había aprendido a alimentarse bien, por lo que cuando lo encontraron en pleno Central Park lamiendo la sangre de un perro muerto, los del manicomio no tardaron en perseguirlo. Yo, mientras, caminaba cavilando sobre el nuevo trabajo que había conseguido: estilista (¡já! ¿Te lo imaginas querido lector? ¡Un vampiro arreglando a sus presas! Suena como si un chef adobara una pieza de carne suculenta), supongo que algo en mí cautivó a la dueña del local, pero en fin.
Solo daba un paseo por el parque como había hecho otras veces cuando de la nada salió este muchacho gritando que lo perseguían y que mi deber era ayudar aun camarada. No entendí nada hasta que de repente oí la palabra vampiro y manicomio juntas dentro de un contexto donde no tenían asidero. Aún choqueado por la impresión, ya que yo daba por infalible mi fachada de humano normal que tanto me había costado construir, lo ayudé a escapar. Luego me revelaría que su gran don era el de tener un olfato súper desarrollado: podía rastrear lo que fuera y a quien fuera, en especial si este se trataba de un camarada, es decir, de un vampiro.
Lo lleve a mi apartamento en la 5ta Avenida. Como no tenía donde ir y yo debo confesar que me sentía un poco solo por aquel tiempo, lo deje quedarse conmigo.
Para que los encargados de la oficina de orates lo dejaran de perseguir, tome mi rol como buen estilista en serio intentando cubrir el color azul de su cabello con un tono más anaranjado; sin temor a alardear puedo decir que Maximilian fue una de mis mejores obras. Le sugerí también que en pos de evitar una circunstancia similar a la del parque le enseñaría a alimentarse como un buen antropófago, así que le dije como cazar agazapándose cual pantera en la selva, esperando aquel momento de expectación culmine que es el clímax de toda buena caza. Lo instruí en el arte de matar, en las cuatro reglas de una cena exitosa: acecha, seduce, juega y... ataca y Maximilian me lo agradeció quedándose a mi lado.
Terminamos pagando el apartamento a medias y le conseguí un puesto en la boutique donde yo trabajaba, como mi asistente. Con el tiempo, quise mucho al pequeño Max, como lo comencé a llamar una vez que entramos en confianza: sus movimientos ágiles, su mirada infantil... Todo me causaba gracia cuando estaba con él. Ni en toda mi vida anterior me había reído tanto como desde que lo conocí. Él solía decir cosas como: ‘Les cortamos el pelo a estas viejas para que se vean bien para sus maridos... y... matamos a sus esposos borrachos por que no se ven bien para sus esposas...’ a lo que yo contestaba entre risas: ‘¿qué mejor para el negocio? ¡Las peinamos para la boda y para el velorio!'. Nos divertíamos mucho juntos, de noche en el Central Park, entre los rincones oscuros de la cuidad que nunca duerme.
Cierta vez, tarde ya, llegó al local una joven muchacha que no aparentaba más de 25 años. Tenia el pelo liso y largo y llevaba un aro en los labios, su expresión de chica mala me rusultó interesante y demasiado particular. Dijo que quería un ‘cambio de imagen’, en terminos practicos, solo se referia a un facial y que le pintásemos las uñas.
Algo en ella la hacia parecer pura, casi angelical ante mis ojos...
Mientras Max preparaba el agua para el facial, me acerqué a él y pregunté:
-¿Es un vampiro?- sabia que no lo era, puesto que su piel reflejaba calidez y vida, pero quise estar seguro.
Maximilian me dirigió una mirada desconcertada, no obstante no dijo nada hasta que regreso a donde estaba yo, luego de ir a dejar unos implementos a la mesa frente al espejo:
-No, pero esta embarazada- sus ojos se tornaron serios por unos segundos, sin embargo, sonrió.
Algo en ella me llamaba y pronto descubrí qué era. La simple idea de que dentro de aquella mujer había una criatura nadando en diferentes fluidos me hizo entrar en éxtasis y comprendí que hacia mucho que no me alimentaba bien... pronto reviví aquella intensa y placentera rigidez que invadía todo mi cuerpo. En mi mente se trazó una escena extremadamente sangrienta y sadica... me deslumbré con aquella imagen...
Corrí hacia ella cegado por un potente deseo de satisfacer mis libaciones. Recuerdo que pude ver mi reflejo en el espejo (sí, yo tengo reflejo): estaba echando espuma por la boca, mis ojos eran burdeos luminoso, mis mandíbulas estaban casi desencajadas y las uñas en mis manos ahora eran garras amenazantes.
Antes de poder tocarla siquiera, Max atinó a embestirme lanzándome contra un estante lleno de botellas para el shampoo. Quedé aturdido con el golpe lo suficiente como para que la chica se diera cunta de que estaba en peligro y comenzara a gritar:
-¡¿qué pasa?! ¡Que es lo que le sucede! – Maximilian contestó:
-Es un... un... ¡Ataque de epilepsia! ¡Por favor señorita salga de aquí!- pero la humana era en el fondo alguien servicial y no se iría de aquel lugar tomando en cuanta de que se trataba de una persona enferma. No huyó, se quedo para ayudar a Max, aun cuando su vida corriera peligro. Juntos me amarraron con los cables de los electrodomésticos y me pusieron una bolsa de algodón en la boca; según Jane, como se llamaba la chica, los epilépticos son capaces de cortarse la lengua durante sus ataques.
-Llamaré a una ambulancia-
-Le ruego que no lo haga señorita- cortó Maximilian.
-¿cómo dices? ¡Mira como esta!- yo me revolcaba en el suelo, tratando furiosamente de soltar mis ataduras.
-¡Señorita, por favor, no lo haga!- suplicó Max ante la expectativa de que en el hospital yo provocara mas de algún daño.
-pero es que... - ella me miró con lástima. Si había algo malo en ello, era que esa mirada me persigue hasta hoy. Su cara fue una mezcla de miedo y preocupación.
Mucho tiempo después supe por qué Max no eliminó a esa chica esa noche, pero no me mal interpretes lector, no fue por cuestión de sentimientos afectivos a la joven, sino que por sentimientos aun más generales hacia toda la humanidad. El dolor y la ira que me invadieron al momento de esa confesión casi hacen que... pero esa es una historia reservada para las paginas de más adelante...
La chica se me había escapado de las manos y eso para mí fue como un insulto, un solo golpe al ego.
Maximilian mantuvo la tienda cerrada por tres días y no tuvo escrúpulos al alimentarme con la sangre de los roedores de la cuidad y los perros callejeros que pudo encontrar deambulando por las esquinas; por suerte nuestra jefa estaba de vacaciones en alguna parte de Arizona en su casa de veraneo.
Con respecto a la muchacha, la tal Jane, se puede decir que estaba bastante interesada en mi caso. Luego del suceso, estuvo constantemente llamando a la puerta de entrada a la boutique, golpeaba por un rato y al ver que nadie abría, se marchaba para de nuevo regresar al día siguiente.
Mi sed fue aplacada y recobre el control total sobre mis actos, sin embargo, estuve de pésimo humor por el comportamiento de mi supuesto camarada.
-¿¡Por qué no me dejaste tranquilo!? ¡Maldición! ¡¡Tú sabes lo que necesito hacer esos días!!-
-¡Lo sé perfectamente y fue por lo mismo que hice lo que hice!
-¡Maximilian! Te debería... - apretando los dientes, lo empujé con violencia hasta la muralla y lo sostuve por el cuello mientras él trataba de articular una frase:
-¡Dime! ¿Por qué no me dejaste hacerlo?... ¡¡¡Dilo!!!- presione su pecho para que no escapara y pudiese hablar al mismo tiempo. El dolor que le causo aquello seguramente fue mucho, por que a su voz apenas era audible:
-Tú a... algún día lo enten... lo entenderás... los humanos tienen mucho... mucho que ofrecer... - si el corazón me latiera en ese momento supuse que se me hubiese detenido. Maximilian, el pequeño Max, me acababa de decir lo mismo que Giovanni solía decirme hace millones de lunas atrás ¿cómo era posible tal traición? Era como una daga, una estaca en todo lo que pude alguna vez llamar amistad.
-¡¡¡Dame una buena excusa por la que no deba pintar el frontis de la tienda con tus entrañas!!!- Rugí, imprimiéndole además todo el aborrecimiento que me hizo recordar con esas palabras. Sentí como mis manos temblaban. Supe que más que odio, tenia temor a que Maximilian resultase lo mismo que Giovanni fue alguna vez. No obstante, la ira era mayor ante tales expectativas y casi lo ahogué de no ser por lo que terminó diciendo luego de unos segundos:
-¿Podrías hacerle... eso a la... única persona que en verdad se... se preocupa por ti?- las manos se me paralizaron y un sudor frío me recorrió la espina, todas las fuerzas me flaquearon y, de un momento a otro, caí de rodillas al piso.
-No... no podría – exhalé, ni siquiera supe de donde me salió esa respuesta. Observé los pies de Max quien se inclinó al verme en esa condición. Tomó mi mentón entre sus níveos dedos, como antes lo hiciera Giovanni, pero esta vez estaba la diferencia de que el semblante que veía no era el de mi repulsivo maestro, sino el de una persona a quien adoré soberanamente durante un tiempo.
Se arrodilló junto a mí y, aunque al principio me sentí como un completo imbécil por mostrar aquella debilidad, me creí estar mucho mejor luego de que comenzara a acariciar mi rostro con su trémula dulzura juvenil. Se acercó tiernamente y buscó mi cuello con sus labios, rozando mi piel con su nariz en algunas ocasiones.
-Algún día lo entenderás - susurró en mi oído aturdiéndome cada vez, un poco más...
Por ese tiempo conocí a un chico como yo: vampiro antropófago; su nombre: Maximilian; alto, como de 1.80 metros, contextura delgada, cara suspicaz, ojos y lengua traviesa, pelo azul y apariencia 19 años como máximo.
Su triste vida como un ‘chupa sangre’ transcurría solitaria debido a que su maestro lo había abandonado luego de unas semanas por que había encontrado, según él, una compañera mucho mejor. No había aprendido a alimentarse bien, por lo que cuando lo encontraron en pleno Central Park lamiendo la sangre de un perro muerto, los del manicomio no tardaron en perseguirlo. Yo, mientras, caminaba cavilando sobre el nuevo trabajo que había conseguido: estilista (¡já! ¿Te lo imaginas querido lector? ¡Un vampiro arreglando a sus presas! Suena como si un chef adobara una pieza de carne suculenta), supongo que algo en mí cautivó a la dueña del local, pero en fin.
Solo daba un paseo por el parque como había hecho otras veces cuando de la nada salió este muchacho gritando que lo perseguían y que mi deber era ayudar aun camarada. No entendí nada hasta que de repente oí la palabra vampiro y manicomio juntas dentro de un contexto donde no tenían asidero. Aún choqueado por la impresión, ya que yo daba por infalible mi fachada de humano normal que tanto me había costado construir, lo ayudé a escapar. Luego me revelaría que su gran don era el de tener un olfato súper desarrollado: podía rastrear lo que fuera y a quien fuera, en especial si este se trataba de un camarada, es decir, de un vampiro.
Lo lleve a mi apartamento en la 5ta Avenida. Como no tenía donde ir y yo debo confesar que me sentía un poco solo por aquel tiempo, lo deje quedarse conmigo.
Para que los encargados de la oficina de orates lo dejaran de perseguir, tome mi rol como buen estilista en serio intentando cubrir el color azul de su cabello con un tono más anaranjado; sin temor a alardear puedo decir que Maximilian fue una de mis mejores obras. Le sugerí también que en pos de evitar una circunstancia similar a la del parque le enseñaría a alimentarse como un buen antropófago, así que le dije como cazar agazapándose cual pantera en la selva, esperando aquel momento de expectación culmine que es el clímax de toda buena caza. Lo instruí en el arte de matar, en las cuatro reglas de una cena exitosa: acecha, seduce, juega y... ataca y Maximilian me lo agradeció quedándose a mi lado.
Terminamos pagando el apartamento a medias y le conseguí un puesto en la boutique donde yo trabajaba, como mi asistente. Con el tiempo, quise mucho al pequeño Max, como lo comencé a llamar una vez que entramos en confianza: sus movimientos ágiles, su mirada infantil... Todo me causaba gracia cuando estaba con él. Ni en toda mi vida anterior me había reído tanto como desde que lo conocí. Él solía decir cosas como: ‘Les cortamos el pelo a estas viejas para que se vean bien para sus maridos... y... matamos a sus esposos borrachos por que no se ven bien para sus esposas...’ a lo que yo contestaba entre risas: ‘¿qué mejor para el negocio? ¡Las peinamos para la boda y para el velorio!'. Nos divertíamos mucho juntos, de noche en el Central Park, entre los rincones oscuros de la cuidad que nunca duerme.
Cierta vez, tarde ya, llegó al local una joven muchacha que no aparentaba más de 25 años. Tenia el pelo liso y largo y llevaba un aro en los labios, su expresión de chica mala me rusultó interesante y demasiado particular. Dijo que quería un ‘cambio de imagen’, en terminos practicos, solo se referia a un facial y que le pintásemos las uñas.
Algo en ella la hacia parecer pura, casi angelical ante mis ojos...
Mientras Max preparaba el agua para el facial, me acerqué a él y pregunté:
-¿Es un vampiro?- sabia que no lo era, puesto que su piel reflejaba calidez y vida, pero quise estar seguro.
Maximilian me dirigió una mirada desconcertada, no obstante no dijo nada hasta que regreso a donde estaba yo, luego de ir a dejar unos implementos a la mesa frente al espejo:
-No, pero esta embarazada- sus ojos se tornaron serios por unos segundos, sin embargo, sonrió.
Algo en ella me llamaba y pronto descubrí qué era. La simple idea de que dentro de aquella mujer había una criatura nadando en diferentes fluidos me hizo entrar en éxtasis y comprendí que hacia mucho que no me alimentaba bien... pronto reviví aquella intensa y placentera rigidez que invadía todo mi cuerpo. En mi mente se trazó una escena extremadamente sangrienta y sadica... me deslumbré con aquella imagen...
Corrí hacia ella cegado por un potente deseo de satisfacer mis libaciones. Recuerdo que pude ver mi reflejo en el espejo (sí, yo tengo reflejo): estaba echando espuma por la boca, mis ojos eran burdeos luminoso, mis mandíbulas estaban casi desencajadas y las uñas en mis manos ahora eran garras amenazantes.
Antes de poder tocarla siquiera, Max atinó a embestirme lanzándome contra un estante lleno de botellas para el shampoo. Quedé aturdido con el golpe lo suficiente como para que la chica se diera cunta de que estaba en peligro y comenzara a gritar:
-¡¿qué pasa?! ¡Que es lo que le sucede! – Maximilian contestó:
-Es un... un... ¡Ataque de epilepsia! ¡Por favor señorita salga de aquí!- pero la humana era en el fondo alguien servicial y no se iría de aquel lugar tomando en cuanta de que se trataba de una persona enferma. No huyó, se quedo para ayudar a Max, aun cuando su vida corriera peligro. Juntos me amarraron con los cables de los electrodomésticos y me pusieron una bolsa de algodón en la boca; según Jane, como se llamaba la chica, los epilépticos son capaces de cortarse la lengua durante sus ataques.
-Llamaré a una ambulancia-
-Le ruego que no lo haga señorita- cortó Maximilian.
-¿cómo dices? ¡Mira como esta!- yo me revolcaba en el suelo, tratando furiosamente de soltar mis ataduras.
-¡Señorita, por favor, no lo haga!- suplicó Max ante la expectativa de que en el hospital yo provocara mas de algún daño.
-pero es que... - ella me miró con lástima. Si había algo malo en ello, era que esa mirada me persigue hasta hoy. Su cara fue una mezcla de miedo y preocupación.
Mucho tiempo después supe por qué Max no eliminó a esa chica esa noche, pero no me mal interpretes lector, no fue por cuestión de sentimientos afectivos a la joven, sino que por sentimientos aun más generales hacia toda la humanidad. El dolor y la ira que me invadieron al momento de esa confesión casi hacen que... pero esa es una historia reservada para las paginas de más adelante...
La chica se me había escapado de las manos y eso para mí fue como un insulto, un solo golpe al ego.
Maximilian mantuvo la tienda cerrada por tres días y no tuvo escrúpulos al alimentarme con la sangre de los roedores de la cuidad y los perros callejeros que pudo encontrar deambulando por las esquinas; por suerte nuestra jefa estaba de vacaciones en alguna parte de Arizona en su casa de veraneo.
Con respecto a la muchacha, la tal Jane, se puede decir que estaba bastante interesada en mi caso. Luego del suceso, estuvo constantemente llamando a la puerta de entrada a la boutique, golpeaba por un rato y al ver que nadie abría, se marchaba para de nuevo regresar al día siguiente.
Mi sed fue aplacada y recobre el control total sobre mis actos, sin embargo, estuve de pésimo humor por el comportamiento de mi supuesto camarada.
-¿¡Por qué no me dejaste tranquilo!? ¡Maldición! ¡¡Tú sabes lo que necesito hacer esos días!!-
-¡Lo sé perfectamente y fue por lo mismo que hice lo que hice!
-¡Maximilian! Te debería... - apretando los dientes, lo empujé con violencia hasta la muralla y lo sostuve por el cuello mientras él trataba de articular una frase:
-¡Dime! ¿Por qué no me dejaste hacerlo?... ¡¡¡Dilo!!!- presione su pecho para que no escapara y pudiese hablar al mismo tiempo. El dolor que le causo aquello seguramente fue mucho, por que a su voz apenas era audible:
-Tú a... algún día lo enten... lo entenderás... los humanos tienen mucho... mucho que ofrecer... - si el corazón me latiera en ese momento supuse que se me hubiese detenido. Maximilian, el pequeño Max, me acababa de decir lo mismo que Giovanni solía decirme hace millones de lunas atrás ¿cómo era posible tal traición? Era como una daga, una estaca en todo lo que pude alguna vez llamar amistad.
-¡¡¡Dame una buena excusa por la que no deba pintar el frontis de la tienda con tus entrañas!!!- Rugí, imprimiéndole además todo el aborrecimiento que me hizo recordar con esas palabras. Sentí como mis manos temblaban. Supe que más que odio, tenia temor a que Maximilian resultase lo mismo que Giovanni fue alguna vez. No obstante, la ira era mayor ante tales expectativas y casi lo ahogué de no ser por lo que terminó diciendo luego de unos segundos:
-¿Podrías hacerle... eso a la... única persona que en verdad se... se preocupa por ti?- las manos se me paralizaron y un sudor frío me recorrió la espina, todas las fuerzas me flaquearon y, de un momento a otro, caí de rodillas al piso.
-No... no podría – exhalé, ni siquiera supe de donde me salió esa respuesta. Observé los pies de Max quien se inclinó al verme en esa condición. Tomó mi mentón entre sus níveos dedos, como antes lo hiciera Giovanni, pero esta vez estaba la diferencia de que el semblante que veía no era el de mi repulsivo maestro, sino el de una persona a quien adoré soberanamente durante un tiempo.
Se arrodilló junto a mí y, aunque al principio me sentí como un completo imbécil por mostrar aquella debilidad, me creí estar mucho mejor luego de que comenzara a acariciar mi rostro con su trémula dulzura juvenil. Se acercó tiernamente y buscó mi cuello con sus labios, rozando mi piel con su nariz en algunas ocasiones.
-Algún día lo entenderás - susurró en mi oído aturdiéndome cada vez, un poco más...
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El Narrador
Alexander Chaucer. 1751- ¿? (2da vida)